Pepe ha salido de la cárcel con una misión importante: debe conseguir un local para que el MLN pueda reunirse y rearmar la lucha en esta nueva etapa.

Se siente cómodo aunque un poco perdido en la calle. Tiene un par de contactos, nada seguro, pero de inmediato llegan los resultados: como en otras épocas, algunos sacerdotes vuelven a sacudir cierta funcionalidad estructurada de la Iglesia Católica al ofrecer el local de la Parroquia de Conventuales para que se congreguen los tupamaros.

—¡Gracias, sé que esto no es fácil para ustedes! —reconoce Pepe.

—Creemos en una Iglesia de puertas abiertas —responde el párroco sabiendo que la decisión sería cuestionada por la ortodoxia de algunos fariseos contemporáneos.

Mujica se va contento a comunicar la buena nueva: los tupamaros, que desde su formación habían aceptado y cultivado la diversidad religiosa, encontraban en aquel lugar cristiano la apertura necesaria para concentrarse y reemprender la tarea.
El sacerdote —quizá uno de los más comprometidos con causas de esta naturaleza— se va silbando por los pasillos de la parroquia que en unos días recibirá a los liberados. Y en ese momento las imágenes de algunos “hechos” le llegan como del cielo. Piensa en la congregación, en los reencuentros, en la alegría de la casa, y también visualiza algunas caras horrorizadas de quienes, al enterarse de semejante situación, seguramente llegarán hasta algún despacho de gobierno para alcahuetear: “Los que ustedes metieron en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo…”.

Ángel se ríe solo. Saluda a Jesús al cruzar por el patio iluminado, y entra al comedor. Cuando cuenta tales ocurrencias a sus hermanos de la parroquia, estos se quedan callados, hasta que uno empieza a reír y contagia a los demás:

—¡La risa es salud, hermano!

—¡Como el vino! —responde él y levanta la copa para brindar.

El martes 12 obtuvieron la libertad otros 13 presos políticos, entre ellos Manera. Un día después, todos los que aún permanecían recluidos en las entrañas del monstruo de cemento se preparaban para irse apenas se abriera el enorme portón. Los rehenes Huidobro, Rosencof, Sendic, Engler, Marenales, junto con otros treinta y siete presos políticos —entre estos, Gallinares y Estefanell—, vestían equipos de gimnasia o pantalones deportivos y camiseta, de acuerdo con una de las últimas órdenes de las autoridades del Penal.

Los cuarenta y dos caminaban en una fila desordenada, civil, expansiva: subieron entre abrazos, lágrimas, besos, risas, a un ómnibus que los transportaría a la Jefatura de Policía de Montevideo, en medio de un llamativo despliegue de seguridad militar.
Cuando el ómnibus salió a la ruta, los últimos presos políticos pudieron ver desde lejos al gigante inerte. El Penal de Libertad parecía abandonar así su paradoja: quedaba vacío, sin recluso alguno.

Este viaje sin rostros encapuchados ni muñecas alambradas culminó como estaba previsto, en el viejo edificio policial de San José y Yi, donde funciona además la cárcel Central. Ya estaban alojadas allí las últimas cinco presas políticas. A todos les esperaba una noche más de reclusión. Una noche en la que habría vigilia ciudadana, sonora, abrasadora, contestataria, alrededor de la Jefatura de Policía.

Los cánticos de libertad se escucharon durante todo el jueves 14 de marzo. “¡Liberar, liberar, a los presos por luchar!”, coreaba la gente: “¡Tupas, hermanos, aquí los esperamos!”. Y unos minutos antes de las 19:00 horas, a pedido de los presos comunes, sonaron las guitarras y los integrantes del MLN entonaron el “Cielito de los Tupamaros”.

Luego subieron a los vehículos —las mujeres en una camioneta policial, los hombres repartidos en dos camiones de granaderos— y así fueron saliendo desde las profundidades de la Jefatura, subiendo la rampa, emergiendo del túnel hasta ver la luz en medio del fervor ciudadano. El último viaje de aquel periplo de más de una década terminó en Conventuales, donde la fraternidad esperaba a los liberados. La parroquia estaba desbordada: gente en todas las habitaciones, en los pasillos, en la calle.

