La izquierda líquida

Los viscerales twits de Laurie Penny –conocida en Inglaterra comoPenny la roja, líder de los Indignados británicos– tienen más ascendencia sobre el proletariado londinense que las resoluciones de la mesa nacional del Partido Laborista. Los ciberactivistas del Pirate Party sueco –que reivindican el uso libre de Internet– acaban de hacer una elección histórica y, por primera vez, lograron un escaño en el Parlamento europeo. En los años sesenta, la juventud radicalizada nórdica defendía a ultranza la Revolución Cultural de Mao. Hoy, contrariamente, a cualquier adolescente europeo se le erizaría la piel si algún dirigente marxista propusiera ponerle diques y fronteras a la divulgación de ideas. En Francia, el movimiento ecologista no es un club de señoritas que reparte panfletos callejeros sobre la vida de las ballenas. Partidarios de un novedoso programa de emancipación cultural denominado Decrecimiento social, los ambientalistas galos parecen personajes de la novela 62 Modelo para armar, de Julio Cortázar: piquetean shoppings, destrozan publicidad callejera, proclaman ”irse a vivir al bosque” para detener ”la maquinaria de consumo”.

En definitiva, la mayoría de los hombres y mujeres que hoy resisten la austeridad fiscal de la Unión Europea quizá no sepan quién fue el mariscal Tito, probablemente nunca leyeron a Antonio Gramsci y, seguramente, tengan más interés en abrir una cuenta de Facebook que en organizar una célula fabril de base. Pero, a su manera –ingeniosa, masiva, desprejuiciada–, le ponen color, gritos y rebeldía a un continente donde los históricos Partidos Socialistas y Comunistas tienen menos legitimidad que la popularidad de la canciller alemana Angela Merkel en los nuevos barrios pobres de Atenas.

”Es un poco pronto para dilucidar si los indignados constituyen una nueva izquierda. Muchas características programáticas no tienen. En definitiva, ¿qué tienen en común un campesino griego que reclama mayores subsidios con un desempleado español que pide a gritos el fin de los desalojos? Que expresan el agotamiento del Consenso Neoliberal europeo en cuanto a proyecto político hegemónico. Pero poco más que eso. Por eso, veo más reacción y resistencia que alternativas concretas. Igualmente, eso no quiere decir que los indignados europeos no vayan a decantar en algo mayor. En la Argentina de 2001, los piqueteros y caceroleros que protestaron contra la crisis luego fueron estructurando proyectos más grandes”, responde José Natanson, director de la edición local de Le Monde Diplomatique y autor del recomendable libro Por qué los jóvenes están volviendo a la política, De los Indignados a La Cámpora, cuandoMiradas al Sur le pregunta cómo situar ideológicamente a los nuevos movimientos sociales europeos.

Otro especialista de la nueva protesta juvenil del Viejo Continente, el periodista Amador Fernández Savater, quién fue uno de los mejores cronistas de las asambleas masivas del 15 M en la Puerta del Sol de Madrid, coincide con Natanson sobre las fronteras conceptuales poco nítidas que presenta la izquierda líquida europea. ”En tanto no están convocados, protagonizados ni liderados por militantes o activistas, como en el caso de la okupación, la insumisión o la antiglobalización, sino por gente sin experiencia política previa; no extraen su fuerza de un programa o de una ideología, sino de una afectación sensible y en primera persona por algo que sucede”, advierte el hijo del reconocido ensayista español y asiduo columnista del diario Público y, acto seguido, refuerza su opinión con una caracterización llamativa de los indignados europeos: ”Yo los llamaría OVNI (Objetos Voladores No Identificados). Difícilmente perceptibles para los radares del pensamiento crítico tradicional debido a su falta de pureza en lo que dicen y lo que hacen, a la dificultad para sumarlos a los movimientos sociales alternativos y/o antisistema. La naturaleza del movimiento suscita tantas discusiones intrigadas como la sonrisa de la Gioconda. No hay respuesta a la pregunta (policial) por la identidad: ¿quiénes son?, ¿qué quieren? Estamos en huelga de identidades: somos lo que hacemos, queremos lo que somos”.

