Otros, con interés por mí desconocido, piden que me encargue de hacer análisis sobre la realidad local. Que hable en este espacio sobre detalles del gobierno y de los opositores. Varios más dicen que debería exponer algunas cuestiones de política internacional, sobre el imperialismo, sobre Obama y sus excusas y la forma en que decepcionó las expectativas de la mitad de Occidente y de todo el Oriente.

 

Piden que escriba sobre la falta de viviendas, las usurpaciones, los documentos sobre chismes secretos del Departamento de Estado.

 

Pienso que no escribo por escribir. Pero que no escriba directamente de política partidaria no quiere decir que no escriba de política. Que no mencione a líderes de distintas facciones que se dicen opositoras y actúan frente a las cámaras y a los medios juntos, no quiere decir que no sea comprometido en mis acciones. Que no haga referencia a los asuntos de los detalles de Casa Rosada no quiere decir que no tenga principios solidarios en mi vida privada. Que no comente sobre arranques místicos ni predicciones apocalípticas ni traiciones a la hora de votar de algunos y algunas líderes de agrupaciones políticas, no quiere decir que no busque ser profundo en mis intervenciones.

 

Yo no escribo por escribir. El arte por el arte no es una opción válida para mí. De lo que sí trato en los espacios periodísticos que me toca ocupar, es de algunas disciplinas artísticas, de algunos lugares emblemáticos de mi ciudad, de algunas personas que aprecio, algunos personajes que me parecen interesantes, de unas pocas ideas que podrían servir para hacer nuestras vidas más llevaderas.

 

Pienso que las palabras que puedo usar debieran servir para resaltar historias solidarias, de interés para quienes leen. Reivindicar el uso del pensamiento, destacar a las personas apasionadas. Esa pasión por ser mejores, por ser más cooperativos, por ser más generosos, por ser más coherentes. Por vivir una vida más vivible. Más intensa. Más emotiva y más emocionante. Para hablar de chismes de la política, para escribir con un solo dato de la realidad toda una especulación de confabulaciones e ingeniería social, ya hay muchos que se presentan como colegas.

 

 

Ríos de tinta se utilizan para hacer alabanzas y chupar medias.

Toneladas de papel se ocupan en denostar políticas públicas acertadas y erróneas. Algunos también publicitan algunas políticas absolutamente intrascendentes e incapaces de mejorar nada para nadie. Pero ocupar esos espacios con palabras sin compromiso les sirve también para que no quede lugar donde promocionar acciones al servicio de la gente, a los grupos organizados socialmente, a las personas que tienen una concepción comprometida de los negocios, a los que plantean su estrategia empresaria incluyendo a quienes participan de la cadena de valor de su unidad económica. Pienso que el arte, la belleza de las palabras, la literatura, que caminar por las calles de la ciudad, la fotografía, el cine, la música, las mujeres, el Cabernet Sauvignon y las especias bien utilizadas, la inteligencia y la solidaridad activa, pueden contribuir a hacer mejores nuestras vidas.

 

También hay periodistas que utilizan frases hechas, lugares comunes, que se escudan en un supuesto y unilateral compromiso de independencia y objetividad con el público. Periodistas que hacen asados abajo del agua y que se comen los niños crudos a la hora de entrevistar al funcionario caído en desgracia por algún error de gestión, el más cuestionado del día. Esos periodistas tal vez hacen muy bien su trabajo. Pero son incapaces de reconocer errores, de admirar la belleza, de armar frases con sentido estético, respetando el castellano. Así, yo sería capaz de escribir detalles sobre las internas partidarias, sobre chismes de pasillos en el palacio de gobierno, de roscas emocionantes en la casa de las leyes. Pero allí no hay emociones ni pasiones que sorprendan a mis vecinos. Y tampoco, sospecho, hay posibilidades de que esas acciones sirvan para hacer de nosotros mejores personas. Sólo la inteligencia, el pensamiento sin egoísmos, las acciones generosas, el respeto y el compromiso ciudadano, podrían ayudarnos a crecer. De eso se ocupa este espacio que me toca llenar.

 

De artistas, de locos, de poetas, de hombres comunes, de las calles de mi barrio, de mujeres de ensueño, de causas perdidas, de tipos que duermen en las calles, de amores no correspondidos, de los Beatles, de películas, de libros, de los mejores vinos, de los diseñadores que nos hacen la vida más placentera, de los besos franceses, de la pizza de Capri, de los cuadros de Egar Murillo, de los diseños e ideas de Alvaro y Mariano de Mot, de las caras de Julia, de las risas de Paula, las fotos de Coco Yáñez, de las papas Torreón y los mojitos de Ítaka restó, de las sobremesas en el Zócalo de la Cuarta con un champán que me invita Hervé o con un whisky Jameson –irlandés–. Todo lo que podría hacer feliz a la gente podrán encontrar entre estas líneas. Si pensamos juntos un poco, no es otra cosa que el equivalente a lo que debiera ser la finalidad de la política.

 

Muchas gracias.

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