Y ningún actor está obligado a tenerlos y menos a forzarlos. Amigorena debe haberse dado cuenta –lo que es indicio de salvador instinto- de que si a un actor le encomiendan personificar a un puntero suburbano grasa y corrupto le será fácil y sin riesgos. Temerario sería interpretar a Bin Laden aunque esté muerto. Porque podría tener recursos de vendetta post mortem. Y nunca se sabe.

 

Cuando Orson Welles en 1941 interpretó al temible magnate periodístico William Randolph Hearst, el personaje real estaba en decadencia y su imperio en el ocaso. Ya había sido desactivado y era inocuo.

 

Y cuando Paul Muni en la primera versión de la película “Scarface”, en 1932, se puso en la piel diabólica de Al Capone, este ya estaba en cana y listo para ser clausurado como convicto. Con el paso del tiempo retratar en el arte al “Padrino” fue y es tan manso como retratar a Peter Pan o al descubridor de la vacuna contra la poliomielitis. Porque “Don Corleone” expandió su bonomía y le da nombre a pizzerías y cantinas, y no sé si a algún lujoso complejo de turismo al estilo de Sicilia.

 

En tanto, Hollywood se cansó de demonizar justificadamente a Hitler, pero después de la guerra y cuando ya el tipo se había vuelto carbonilla. Ahora también los alemanes hacen con Hitler lo que quieren, hasta chistes.

 

Otro gran malo fue Atila. El que por donde pasaba no dejaba crecer la hierba, y al que los antiguos romanos le llamaban “el azote de Dios”. Atila llegó a personaje histórico cuando ya los hunos estaban bajo tierra y eran leyenda. Porque en su época no lo nombraba nadie sin bajar la voz y cerrar las puertas. Y aunque en el siglo quinto, no había cine: había teatro. Sin embargo ningún actor ni juglar iba a ser tan suicida de disfrazarse graciosamente de Atila, sin pensar en que éste podía enterarse y subirse al escenario con el caballo y blandiendo la cimitarra de doble filo. Hoy hay tiernísimos padres, tan posmos, que a sus bebitos les ponen de nombre Atila. Como podrían ponerle “Bambi”.

 

Acaso sería original escribir y representar una obra de teatro con un Atila bondadoso cuyo hobby en lugar de descuartizamiento en vivo fuera levantar hogares de asistencia y recuperación de movileros de radio y televisión. Recobrarlos en seres cuerdos y prudentes, incapaces de desear ni provocar incendios ni de anunciar amenazas de meteoritos.

 

Resta ahora esperar que el desenlace de la retorcida historia del personaje Magnetto sea tan feliz para los argentinos, que cualquier actor en el futuro se muera de ganas de interpretarlo.

 

Pero se ve que todavía falta para que un villano real pase a ser de película. Es decir, pase a ser inofensivo.

 

Lo único cierto de esta historia es que Mike Amigorena está tranquilo y muy bien en el papel de Hamlet. Entre “ser y no ser” eligió ser sin aspirar a héroe. Pero ya nadie sabrá que “ser” hubiera sido personificando a Magnetto.

Telam

 

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