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Ahora, bien, dialécticamente, contra qué frontón de la izquierda hilvanan su anti-tesis los rebeldes europeos. El analista europeo Serge Halimi responde muy bien esta duda en su artículo ”La izquierda que ya no queremos”. Halimi recuerda que: ”En Grecia, George Papandreu, presidente de la Internacional Socialista, puso en práctica una política de austeridad draconiana que combinó privatizaciones masivas, supresiones de empleos en la función pública y abandono de la soberanía de su país en materia económica y social en manos de una troika liberal. En su momento, los gobiernos de España, de Portugal o de Eslovenia recuerdan también que el término izquierda está a tal punto pervertido que ya no se lo asocia a un contenido político particular”. A su vez, Halimi advierte que ”se produce, actualmente, un desplazamiento geográfico de la dirección ideológica de la izquierda en el mundo. En ese contexto, se distingue América del Sur. La izquierda de los países europeos, que tanto influyó a la izquierda en el mundo desde el siglo XIX, no logró aportar las respuestas adecuadas a la crisis y parece capitular frente a la dominación del neoliberalismo. La decadencia de Europa es también, quizás, el crepúsculo de la influencia ideológica del continente que vio nacer el sindicalismo, el socialismo y el comunismo y que parece resignarse más que otros a su desaparición”.

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Sin embargo, Natanson es prudente a la hora de catalogar a Latinoamérica como la nueva meca de la izquierda global. ”Me parece qua algunos sectores de la nueva militancia europea idealizan demasiado el proceso latinoamericano. Francia tendrá muchos problemas, pero su índice de PBI y su desarrollo industrial son muchísimo mejores que los de los países del Cono Sur. En ese sentido, sería un error grande de los indignados europeos sobreactuar una latinoamericanización de sus programas y consignas. Yo creo que el gran desafío de los europeos socialistas es encontrar una izquierda post Muro de Berlín. América latina la encontró con líderes como Chávez, Kirchner, Lula. Pero, ellos no. Su último experimento fue la denominada Tercera Vía, cuyos dirigentes terminaron devorados por la crisis continental”.

Entonces, ¿qué se puede afirmar de la izquierda líquida europea? ¿Navegan a la deriva sin partido, sin consignas? ¿Son niños snobs obnubilados por la supuesta revolución informativa de la red social Twitter? No, todo lo contrario. Se trata de un nuevo emergente político. En América latina se definirían como autonomistas y sus nuevos autores de cabecera son John Holloway, Toni Negri y David Harvey. Su libido militante no pasa por llegar a ser parte del Polit-Buró sino por construir ”desde abajo el cambio social”.

Eso sí, una vieja enseñanza del marxismo leninismo decía que el centralismo democrático –la forma en como se estructuraban los partidos clásicos de izquierda– debía funcionar como un péndulo: por momentos había que democratizar la discusión pero también, en alguna instancia, era necesario centralizar las decisiones. En ese sentido, el movimiento Ocuppy Wall Street (OWS) –hermanos ideológicos de los indignados europeos– acaban de sucumbir en el sentido inverso de las organizaciones stalinistas. Fueron tan híperdemocráticos en su construcción que, poco a poco, su existencia se fue desinflando.

Frank Thomas, de la revista estadounidense Harper’s, advirtió días atrás que ”la ausencia de reivindicaciones concretas redujeron a OWS a su desaparición. Ocurrió que para sus partidarios, la cultura horizontal representó la etapa suprema de la lucha. El proceso es el mensaje, gritaban sus activistas. OWS logró grandes cosas. Supo encontrar el gran eslogan (Somos el 99%), identificar al enemigo y capturar la imaginación del público. Pero los reflejos democratizadores enseguida adquirieron un lugar abrumador y convirtieron a OWS en un laboratorio donde los sabelotodo validaban sus teorías difusas”. Entonces, ¿qué une a Laurie Penny con los okupas españoles o los hackers nórdicos? Nada, y todo a la vez. Por lo pronto, tienen ganas de cambiar el mundo, el suyo, antes que el mundo los cambie a ellos.

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