Por Emilio Vera Da Souza (everadasouza@gmail.com)

Nunca me gustó escribir sobre los muertos conocidos. Y paso a explicar por qué. Conozco a varios que se adjudican amistades inexistentes y narran acontecimientos por completo imposibles, que el muerto o la muerta, involucrados sin su permiso en el relato, no pueden desmentir.

Por ejemplo, a mí me encantaría contarles sobre la noche en que visité Nueva York y me encontré, en forma casual, con Marilyn. Y aunque los caballeros deben ser discretos, sólo quiero decir que, entre copa y copa, sólo nos cruzamos unos besos. Hasta allí puedo contar. Lo demás lo podrán imaginar…

Eso como ejemplo. Nadie me puede desmentir. La realidad sí.

Marilyn tuvo la estúpida ocurrencia de morir un mísero año antes que yo naciera, y quien sepa ese dato ya me tiene por macanero.

Conozco a varios que hacen eso. Cuentan más historias y anécdotas con los muertos como testigos mudos que con la propia madre que les sigue preparando el puchero.

Por mi barrio y por mi oficio, hay gentes que dicen que fueron amigos de Nicolino Locche, de Edmundo Rivero, que entrevistaron a los sobrevivientes de los Andes, que le sostenían el copón cuando consagraba el pan y el vino al cura Jorge Contreras, que se sentaban a escribir con Fernando Lorenzo y que compartían pieza con Antonio Di Benedetto. Otros han llegado a decir que le afinaron la guitarra a Cacho Tirao, o tocaron el piano con el Ñato Cozarinsky. Mienten. Pero nadie puede desmentirlos. Algunos que intuyen la mentira de esos impunes relatores de fantasía no tienen las agallas. Otros no tienen la certeza y allí siguen esos fabuladores de su propia vida tejiendo el entramado para quedar mejor parados en el ranking de sus amistades y relaciones.

Pero lo que les quiero contar, aunque parece increíble, es “rigurosamente cierto”. Y hay testigos.

Hace unos años, con motivo de realizarse la feria del libro en los jardines de la parte del sur de la terminal de ómnibus, coincidieron en Mendoza el periodista y dibujante que realiza la tira diaria de Página/12, Miguel Repiso, Rep, el editor y fundador de editorial Diógenes Alejandro Crimi, el escritor, periodista y maestro Rodolfo Braceli, y el poeta y editor apasionado José Luis Mangieri. Allí, entre palabra y palabra, cuando la seriedad y la cordura decaían por el apetito y las ganas de tomar algo fresco, a uno de los presentes se le ocurrió proponer ir a comer a algún lado. Yo les dije que podíamos llegar a mi casa a comer un asado con empanadas, y no se generó ningún entredicho. Partimos a la ochava de Cadetes Chilenos y 9 de Julio de la Cuarta Oeste, en la ciudad de Mendoza.

Era ya bastante tarde cuando llegamos y allí Braceli descubrió que recién se encendería el fuego al costado de la parrilla y armó tal revuelo que nadie más se animó a reclamar nada. Ni el viejo Mangieri, que tenía más hambre que otra cosa. Por suerte, mientras se hacían las brasas llegaron las empanadas memorables del Giachino, y eso, junto con el tinto de Drummond, calmó a la fiera, que no era ninguna señorita. Era Braceli, como dije.

Allí empezó la noche propiamente dicha. Entre los relatos de Rodolfo y una historia con Borges, dicha con su misma voz imitada por el mendocino, se colaban las apreciaciones de Mangieri con suave contundencia. Con la autoridad de quien lo ha escuchado todo y desde el púlpito de la sabiduría que dan los años y la propia historia, el viejo José Luis defendía sus palabras con una pasión contundente, aunque nunca invasiva.

Mangieri no imponía sus opiniones y hasta uno podía no coincidir pero daba pena interrumpir su exposición, con el riesgo de que se perdiera el hilo conductor y la conversación derivara por otros carriles menos suculentos.

Las historias continuaron hasta bien terminado el asado, ya con las primeras luces del día. Sobre los finales del vino y los whiskys, y con el cansancio acumulado, se decidió dar por terminada la tertulia y partir. Algunos a los hoteles, otros a sus casas, y yo a mi cama de la habitación de al lado.

José Luis Mangieri, ese que me regaló una de mis noches inolvidables, fue el editor de más de 800 libros con sus editoriales La Rosa Blindada, Caldén, Ediciones del 80, Libros de Tierra Firme. En su barrio de Floresta los vecinos le decían el Macho. Los amigos de calle Corrientes La Bruja. En el último tiempo le decían ilustrísimo, porque había sido declarado ciudadano ilustre de Buenos Aires. Como Braceli lo fue de Mendoza y de Luján.

 

Mangieri nació en diciembre del año 1924, de padre obrero y anarquista, milonguero y muy mujeriego. Fue vendedor de seguros, corrector de diarios, comunista, expulsado del partido comunista, gorila, cuatro veces preso, defensor inclaudicable de Evita.

 

Fue el editor de Juan Gelman, Leónidas Lamborghini, Leopoldo Marechal, Antonio Gramsci, Ho Chi Minh, Ernesto Guevara, entre la larga lista de poetas, narradores, ensayistas, políticos, filósofos y dramaturgos. Amigo de Osvaldo Bayer y Roberto Tito Cossa.

En sus memorias, tituladas “Es rigurosamente cierto” (edicion de Libros del Rojas, 2004, Buenos Aires), Mangieri dice: “Me gustaría que la gente dijera de mi: ‘Con pasión hizo lo que pudo’. Sería un buen final”.

A este viejo, amigo y compañero de asado y de historias se le antojó morirse.

Juan Gelman dijo que con José Luis Mangieri se va un pedazo luminoso de la historia y la cultura de este país.

“Después de 52 años de amistad, ¿quién puede abrir la boca? Solamente el dolor” dijo el poeta, mientras extrañamos juntos al ilustre Mangieri.

Hasta la próxima.

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