Un dato interesante es que sus abuelos por parte de madre tenían un circo criollo trashumante. Quizá ese podría ser el antecedente de sus inquietudes adolescentes. A la hora de elegir colegio descartó enología para quedarse en la provincial Bellas Artes.
Osvaldo Chiavazza inició su formación con los maestros más adecuados para un chico con sus inquietudes. Por una cuestión de afinidad y la intervención de su compañero de curso Ciancio, Osvaldo aceptó trabajar en el taller del peninsular Fausto Caner como su discípulo en esculturas y tareas afines. Y nunca se detuvo.
Pintor, dibujante, muralista, escultor, Chiavazza no para de trabajar con el arte. Movimiento perpetuo. Hay obra de él repartida por todo el universo conocido.
Sus rostros remiten al Renacimiento, quizá a lo más humano de Da Vinci.
Los ojos son tan penetrantes como reales. Cada una de sus pinturas nos lleva a la belleza, tal vez a lo más auténtico de la observación de lo humano.
Osvaldo ha concitado la atención tanto de especialistas como de admiradores del buen gusto, de lo simple, aunque sus obras tienen la complejidad de los que saben de técnica pero muestran sólo el resultado de lo más depurado de su arte.
Habla con certeza, con la seguridad de quienes han transitado un largo camino aunque aún es tan joven que le queda bastante por delante.
La música clásica, con Beethoven a la cabeza, los neorrealistas italianos de Cinecitta, Federico Fellini, el apoyo de sus padres, la historia de Hernán Abal, la gráfica de Ducmelic, son los elementos con los que cuenta.
Trabaja todo el tiempo sin pausa. “Ni siquiera sé si lo que hago es arte”, dice sencillamente.
Hace poco terminó una escultura inmensa en un predio del campus de la Universidad de San Martín en Buenos Aires, donde lo invitaron a que pusiera su impronta para admiración de todos los que visitan ese lugar de formación.
Los artistas locales consideran a Chiavazza como un referente, como un par. Y sólo tiene cuarenta y algo de años. Pero ya parece un consagrado. Será por lo que muestra como uno de los mejores, será por lo que es admirado por las personas sensibles.
Osvaldo es un hombre sencillo, humilde que no deja traslucir nunca a la superficie lo que algunos que ya pasaron a la historia tienen por defecto: sus egos crecidos desproporcionadamente.
Edificios públicos, galerías de arte, museos, casas particulares, bodegas, etiquetas de vino, piezas de decoración, tienen la belleza de lo hecho por Chiavazza.
Sus obras no sólo circulan por las salas mendocinas. Otras provincias y ciudades del mundo reciben sus muestras de dibujos y cuadros.
Murales y monumentos pueden ser destinados a grandes espacios pero sus detalles nunca se pierden.Los jóvenes lo reconocen también ya que sus pinturas, aunque no son un alegato político, dan cuenta muchas veces de las realidades de los espacios que él frecuenta.
Osvaldo Chiavazza es un ser de una sensibilidad tal que se emociona hasta el inevitable resultado sobre la superficie a intervenir.
Sus elementos son firmes, duros, gruesos pero su mano es de una agilidad y liviandad que los trazos son diáfanos.
Él mismo sabe que le queda mucho camino por andar. “He logrado siempre adquirir para lo que hago, un poco más de libertad y esa posibilidad se expresa en mis obras”, dice sencillamente.
Nunca eligió caminos fáciles. Todo ese proceso de aprendizaje constante, de trabajo permanente, de búsqueda incansable hace que este artista se meta poco a poco en las fibras más intrincadas de los que aprecian las cosas originales, simples y bellas del arte.
Osvaldo Chiavazza observa todo como una costumbre, pero siempre encuentra caminos más provocativos y originales. Basta mirar con atención para sentir la seducción de sus colores y sus formas. 

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