Consagración

 

Partiendo del microcentro, allí por la calle Catamarca, siguen hacia el norte hasta llegar a la zona limítrofe de la Cuarta con Las Heras, más o menos, donde el “Viti” perdió el poncho. Cerca del cambio de día, según el calendario, hacen su aparición en el que fuera un viejo galpón de la calle Santiago del Estero, ahora transformado en silencioso restaurante sin cartel a la vista. Puntualmente van llegando los comensales.

Primero el encargado de la cocina. La tarea urgente, luego de terminar de editar las noticias, es poner los preparados a punto para cuando llegue el resto, los vinos sobre la improvisada mesa de picadas con forma de barril, y comenzar a cocinar lo acordado: algunas veces puchero, con todas las verduritas, osobuco, choricito, garroncitos de cerdo o pollo, aceite de oliva de Panocchia, vinos blancos y tintos, el hielo.

Otros jueves el menú puede cambiar: matambre al horno, punta de espalda de cerdo con miel y pimienta negra molida a mortero, vacío de ternera, siempre al horno, con papas y camotitos, cebollines y pimientos verdes.

Si el menú gusta mucho, se repite, si hay críticas, se le realizan ajustes y cambios. Lentejas para los jueves fríos, picadas más abundantes para los cálidos.

A veces se arranca con algunas cervezas para degustar. Una vez tomamos unas “Ghinness”.

Hay algunas reglas que se cumplen: salvo en los comienzos del ritual, donde se mandaron unas lasañas napolitanas, otra con alcauciles y la última con canelones de panqueques rellenos de verdura, jamón y ricota, nunca más se acudió a las pastas.

Mi primo Armando, llegado de visita desde España, nos hizo una paella valenciana. Así se incorporó la costumbre de algunos jueves, de traer un invitado. O dos. O tres.

Cada parroquiano mantiene sus caprichos: el Luis, pasta de queso con anchoas; el Tito, la elección de los vinos y su correspondiente calificativo; el “Ciego”, las críticas al menú y un tabaco al final, de sobremesa, a veces con un chupito de Cynnar.

Juan -el último que llega- indica que arranca la cena propiamente dicha. Al terminar de comer prepara una ferneciada general o dos whiskys. Uno para él y otro para este cronista. Jameson. Irlandés.

Así, jueves tras jueves, y con algunas excepciones por causas de fuerza mayor, se cumple la misa pagana, en el ya mentado templo de la Cuarta.

 

A ese ritual, casi de pecado capital, (por la gula de unos y la envidia de otros) se le ha sumado últimamente una acción que no se omite: sacarse una foto todos juntos rodeando el antiguo cartel de “Corralón Doña, venta de carbón y leña, cereales y alimentos para aves teléf. 15163” en fondo negro con letras blancas pintado hace más de tres cuartos de siglo por Farreras. El letrero de chapa adorna la pared del costado, bajo el estante de objetos raros, botellas de licores y herramientas de bar.

La juntada sirve para intercambiar opiniones sobre diarios, periodismo, economía, gustos y placeres varios, traer al presente viejas historias perdidas en lugares recónditos de la memoria.

También se plantea el cumplimiento de algunas leyes no escritas que se ponen en práctica sin que nadie las traiga a colación: siempre debe estar en hielo por lo menos una botella de champán. Nunca, -casi nunca- se prepara postre.

Con motivo de visitarnos para presentar su libro, y acompañarnos para el cumpleaños de uno de los feligreses paganos, nos acompañó el periodista, escritor y columnista “estrella”, Rodolfo Braceli, junto a dos participantes eventuales, el Aldo y el “Pelao”.

Y a partir de su incorporación a la cena y comparando con sus propias experiencias Braceli dijo sobre el evento: “Esto que ustedes hacen es un “jueves de la hostia”.

Así, para cumplir con la regla tácita, religiosamente, nos seguimos juntando.

 

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