Colas

¿Por qué esta marca pasó a ser el emblema del imperialismo, el símbolo de los Estados Unidos, la amenaza para las identidades culturales de regiones, de naciones, de países?

Botella de silueta sensual. Líquido cosquilloso. Olor agradable. Sabor agridulce. Color acaramelado. Nombre pegadizo. Marca llamativa. Historia de misterio.

En la sede central de la empresa, en Atlanta, Georgia, unos 3.000 turistas pasan cada día por las puertas del museo donde se muestran los detalles desde la creación de la Coca Cola en 1886. El inventor, John Pemberton, era médico, escocés y morfinómano. Pemberton quería crear un ”tónico” para las afecciones de los nervios, envasada para vender en las calles, en esos carromatos de películas, con mentirosos de víbora al cuello, parecidos al ”Flaco” Ernesto Suárez con su amigo Blacamán que hace de ayudante cómplice entre el público.

El principal atractivo de esa bebida, al comienzo de su historia, era el toque evidente de cocaína, sustancia no muy difundida pero sí permitida por las autoridades sanitarias de esa época en algunas prácticas médicas y quirúrgicas.

Pemberton intentó imitar una bebida famosa en Europa, preparada con vino francés y el extracto del árbol de cola que contenía una alta proporción de un alcaloide llamado cafeína. La bebida hecha con el vino así tratado era una porquería que no le gustaba a nadie. Casi imposible de tragar. Con el tiempo le fue alterando los componentes, le sacó el vino (y se lo tomaba, puro, solo y aparte) le agregó una característica que utilizaban los expendedores de las bebidas no alcohólicas que tenían éxito por esos días: la soda o agua con gas.

Ya con el cambio de siglo, la bebida pasó a ser un éxito comercial en manos de un empresario brillante llamado Asa Candler. Las críticas por el contenido de cocaína convencieron a los fabricantes de cambiar la fórmula y quitar ese componente polémico. Asombrosamente, el consumo y la popularidad de la bebida no decayeron. La gente, se convencieron los empresarios, compraba la imagen de la Coca-Cola sin importar el contenido.

Color, forma de la botella, diseño de la marca, eran el secreto. La oportunidad histórica fue casi una azarosa circunstancia. Las hazañas de los soldados norteamericanos en el mundo combatiendo el mal del nazismo, a los comunistas y a los japoneses y posteriormente a todo país o grupo de gente que amenazara al imperio, todas esas hazañas se mostraban en las fotos de hombres exhaustos, acalorados, agotados, refrescándose con una Coca-Cola. La bebida se vendía en todas partes.

En todos los negocios, había una heladera color rojo intenso, con el logotipo de la marca más famosa. Las voces organizadas que no querían la bebida, ni su marca, que cuestionaban su origen, su misterio, comenzaban a hacerse oír. Los franceses, sobre todo los del partido comunista, en 1949 se referían a la idea de conspiración secreta como parte de un plan cultural imperialista, como ”Coca-colonización”.

Los diarios galos hablaban de los peligros de la bebida para la salud y la civilización francesa. El reconocido hombre de cine Jean Luc Godard dijo en referencia al sueño norteamericano y al poder de la bebida gaseosa, que los jóvenes de los sesenta eran ”los hijos de Marx y Coca-Cola”.
Este relato cuasi-histórico es tan breve que no se pueden exponer todas las circunstancias por las que la bebida se popularizó en el mundo ni los argumentos de toda laya que sirvieran para elaborar teorías y comprobaciones sobre sus vínculos con el imperio capitalista y sus crueldades. Pero lo que sí pasó en el medio es otra cosa que preocupó a los empresarios: la aparición de Pepsi.
Originada en 1898 por Caleb Bradham, un farmacéutico de Carolina del Norte, la bebida fabricada en base a la pepsina, no llegaba ni por asomo a la cantidad de ventas de la Coca, pero el aumento de su presencia en el mercado mundial nunca dejó de crecer.

Otra historia interesante con la Cola tuvo al ”Che” Guevara como protagonista, cuando era ministro de Industria durante los primeros días del triunfo de la revolución de los barbudos en Cuba. El Che encontró la fábrica de esa bebida abandonada con miles de envases vacíos y nada con qué hacer el jarabe. Pero se le ocurrió fabricar un sustituto para que pudieran tomar como complemento del trago ya popularizado como cubalibre. Esta historia la relata, por supuesto mucho mejor que yo, Gabriel García Márquez en alguna de sus crónicas caribeñas.

Algunos asesores del Che decían que convenía destruir las botellas pero luego se dieron cuenta de que no había botellas de otro tipo ni posibilidad de fabricarlas. El ministro argentino no se rindió, en esa ni en ninguna otra futura ocasión. Hizo fabricar una gaseosa con los ingredientes disponibles y se las dio a probar a los cubanos que trabajaban con él.
Todos le dijeron que era un desastroso invento. ”Una broma callejera muy popular que los propios químicos celebraban era que cada botella tenía un sabor distinto, lo cual convertía al nuevo producto en el más original del mundo”, cuenta García Márquez. Pero cuando el Che Guevara la probó dijo sin mirar a los presentes: ”Sabe a mierda”. Luego con más corrección por el peso de su investidura y porque su respuesta sería publicada, dijo a un notero del canal de TV que la bebida tenía gusto a cucarachas.

El conflicto global era entre empresas lo que para los comunes terrestres significaron las guerras mundiales, la guerra de Vietnam, la Guerra del Golfo y varias intermedias. Pero fue en la del Golfo, en donde perdió Coca Cola. Y ganó Pepsi. El comandante Norman Schwarzkopf firmó la declaración de alto el fuego frente a las cámaras de la CNN… con una Pepsi diet sobre el escritorio.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here