Costa-Gavras: ”Todo el cine es político”

Juan Sardá

”Los bancos robáis a la gente tres veces”, dice un airado personaje en El Capital. ”La primera, a vuestros empleados cuando les echáis aun teniendo beneficios. La segunda, a los clientes sangrándolos con vuestros créditos. Y la tercera, destrozando el estado del bienestar porque los países tienen que gastarse todo el dinero en deuda y ya no pueden sufragarlo”.

Parece lógico que Costa-Gavras, el cineasta que durante décadas ha ejercido el papel de conciencia de Europa, aborde una situación que concentra muchas de las iras ciudadanas: ”A los grandes dirigentes del mundo de hoy sólo les preocupa el capital, las finanzas”, explica a El Cultural el cineasta. ”Estuve a punto de cambiar el título para que no haya confusión con el libro de Marx, pero al final lo dejé como estaba en la novela porque la película habla de eso, de cómo el capitalismo salvaje se ha adueñado de nuestra sociedad”.

Hay que decir que la película está basada en la novela homónima de Stéphane Osmont El capital, escrita en 2004 pero recontextualizada en la crisis económica actual. Está protagonizada por un joven financiero que es ascendido a presidente de un gran banco francés, Marc Tourneil (interpretado por Gad Elmaleh), dispuesto a todo para multiplicar los ingresos de su corporación orientándola hacia los mercados financieros y dejando atrás la época en que solo’ se dedicaban a prestar dinero y a los planes de pensiones.

”El cambio ha sido inmenso”, dice el director, ”los gobiernos acaban siendo prisioneros de las juntas de accionistas de los bancos, que siempre quieren más. Es un sistema perverso en el que el poder ya no se basa en lo social sino en la codicia de unos pocos. En Francia los bancos están ocupados por cientos de jóvenes que pasan la vida moviendo millones desde su pantalla de ordenador. Veamos una paradoja increíble. El broker Jerôme Kerviel perdió cinco mil millones de euros en una sola semana sin moverse de su sitio especulando con ingentes cantidades de dinero. Al mismo tiempo, el gobierno francés acaba de subir los impuestos a los jubilados para recaudar exactamente la misma cifra. Es un sinsentido”.

Como diría el clásico, se castiga el pecado pero no al pecador. Tourneil, el simpático protagonista de la película, es uno de esos advenedizos que, como Julien Sorel, el héroe de Rojo y negro, logra causarnos empatía porque en su escalada social hay algo de ese mito del working class hero, el chico normal y corriente que logra hacerse un hueco entre los poderosos e incluso tomarse la revancha.
Banqueros y función social
”Es demasiado fácil decir que los banqueros son los malvados del mundo. Hay una parte de su trabajo que cumple una función social muy importante. Además, no cumplen ese papel de villanos en la vida cotidiana. Los vemos constantemente por televisión y en los periódicos, suelen ser personas que hablan muy bien y tienen un aspecto excelente. Los banqueros son ídolos, los gobiernos son los primeros que colaboran activamente con ellos. En ese protagonista he querido también poner una nota de optimismo. Vengo de un país, Grecia, que ha sufrido las mayores desgracias y siempre ha sabido salir adelante. Estamos en un momento muy difícil pero confío en la capacidad del ser humano para remontar y en la decencia de algunas personas que dominan el mundo. Siempre existe una alternativa”.

Costa-Gavras ha destacado por ser un director mucho más preocupado por el contenido que por la forma. Sus películas parten de tramas bien estructuradas, de corte clásico, a veces con un estilo descuidado o esquemático pero siempre con asuntos muy claros: la dictadura militar en Grecia en Z (1969), la política estadounidense en Suramérica en Estado de sitio (1972) y Desaparecido (1982) o el nazismo en Sección Especial y La caja de música (1989).

Al componente de denuncia, siempre muy ligado a la actualidad de cada momento histórico, le acompaña el evidente gusto del director por el drama shakespeariano, las luchas de poder, las conspiraciones, los crímenes y las bajezas de quienes dominan nuestros destinos. Si antes el poder estaba en manos de los gobiernos y los políticos y contra ellos lanzaba sus dardos, que Costa-Gavras los sustituya por los grandes ejecutivos es sólo un signo de los tiempos y de que sigue en forma. ”Desde los griegos hacemos espectáculo. Vamos al cine para amar, para detestar, para saber que estamos vivos. Todo el cine es político, todas esas películas de acción de Hollywood son muy políticas, incluso las comedias románticas más tontas. No veo ninguna contradicción entre hacer espectáculo y hacer películas desde un punto de vista político, es imposible escapar a eso”.

Mientras Theo Angelopoulos, el otro gran cineasta griego del siglo pasado, arremetía contra la estética y la narrativa convencional de Costa, éste se muestra mucho más diplomático: ”Theo tenía su opinión y la respeto pero no entiendo eso de que para ser de izquierdas haya que renunciar al componente de entretenimiento del cine. Yo hago películas para el público. Él nos has dejado una obra formidable y lamenté mucho su muerte”. La polémica entre estos dos grandes del cine europeo queda zanjada. Tal grado de diplomacia contrasta con el estilo airado de Angelopoulos y concuerda a la perfección con el del propio Costa-Gavras, un hombre de izquierdas moderado, un clásico socialista a la europea, a favor de un capitalismo regulado y del estado del bienestar, como queda claro en la película.

”La caída del comunismo ha sido mala para el capitalismo”, reflexiona. ”Cuando había dos bloques los soviéticos actuaban como freno a los excesos del capitalismo. Los gobiernos se sentían obligados a acotar los límites del sistema y a preocuparse por los asuntos sociales. Cuando cayó el muro cayeron con él todas las cortapisas morales. Habían ganado y tenían derecho a llegar hasta el final”. En la película, Costa-Gavras contrapone de forma clara el capitalismo europeo con el estadounidense, cuyos ejecutivos son definitivamente los villanos sin matices. Son cosas, también, de ese esquematismo tan propio de un cineasta para el que siempre ha sido más importante ser claro que preciso.

Con una imponente mata de pelo gris, delgado y aspecto de galán a lo Cary Grant, Costa Gavras es quizá uno de los últimos representantes de ese caballero europeo culto, refinado y preocupado por los problemas del mundo, ese intelectual comprometido a la francesa que hoy está en total decadencia. Parece tan alerta y despierto como siempre: ”Las nuevas generaciones te obligan a adaptarte. Me fascina, por ejemplo, su manejo de la elipsis”. Finalmente, la multiplicidad de pantallas a través de las que se mueve el cine actual le produce al veterano director inquietud y, al mismo tiempo, esperanza: ”El cine reivindica hoy más que nunca el placer de la imagen. Su mito hay que preservarlo porque tiene un gran futuro”.

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