—¡Pepe, hermano! —se escuchó más de una vez como disparador del abrazo.

—¡Ñato! ¡Ruso!…

Mujica se remangó un poco más la camiseta celeste y se sentó en una punta. A su lado, un adolescente, que representaba a su padre, Nepo; el pelo enrulado y frondoso del joven matizaba con aquellos pelados. Seguía el Ruso, que no paraba de fumar, Zabalza, Marenales, el Ñato, sobresaliente con su buzo deporti¬vo rojo, de cuello abierto y triple raya en las mangas, Manera y Engler.

Así estaban los ex rehenes, en la primera fila, menos Sendic, que se había ido a reunir con su familia. A la figura más reconocida del MLN le costaba mucho presentarse en público con su mandíbula rota por aquel balazo. “Ustedes saben que el compañero Raúl Sendic tiene una herida en la cara, tiene dificultades para hablar, tiene dificultades para pronunciar palabras…”, explicó el Ñato antes de leer la carta enviada por el Bebe. Sendic pedía disculpas: “ni siquiera puedo hablar en forma que me entiendan”. Y lanzaba un proyecto de reforma constitucional llamado “Por la tierra y contra la pobreza”, la que padecían los más vulnerables de la sociedad uruguaya. Apuntaba, sobre todo, a atacar el hambre que azotaba a los sectores más pobres, con algunos viejos postulados de absoluta vigencia: expropiación de toda tierra en poder de particulares que exceda las dos mil quinientas hectáreas, lo que —según Sendic— daría más de dos millones de hectáreas para colonizar con desocupados; expropiación de toda la banca que maneja el ahorro de los uruguayos, para terminar con la especulación, intereses astronómicos y préstamos en dólares que llevaron a la insolvencia a muchas empresas productivas y generaron desocupación, y no pagar la deuda externa contraída por la dictadura entre los años 1973 y 1985. Estos eran los tres puntos centrales del proyecto que iba a ser presentado ante organizaciones sociales, gremiales y políticas, “para que lo mejoren”, con anterioridad a la consulta popular.

Ñato termina de leer la carta de Sendic y comienzan las preguntas de los periodistas en la improvisada conferencia de prensa.

—Ustedes han hablado de que van a pasar a actuar políticamente, en el campo político: ¿qué posibilidades hay de que se organicen como movimiento o partido político?

—Nosotros no conocemos a fondo las condiciones legales que tendríamos que respetar o tendríamos que cumplir o que tendríamos que satisfacer para poder desenvolvernos como partido político. Tenemos además que discutir ese tema con todos los compañeros de la organización, que han luchado durante todos estos años y que han sufrido la prisión…

—Ñato responde con cautela, y aclara—: pero salimos a la calle con un ánimo de paz, con el ánimo de trabajar intensamente en el marco de la legalidad vigente, sin entrar en ningún tipo de provocaciones. Nosotros apostamos a la paz y postulamos la vida…
Los periodistas se amontonan, agachados en el piso. Sujetan grabadores y micrófonos que registran las palabras de Huidobro.

Uno de ellos pregunta si se debería modificar el sistema político vigente, y Ñato responde:

—Nosotros en este momento consideramos que se ha abierto una etapa de democracia primaveral en nuestro país. La democracia es un hecho que no está en los votos, ni está en el resultado de las elecciones; está en la calle. La democracia en el Uruguay, esta de hoy, es el resultado del pueblo uruguayo. Entendemos que esa realidad que rompe los ojos, y nos rompe los ojos a nosotros también, tiene que ser respetada. Entonces, vamos a militar y a luchar en el marco de esa democracia, que repito, a nuestro juicio es primaveral. No es una democracia caduca como la de 1972, la de 1971, en la cual avanzaban sobre el pueblo las fuerzas de la reacción, una democracia en la que había obreros militarizados y compañeros en los cuarteles. Esto es una democracia distinta, por el esfuerzo del pueblo uruguayo.

