Venezuela, entre la intervención humanitaria y el golpe de estado

“…Si el príncipe persiste y no rectifica, sino que tiende a cometer impunemente todo el mal que le plazca, entonces es en verdad culpable declarado de tiranía, y es lícito ejercer contra él cuanto el derecho o una justa violencia permita contra un tirano”. (Stephanus Junius Brutus. Vindiciae contra Tyrannos.

“…Si el príncipe persiste y no rectifica, sino que tiende a cometer impunemente todo el mal que le plazca, entonces es en verdad culpable declarado de tiranía, y es lícito ejercer contra él cuanto el derecho o una justa violencia permita contra un tirano ”. (Stephanus Junius Brutus. “Vindiciae contra Tyrannos”)

¿Es Nicolás Maduro un dictador? Probablemente, la respuesta no sea tan sencilla como aparece a primera vista. Seguramente, casi todos nosotros estaremos de acuerdo en que Adolf Hitler, Joseph Stalin y Mao Zedong lo fueron. Algunos pocos, por su parte, dudarán si Saddam Hussein o Bashar al Assad dan el peso para la categoría.

Pero la cuestión se complica, por ejemplo, en casos como el de Deng Xiaoping, quien dirigió los destinos de China entre 1978 y 1992 en su rol del jefe del Partido Comunista e inició el camino de reformas que llevaron a millones de sus conciudadanos a gozar de una mayor prosperidad y de una relativa libertad. Claro, en el camino, aprobó la represión en la plaza Tiananmen en 1989.

Por otro lado, Deng no surgió de una elección democrática. Un caso aún más difícil lo plantean aquellos gobernantes que habiendo sido electos, vale decir que poseen legitimidad de origen, la pierden en el ejercicio cuando se transforman en dictadores. Como sería el caso que nos ocupa, el del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Llegados a este punto 1, deberíamos orientarnos a encontrar criterios que nos permitan distinguir entre un gobernante autoritario y un tirano. Ya sabemos que las ciencias, tales como la Política, la Sociología y hasta la Psicología, podrían darnos una respuesta, pero que lo hacen todas en una forma complicada y hasta contradictoria.

Nuevamente, nos vemos obligados a apelar a la buena literatura. En este caso, Plutarco, en su conocida obra Vidas paralelas –en la que comparaba biografías de nobles griegos y romanos para extraer lecciones morales– es quien nos deja la enseñanza de que un tirano es aquel que combina extremos de brutalidad con altos niveles de corrupción.

Nos deberíamos preguntar, entonces, si Maduro es tanto un gobernante violento como uno corrupto.

Seguramente que la exacta respuesta a esa pregunta solo la podrán dar los más lúcidos entre los venezolanos. No es nuestra intención hacerlo, ya que un juicio prudencial de tal naturaleza, exigiría disponer del conocimiento exacto de las circunstancias que lo rodean.

Si la respuesta fuera por la afirmativa, vale decir, si parte determinante del pueblo venezolano estuviera de acuerdo en que Maduro es un tirano, creemos que se la abren, hasta el momento, dos posibilidades. Una supuestamente moderna y otra supuestamente antigua.

La moderna es la propuesta por algunos presidentes sudamericanos, incluidos el nuestro, que se enmarca en la creencia de que son los organismos de la comunidad internacional quienes pueden y deben solucionar el problema del pueblo venezolano. La misma ya comenzó a concretarse con la denuncia hecha ante la Corte Penal Internacional con sede en La Haya, Holanda, respecto de que el presidente Maduro viola los DDHH de sus habitantes y que algo debe hacerse al respecto.

Eventualmente, esa denuncia podría materializarse bajo el formato de lo que se denomina una “intervención humanitaria”. En rigor de verdad, una invasión militar a cargo de coaliciones internacionales -con o sin mandato de la ONU- que tienen por finalidad el cambio de régimen en un tercer país y que cuentan con una lista de fracasos en su haber. A saber: Afganistán, Irak y Libia.

La antigua es la que propone el presidente de los EE.UU., Donald Trump. Y es el viejo y conocido golpe de Estado a cargo de las FF.AA. venezolanas. La misma fue anunciada por Trump, precisamente, durante su discurso ante la Asamblea General de la ONU, cuando denunció por parcial e injusta a la Corte Penal Internacional y reivindicó el derecho de su país para actuar en función de sus propios intereses e ideales.

Llegado a este punto 2, nos preguntamos qué dicen los libros.

Concretamente, fueron los trabajos de Francisco de Vitoria y de Francisco Suárez, dos padres dominicos del Siglo XVI, quienes establecieron las bases conceptuales para una sana resistencia a la autoridad. Entendiéndolo como derecho natural que reside en los individuos y en las comunidades en relación con un gobernante que se convierte en tirano.

Tomando esas enseñanzas como base, podemos decir que el tiranicidio solo se justifica luego de un proceso de análisis que tenga en cuenta los siguientes factores, a saber:

1º) Que exista la recta intención por parte de los regicidas o más propiamente de los sublevados de poner término a una situación de grave injusticia generalizada.

2º) Que pueda anticiparse, razonablemente, que los males que seguirían de sus acciones serán menores que los que seguirían de soportar ese orden injusto.

3º) Que tenga razonables probabilidades de éxito.

4º) Que lo declare alguien con cierto nivel de autoridad, pues ello es la clave que permitirá cumplir con los requisitos señalados más arriba.

Llegado a este punto 3, nos preguntamos qué dice la tradición diplomática argentina.

Bueno es recordar que en 1902, nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores, a cargo de Luis María Drago, estableció que nuestro país no apoyaría un ataque de potencias extranjeras para el cobro de una deuda externa impaga en un tercer Estado.

El país era, precisamente, Venezuela y los que querían cobrar la deuda eran la Gran Bretaña, Alemania e Italia y los que apoyaron la postura argentina fueron los EE.UU., en nombre de la denominada Doctrina Monroe.

Luego, este principio se consolidó y conformó la doctrina consagrada por el derecho y por la diplomacia argentina respecto de la autonomía de las decisiones soberanas de los Estados y de sus respectivos pueblos. Un principio al que nosotros adherimos en forma absoluta.

Para terminar, es nuestro respeto por el pueblo de Venezuela –quien supo cobijar al Libertador Simón Bolívar– lo que nos obliga a sostener que sólo una decisión, cualquiera sea ésta, salida de la boca de alguno de sus mejores representantes es la que tendrá la doble posibilidad de tener éxito y de justificarse, posteriormente, ante sus conciencias y ante el juicio de la historia.

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