Apasionado V

¿Para qué un hombre se toma el trabajo de querer inventar la realidad?
¿Para qué un solo tipo frente al espacio, decide llenarlo de imágenes y colores más cercanos a los sueños, a la imaginación, a lo que otros imaginan, de lo ya dicho, de lo ya plasmado en una tela?
¿Para qué sirve el arte inmenso de las figuras casi reconocibles, de la magia de la paleta, de la repetición de fotogramas en la tela, de las palabras sueltas unas detrás de otras armando sensaciones?

 

Red, blue, yellow, gray, dicen las letras formando una cuadrícula, en negro, en blanco, con ausencia de matices, sobre la tela, con acrílicos.
Para vivir… para eso sirve el arte apasionado de Eduardo Hoffman.

Su último despliegue, realizado en el espacio Killka de Bodega Salentein, es inmenso.

Sus obras, gigantescas telas, algunas mostrando variaciones de los consagrados, Goya, Mondrian, Magritte, Velázquez, son como “covers” de artistas de otros tiempos, de otras geografías, que Hoffmann reconfigura y edita de tal manera que nos hace volver al maestro y ver un arte nuevo.

Otras telas muestran una creación impactante y una posibilidad de volar con la imaginación sin límite. Tanto es así, que Eduardo no les pone título a sus cuadros, de tal manera que el observador tiene la posibilidad hasta de pensar un título propio.

Eduardo crea infiernos y paraísos con sus pinceles, pero no puede alejarse tanto, entonces convoca al público a conocer… y allí se produce otro espacio para la creación.

Muchísimas personas deciden acercarse al no tan cercano lugar, en medio de las montañas y las vides, para escuchar al artista, que es interrogado por los presentes, que es puesto en el compromiso de tener que decir pinturas con su propia vos. Y Eduardo cautiva a su público, sencillamente, casi con la humildad de quien vuelve al espacio que lo vio crecer a entregar parte de lo aprendido.

Luego, la calma. Entre vinos y espumantes, en reunión, casi liturgia de amigos, Eduardo evoca su propia historia y es entonces cuando uno puede entender la unión entre el artista, sus obras allí nomás mirables, sus palabras y las sensaciones. Hay paisajes, abstracciones reales, dibujos, imágenes con alguna secuencia como si fueran películas redondas y planas sobre un lienzo. ¿Usted alguna vez imaginó que un artista puede pintar cine? Es extraño, pero Hoffmann sí puede.

Quienes provienen de las profesiones y academias del arte, pueden explicar algunas cosas. Por ejemplo, Fabián Lebenglik, un crítico que escribe en un lenguaje posible de entender, es capaz de sintetizar en pocas palabras de qué se trata Hoffman: “Transformaciones pictóricas”, dice. O “siempre Eduardo tiene algo excesivo, que ahora se acentúa por el paisaje de montañas”. “Tiene valores estéticos únicos, singulares, y su poética es dinámica y mutante”, dice Silvia Benchimol.

Algunos estudiantes de arte presentes le piden, casi lo desafían, a ir a presenciar las actividades en las aulas y él, más como para aprender que como para enseñar, inmediatamente accede. Volver al lugar que lo vio partir para ser un artista. Otra actitud que lo hace más merecedor del ser en que se ha convertido.

Quienes tienen la posibilidad de ver sus cuadros deben dejar otras tareas cotidianas pendientes, la rutina de oficina, los problemas, la argentinidad, para dedicarse un mínimo espacio y dejarse invadir por las sensaciones.

Algunos gustarán de la invitación. Otros no volverán a sentir igual.

En todo caso, Eduardo Hoffman, el hombre apasionado, con sus imágenes contenidas en sus cuadros ha logrado un milagro de la creación: transformar los corazones, interferir en los pensamientos de quienes llegan y miran sus obras.

Cualquiera puede empaparse de emociones, arrimarse y dejarse aturdir de imágenes, quedar inmóvil al mirar sus pinceladas, espantarse también en sus espantos.

Sus cuadros estarán en Killka hasta que termine junio. Déjese seducir por el arte. Seguramente nos hace mejores personas.

 

Por Emilio Vera Da Souza

 

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