—¿Ustedes desechan definitivamente la lucha armada de aquí en adelante? —es la pregunta para la respuesta quizá más esperada de la noche. Ñato acomoda sus lentes de armazón grueso y gesticula con solvencia para transmitir un concepto masticado en las celdas de Libertad.

—Nosotros, ni ningún luchador social puede desechar la lucha armada en ningún momento de su vida, porque nosotros no vamos a cometer el error de permitir que el pueblo uruguayo olvide las enseñanzas del pasado, olvide los peligros del presente, y olvide las amenazas del porvenir. Nosotros no le vamos a inculcar esa distracción al pueblo uruguayo; al contrario, vamos a estar alertas y vamos a hacer todo lo posible para que el pueblo uruguayo esté alerta. Pero no vamos a recurrir a la violencia en este momento, y vamos a trabajar por todos los medios posibles junto con todo el pueblo uruguayo, a fin de no tener que recurrir a la violencia jamás para luchar por las reivindicaciones que con¬sideramos justas.

—El general Medina ha manifestado que si se dan las condiciones que imperaban con anterioridad a 1973 las Fuerzas Armadas volverían a la esfera política, ¿qué puede decir al respecto?

—Creo que si las cosas vuelven a suceder como sucedieron… —Ñato sofrena sus palabras—. Primero voy a decir una cosa, hay un viejo proverbio que enseña: “al que recuerde el pasado hay que arrancarle un ojo y al que lo olvide hay que arrancarle los dos ojos”. Nosotros nos vamos a guiar por ese proverbio. El derecho a luchar con las armas en la mano por la libertad es una orden que también hemos recibido de José Gervasio Artigas, y es un ejemplo histórico. Él tuvo que luchar contra un despotismo y una tiranía, y recurrió a las armas, y el pueblo uruguayo convocado por él respondió a las armas: es una herencia del pueblo uruguayo. En el caso de que sobre el pueblo uruguayo sobrevenga el despotismo y la tiranía… Y bueno… creemos que entonces habrá que enfrentar el despotismo, la tiranía, por todos los medios posibles.

”Y no venimos a llorar nuestros dolores ni nuestras penas, simplemente a dejar bien clarito que el puñado de viejos que va quedando tiene nítidamente claro que apenas es un palito, que debe funcionar para que la colmena se aglomere en rededor: lo esencial no es el palito, sino la colmena”
Dos días después, Mujica ampliaría ese concepto y otros discutidos y rediscutidos en la cárcel, pero añadiéndoles su impronta, la del hombre que ha rumiado en la soledad y ha salido con la idea de la reorganización del movimiento en una nueva fase. El Movimiento de Independientes 26 de Marzo en el Uruguay había organizado un acto en el Platense Patín Club.

—¡Nos piden que alguno de nosotros hable en el acto! —dijo Ñato en la ronda de viejos líderes tupamaros reunidos ese sábado en Conventuales.

Todos miraron a Mujica.

—¡El que tiene experiencia en discursos sos vos, Pepe!

Mujica se vio más joven, más impetuoso, subido a un estrado como líder de la juventud de Erro.

—¡Ta, ta bien! ¡Si hay que hablar, hablamos!

Apenas aceptó el desafío, subió a un auto que lo trasladó por el centro unos tres kilómetros, hasta la calle Juan Paullier, donde el Platense cimbraba.

Las tribunas y la cancha se desbordaban de entusiasmo: “¡MLN, tupamaros! ¡MLN, tupamaros!”, coreó la gente al abrirse el acto. Y allí estaba Pepe, con su camiseta fresca, informal. Saludado con fervor, abrazado, sentía ahora el calor, una llama humana, tan grata, tan extraña. Había caras conocidas y muchas nunca vistas, que se entreveraban con las de sus compañeros recién liberados. Dio una mirada a su alrededor: por allá estaban los hermanos Rivero Cedrés, y algo más acá el ingeniero Almiratti, también Long, el Cholo González… Mucho más cerca, Lucía, que le dio un beso antes de que subiera al estrado y volvió con su hermana María Elia, para escucharlo.

