En lugar de optar por el transversal deporte de ser peatón he preferido, sólo por cansancio, arreglarme con eso que algún perverso burócrata bautizó “transporte público de pasajeros”. Casi siempre en colectivo. A veces taxi. A veces remís.

Si a uno se le ocurre cumplir el horario coincidentemente con la mayoría de los pobladores de esta metrópoli, obligadamente llegará tarde. Aunque tome precauciones, lo que no podrá es tomar el micro. No hay colectivo que pare entre las 7 y las 8 en ninguna parada intermedia entre las salidas de los controles respectivos y el lugar en donde a uno se le ocurre tomarlo –que suele ser la esquina de su propia casa–. A esa hora los taxis no vienen o ya están con la bandera apagada, y aunque no se ve a nadie más que al profesional del volante si uno les hace seña, los más correctos hacen que “no” con el dedo y los otros ni se preocupan por hacer algún ademán que uno pueda entender. La seña puede significar “ya vuelvo”, “no vuelvo”, “atrás viene otro”, “jodete”, “a mí que me importa”, “se me enfría el café”, “cinco por ocho cuarenta”, “prohibido fijar carteles”, “tu mamá es mi novia”, o cualquier otra cosa que no puedo escribir aquí por haber lectores menores presentes.

Descartado el taxi, uno decide esperar el colectivo y que frene en la parada. Hay que estar preparado para varias posibles situaciones que habrá que resolver. Primero: no tiene monedas. No hay solución a esa hora. No hay quioscos ni almacenes abiertos para comprar cualquier güevadita y pedir monedita de vuelto. Nadie carga la tarjeta electrónica RedBus que se utiliza en esta moderna ciudad desde hace largo tiempo y que los porteños han descubierto recientemente como una novedad de vanguardia tecnológica. Ni a esa hora ni a ninguna otra se puede cargar en mi barrio, y aclaro que no vivo ni lejos ni en “una zona de difícil acceso”, como dicen los políticamente correctos a los lugares invadidos por el delito. Vivo en la capital de esta provincia. Para cargar tarjeta, decía, hay que llegarse hasta el centro, pero no me puedo subir al colectivo si no tengo moneda y así hasta el infinito.

Si encontró monedas en algún bolsillo del saco que está en el perchero y que hace una semana no usa, sube al micro. Y si no, puede probar suerte y comprarle tortitas o churros rellenos a la Betty en el almacén “El Dani”. Si la Betty quiere le da vuelto en monedas. Si no le cae muy simpático, un puñado de caramelos, esos pegajosos masticables largos a los que es imposible extirparles la envoltura. Ese es un gasto a contabilizar como transporte y no como desayuno o alimentación. De paso engañamos a la dieta para bajar la panza. Sube al colectivo. Si no tiene las monedas justas el vuelto queda en la máquina, para engrosar la cuenta del olvido (nuestro) y de las vacaciones gratis del recaudador (al que no conocemos) pero, que gentil y obligatoriamente ayudamos a que conozca el mundo junto a su familia o su ocasional amante, todo incluido, a nuestro cargo.

No importa si llegamos al horario esperado, no importa si los inspectores alguna vez toman un colectivo para darse cuenta del padecimiento ciudadano, o si los dueños de las empresas de transporte saben cómo funcionan sus “modernas unidades”. No importa si es la manera barata de conocer la ciudad. La verdad es que a esta altura de los acontecimientos ya no importa casi nada. Ni siquiera esta descripción desesperada. Todo es una gran excusa para poder escribir la conclusión. La conclusión es simple: tener auto, ayuda.

 

Por Emilio Vera Da Souza (everadasouza@gmail.com)

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