por Emilio Vera Da Souza (everadasouza@gmail.com)

Y también decíamos que “la temperatura se mide en grados centígrados, la humedad con porcentajes que no se sabe bien a qué se refieren, la velocidad del viento en kilómetros en la hora, la visibilidad en kilómetros lineales, la presión atmosférica hasta hace unas décadas se calculaba en milímetros de mercurio y en la actualidad, algún preciosista hace que nos la digan en hectopascales. Y allí ya estamos perdidos”.

También en el servicio sobre los “datos del tiempo” nos describen las posibilidades cercanas de que nos sorprenda una lluvia, la nieve, una tormenta eléctrica, el granizo, el viento Zonda, huracán desde Las Heras, frío desde el Polo, inversión térmica, cumulus nimbus…”, etc, etc.
¿Y el tiempo? Nada. Por lo tanto proponíamos que, para los datos del tiempo, en principio, contados en segundos, minutos y horas, se utilizara un aparato fenómeno cada vez más en desuso, que inventaron algunos tipos sin mucho que hacer, algunos siglos atrás, llamado reloj.
Pero también sirve para medir el tiempo algo llamado almanaque o también el calendario, que aunque parecen lo mismo, son diferentes. O parecidos. O casi iguales. O más o menos.

Los almanaques eran publicaciones anuales con información de algunos temas ordenados día por día, o semana a semana, o mes a mes. Datos astronómicos y estadísticas, informaciones de los movimientos del sol y de la luna, eclipses, días festivos, y cronologías. Había efemérides y predicciones de lo que se podía predecir, que era casi todo. Se utilizaba bastante en agricultura donde proporcionaba información sobre estaciones del año y el clima.
Algunos tenían la tablita que podía calcular las lluvias, como en un cuento de Borges, de tal manera de poder aprovechar mejor la siembra.
La invención de la imprenta de tipos móviles posibilitó un uso más amplio de los almanaques, con informaciones de astrología y astronomía. Entonces en Occidente, árabes, judíos, católicos y conversos importaron, elaboraron y adaptaron estos antecedentes y además de los pronósticos, incluían consejos de moral o de higiene. Por ejemplo cómo utilizar mejor la lluvia para bañarse o cómo lavar algunas culpas del pecado.

“Cuando la religión, la moral, la higiene y los pecados se juntan… lo mejor es consultar al almanaque”, decía mi abuela Zulema.
También para medir el tiempo estaba el calendario (palabra que viene de ”calenda” que son los primeros días del mes).
Es una cuenta de los días, utilizado para la organización y los acuerdos de las actividades humanas. Hasta la invención del calendario, usted le decía a un amigo: “Nos vemos para tu cumpleaños en mi casa”, y se podía quedar esperando hasta que se les ocurriera que más o menos era la fecha. Los calendarios estaban basados en ciclos lunares, y en el uso de la semana (correspondiente a las cuatro fases lunares, más o menos).

El comienzo del año en la era romana era marzo, pero como se armaba lío con la fiesta de la vendimia lo cambiaron a enero. Allí no había dificultades ya que todos estaban de vacaciones y los que quedaban, algunos seguían alcoholizados desde las fiestas de Navidad y Año Nuevo y el resto estaban como locos por tener que quedarse a trabajar en la primera quincena. Marzo era en honor de Marte, dios de la guerra; abril, fue llamado así por Apru, la diosa etrusca de la fertilidad, o Aphrodita para los griegos, buen mes para cuestiones de intimidad y darse besos y esas cosas que a nadie le importa el calendario; mayo, en honor de Maia, la diosa de la primavera; junio, en honor de Juno, esposa de Júpiter y diosa del matrimonio.

Cuando llegó Julio César, el mes correspondiente se cambió por julio en su honor y después vino emperador Augusto y se ganó el lugar siguiente. Los meses de enero y febrero, se añadieron en honor de Februa, el festival de la purificación, y enero por Jano que se creía que era un dios romano, pero no, era mi amigo Dolz.
La duración de los meses era toda una discusión pero desde la inauguración del calendario, unos 700 años antes de la era cristiana, le cambiaban todos los años la cantidad de días, de meses, de semanas y entonces casi que el calendario no servía para nada. Nadie podía tener un cumpleaños como es en la actualidad: ordenado, siempre en la misma fecha, como para que lleguen todos a su casa a terminar con las cervezas de la heladera, los sánguches de miga y las pizzas, siempre para la misma fecha. Ya no hay excusas para no festejar. El calendario nos deja en evidencia.
Uno de los últimos cambios introducidos al calendario tal como lo conocemos ahora es que al final de cada cuatro años, un único día debía ser intercalado: el año “bisextum”.

La imperfección del Calendario Juliano, por Julio César, dio pie para que en 1582 el papa Gregorio XIII le encargara a un jesuita la reforma que se conoce como Calendario Gregoriano.
En la actualidad coexisten unos cuarenta calendarios, que no tienen nada que ver unos con otros. Medir el tiempo siempre fue una preocupación pero lo más preocupante ahora no es medirlo, sino cómo gastarlo.

No continuará.

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