Sentado en un banco, y absorto ante tanta gente, comenzó a hablar, con tranco lento, cauto. Sin papeles para leer podía pensarse que Mujica estaba improvisando, pero sus palabras surgían de una larga, muy larga meditación de calabozo. Así dio su primer discurso político como dirigente de un MLN que se anunciaba legal: ”Lo primero, muchachos: reconocer lo mucho que han hecho ustedes. Reconocer en ustedes lo mucho que ha hecho para con nosotros este pueblo. Estamos aquí, un poco agobiados por la emoción, porque miramos entre las caras y deberían estar muchas otras, que han ido quedando en estos largos años de tristeza.

Miramos mucha gente joven, miramos nuestras manos, e inevitablemente nos vemos treinta años atrás, cuando, potrillos, andábamos de la mano con alguna novia y un sueño de revolución por las esquinas… Hay ciertas novias que no se olvidan nunca. Seguimos todavía vertebrando sueños. Y seguiremos…

Los aplausos acompañaban las palabras, alentando esos sueños. Uno, quizá el más urgente, era recomponer al dividido MLN. Y Mujica comenzó a tirar las primeras cuerdas de rescate:

-No tengo que olvidar, y no es fácil para un cerebro carcomido de rejas, que fuimos invitados por ustedes, sin condiciones, y mucho, mucho tenemos que agradecer. Vamos a ir a todas las tribunas que nos ofrezcan, sin condiciones, vamos a ir para estar con todos, y para todos. Esa es una posición que entraña una postura política que cada cual sabrá medir…

Tal lo que lanzó Pepe: la idea de los viejos tupamaros no era volcarse hacia ninguno de los grupos que pugnaban en la interna. Pronto, expuso sus viejas posiciones de horizontalidad en la lucha:

-Por estar en un estrado, no se deja de estar abajo. Estamos reaprendiendo, porque hasta la tumba se reaprende. Muy poca, poquísima calle las circunstancias nos han permitido hacer por estos días, sin embargo, ya hemos aprendido una lección: este pueblo se ha transformado mucho. Y el que no lo interprete pierde el tren. Se acabaron los lineazos de la altura. Ya no importan tanto los “locales”, la cosa está en la calle. Hay una diferencia abismal, aquella masa que nosotros conocimos… Las cosas pueden ser lentas, difíciles, hay que convencer, hay que convencerse. La gente quiere pensar, participar. ¡Y es bueno que eso sea así, es bueno que se termine el dirigentismo!

Varias personas en esa primera semana de libertad habían preguntado a Pepe y a otros de sus viejos compañeros sobre problemas concretos del país. Ñato advirtió en Conventuales que no podían responder de manera acabada porque necesitaban tiempo para informarse, pues venían de la muerte. Pepe fue un poco más allá…

-No tenemos línea. No podemos tenerla, porque nuestros cerebros están ignorantes: muchos años sin nada, absolutamente nada. Y no venimos a llorar nuestros dolores ni nuestras penas, simplemente a dejar bien clarito que el puñado de viejos que va quedando tiene nítidamente claro que apenas es un palito, que debe funcionar para que la colmena se aglomere en rededor: lo esencial no es el palito, sino la colmena.

Esa idea era posible en el nuevo contexto, pero no lo fue durante la lucha armada. Pepe explicó las diferencias con aquellos años…

-Es bueno recordar algunas cosas que fueron quedando, porque los tupamaros fuimos presa de la urgencia. Muchas veces, queriéndolo hacer, no hicimos cosas fundamentales. Tuvimos que olvidarnos de la docencia, tuvimos que olvidarnos de escribir papeles, de escribir libritos, porque había cantones que evacuar, porque había que fabricar documentos, porque había que luchar con la clandestinidad. Y estas no son justificaciones, sirven para interpretar ciertas cosas que se fueron modelando, y tenemos conciencia de nuestras limitaciones. Apenas un torbellino de problemas se nos acampó en el lomo, dónde van a vivir, de qué van a comer, cómo solucionan sus problemas.

