Detrás de cada imagen, hay una persona que sacó la foto, que eligió el momento, la luz, pero sobre todo decidió qué dejar fuera del recuadro. Todos sabemos eso. Todos podemos hacer eso.

DOS

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial varios fotógrafos que habían trabajado como reporteros de guerra se juntaron y decidieron que juntos podían acordar una forma de trabajar que les permitiera que su trabajo no fuera manipulado y que los que utilizaban sus fotografías lo hicieran con algunas condiciones.

Robert Capa, húngaro, y George Rodger, británico, decidieron fundar Magnum para trabajar de modo independiente, con libertad y calidad aquellas imágenes y momentos que ellos mismos escogieran. Junto al polaco David “Chim” Seymour, el alemán William Vandivert y el francés Henri Cartier-Bresson, luego de una cena regada con bastante vino tinto, en Nueva York, inventaron la empresa fotográfica más importante del mundo. Por primera vez eran los propios fotógrafos los que tenían sus derechos, pues hasta entonces las empresas que compraban las fotografías las podían usar siempre que desearan sin pagar a los fotógrafos. La Agencia Magnum permitía a los fotógrafos independencia en la elección de los temas a documentar, su edición y su publicación. Estos procesos en Magnum estaban en control de los autores y no de los compradores de las fotografías, los medios gráficos. Los fotógrafos de Magnum documentaron los hechos más importantes de la historia del siglo XX, con oficinas en Nueva York, París, Londres y Tokio, y sus archivos tienen fotografías sobre estilos de vida, familias, drogas, religiones, presos, guerras, pobreza, feminismo, líderes, crímenes, cataclismos, hechos policiales, gobiernos, ricos, condenados a muerte, anónimos y famosos.

Fueron los primeros en entrar en los campos de concentración nazis para mostrar al mundo las atrocidades y la miseria humana. Recorrieron los agujeros de todas las guerras del mundo, mostraron las imágenes de todas las calamidades, cataclismos, asunciones presidenciales, caídas de bombas atómicas, masacres, fiestas populares, asesinatos, corridas de toros y todo lo que había para ver.

Eran los ojos que enseñaban al mundo la realidad real. Los ojos de los ausentes. Los testigos indiscretos. La piedra en el zapato. La gota que horada la piedra. Los que ponían en vergüenza a los desalmados responsables de cada injusticia humana.

Para estos tipos, un poco artistas, un poco locos, andar con su cámara en ristre era un honor y un orgullo. Era el sustento, el pan de cada día. Muchos fueron presos cumpliendo con su oficio. Muchos fueron perseguidos. Algunos fueron muertos. Robert Capa murió al pisar una mina antipersonal en Indochina. Estaba documentando las rebeliones contra los franceses. A Seymour le dispararon soldados egipcios en el Canal de Suez cuando cubría un intercambio de rehenes. El suizo Bischof murió en un accidente en la Cordillera de los Andes fotografiando para la mítica agencia.

TRES

Todo fotoperiodista o reportero gráfico debiera tener como emblema lo hecho por Magnum. Pertenecer o haber pertenecido a Magnum es un honor para cualquier fotógrafo del mundo.

Con esa idea rondando en su siempre pensante cabeza semicubierta de pelo blanco, se lo puede encontrar en las inmediaciones de calle Espejo, en pleno centro de Mendoza. Por los cafés de la segunda cuadra, tomando un cubanito con poca azúcar.

Sus imágenes han sido publicadas en los más importantes diarios del país e inclusive publicaciones extranjeras han ilustrado sus codiciadas páginas con fotos de este barbado profesional del ojo.

Todos los fotoperiodistas de esta zona lo admiran y respetan. Los más serios colegas de las ciudades más importantes del país lo tienen como referente. Los que lo conocen, saben de su generosidad a la hora de compartir sus conocimientos. Los amigos, dice uno de ellos, debieran iniciar una campaña para juntar llaves en desuso y viejas placas de bronce para hacerle un monumento. Los que no lo conocen, se quedan impactados, o sorprendidos, o emocionados o embroncados cuando ven sus imágenes, impresas o expuestas en alguna muestra, sobre las paredes de alguna galería o museo de arte.

CUATRO

Las preguntas que siguen al ver el resultado de su tarea son varias: lo que hace este artesano de la imagen, ¿es arte? ¿Es oficio? ¿Es profesión? ¿Es placer? ¿Es denuncia?

Con una coherencia cercana a lo inconveniente, a la hora de plantear sus principios éticos; con una solidaridad concreta a la hora de acompañar a quien presenta alguna dificultad; con un bolso lleno de artefactos destinados a mostrarle al mundo las bellezas y las miserias que se generan cotidianamente, Jorge “Coco” Yáñez camina por esas calles que a nosotros nos parecen siempre iguales.

Con su apasionado ojo mira lo que quiere dejar en el recuadro y recorta en su mente lo que queda afuera, lo que no hace falta, lo que está de más, lo que molesta, lo que sobra.

CINCO

En sus seis ensayos “Sobre la fotografía”, Susan Sontag (Ed. Edhasa 1975) plantea lo social y lo ideológico que tiene la fotografía, los contextos, las intenciones, la cotidianidad y los resultados que trae la actividad de sacar fotos. El fotoperiodismo se dedica a contar la historia del momento. Cuenta al lector, al público, qué es lo que pasó, por medio de imágenes. Sin misterios, sin atajos, sin maquillaje, sin manipulaciones.

El “Coco” se plantea la oportunidad de conocer a fondo los temas en los que va a trabajar, para extraer de la realidad una visión diferente, de tal manera que pueda con su imagen contribuir a explicar esa realidad.

El “Coco” Yáñez no trabajó para la Agencia Magnum.

Estaba tan lejos que no pudieron verlo a través de sus teleobjetivos.

Ellos se perdieron a uno de los mejores.

Nosotros lo disfrutamos.

 

Por Emilio Vera Da Souza everadasouza@gmail.com

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