Los tupamaros tenían ahora otros problemas para su reorganización efectiva: antes el funcionamiento del MLN se sustentaba mediante expropiaciones, pero en el nuevo marco de lucha legal eso debía cambiar, al menos así se podía deducir del discurso tupamaro en las nuevas horas… Pepe dijo ante la gente:

-Somos la organización política —si es que se puede llamar organización a este montón de emociones— más pobre del país: ni una máquina de escribir, ni un escritorio, menos una oficina, no tenemos nada, absolutamente nada, cicatrices. Sin embargo, los tenemos a ustedes, y a los muchos otros, lo demás va a venir sobre la marcha.

La solidaridad comenzó en ese mismo instante. Hubo colectas, donaciones, y hasta un dinero que había sido guardado durante trece años, producto de la película Estado de sitio, que cuenta las complejas horas en que el MLN secuestró y ejecutó a Dan Mitrione. Dirigida por el franco-griego Costa-Gavras —que se reunió con los tupamaros en la clandestinidad a la hora de adaptar el guion—, el largometraje fue filmado en el Chile de Allende y estrenado el 30 de diciembre de 1972 en las dos Alemanias, Australia, Finlandia, Suecia, Francia, Grecia. Obtuvo, en 1974, el premio Naciones Unidas otorgado por los Premios de Cine de la Academia Británica; fue nominada a los Globo de Oro… El director, comprometido con ideales de izquierda, cumplió con el pago a los tupamaros que ahora necesitaban dinero —Pepe lo estaba explicando en el Platense— para intentar salir adelante.

Las palabras de Mujica llamaban a la unidad aun en la oposición de ideas, punto fuerte del MLN desde sus comienzos. Les hablaba a los jóvenes de los años ochenta, a quienes apenas empezaba a conocer…

Y como hombre viejo, no para dar consejos, es bueno recordar algunas cosas que quedaron. Siempre, absolutamente siempre, tuvimos discrepancias, claro que sí, las discrepancias son buenas, ayudan a elegir caminos. Ya por 1966 teníamos definido, y era decreto para nosotros, que en eso que llaman lucha ideológica no se insultaba a nadie, absolutamente a nadie. Yo les recuerdo, muchachos, que la pasión no justifica la miseria… la miseria del alma. Nacimos para luchar por la igualdad, y por el sueño de un hombre, si no nuevo, algo mejor.

Y hay ciertas cuestiones de método que salpican la pureza de nuestra causa. Debemos tener claro que las diferencias de la familia tupamara pueden ser muy grandes, pero no lo son tanto como para que no tengamos claro y definido esto.

Los viejos vamos a jugar nuestro papel, hasta que ustedes se reencuentren a ustedes mismos. Habrá que renovarse a su debido tiempo. (…)

Mil historias en una historia

El propio presidente José Mujica se sorprendió por la precisión y la minuciosidad de la historia, de su propia historia.

En realidad se trata de infinitos relatos. Empezando por su infancia. La muerte de su padre, su esfuerzo y los primeros trabajos junto a la figura central de su madre. Su militancia política desde su primera juventud, incluyendo revelaciones sobre las acciones como líder del MLN-Tupamaros, y episodios como cuando fue acribillado a balazos, o el secuestro que soportó, en que debió asestarle un balazo y herir a un compañero para protegerlo; el asalto a la casa de un juez corrupto colaborador de la CIA, y también la reconstrucción de las dos fugas de la cárcel y de sus increíbles recursos para sobrevivir a las ”tumbas”.

El autor es el uruguayo Walter Pernas, quien nació en 1971 en Montevideo. Licenciado en Comunicación Periodística por la Universidad ORT Uruguay, donde además es docente. Como periodista se especializa en trabajos de investigación. En su rol de escritor, su primer libro fue La Caída, el dictador Bordaberry y su canciller presos (crónica, 2006). También autor de literatura infantil y juvenil, destacada por la Administración Nacional de Educación Pública y el Ministerio de Educación y Cultura.

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