La burbuja financiera e inmobiliaria que explotó con la quiebra de Lehman Brothers y que provocó una especie de epidemia hacia otros bancos que siguieron por el mismo camino, provocó que muchos países, encabezados por Estados Unidos, tuvieran que echar mano del Estado para intervenir en pos de calmar las aguas de una tormenta pocas veces vista en la historia. Paradójicamente, la intervención estatal tuvo su primer protagónico cuando inyectó cifras exageradamente millonarias para poner fin a las bancarrotas bancarias, pero significó la esperanza de analistas y economistas de un posible resurgimiento del modelo keynesiano ante el sistema de laissez faire que claramente había fracasado.

Hoy día, esa esperanza de cambio y ese intervencionismo estatal ya son rápidamente parte del pasado. Los bancos recuperaron terreno sin haber pagado la culpa del desastre que causaron, el mercado sigue abierto y las ideas de Keynes volvieron a quedar en la historia. Pero hay un actor en esta trama, fundamental como pocos, que quiere un cambio pero que la falta de esperanza y voluntad de lucha han hecho estragos en él, convirtiéndolo en un sujeto pasivo e impotente. Este intérprete es nada más ni nada menos que la gente, la sociedad, la población que se ha visto golpeada como nunca por la crisis y que aún así no tuvo el rol necesario para cambiar las cosas y hacerse oír, y terminó por sumergirse en el desinterés más absoluto.

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Ejemplos de ello sobran. En Europa las políticas que se llevan a cabo y se proponen para superar la crisis económica son las mismas que culminaron con la debacle, y aún así son los que triunfan. Con una extraña especie de voto castigo, o mejor dicho autocastigo, las mismas recetas e ideología liberales llevan las riendas en pos de salir de esos números rojos que ellos mismos generaron. En España triunfó la derecha conservadora, en Francia triunfó la centroizquierda que a los tres meses se dio vuelta, en Gran Bretaña de cambios ni hablar, ni siquiera ante el referéndum independentista escocés. Alemania continúa siendo la mandamás de todo el Continente, reforzando la idea del recorte y la austeridad. Incluso en Suecia, que tuvo elecciones la semana pasada, triunfó la tradicional centroizquierda pero con menos votos en toda la historia, y con un avance significativo de la ultraderecha xenófoba y nazi.

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En América Latina el ejemplo más contundente de la antipolítica es Brasil, donde aún con avances sociales y desarrollo económico, el hartazgo generalizado provocó un antipartidismo y falta de interés en debatir y escuchar que puede culminar con un nuevo triunfo de la derecha, la misma que promueve las políticas liberales de los años ’90 que no hicieron más que generar hambre y exclusión.

Queda claro que el desinterés juega a favor del status quo, y aquellos que ven que este fenómeno calza como anillo al dedo también son los medios, que nunca podrían perder la oportunidad de contribuir a la desinformación, a expandir la expresión de ”la vieja política” ante cualquier intento de cambio, a hacer operaciones políticas y mediáticas, y un sinfín de estrategias para que la antipolítica siga firme mientras unos pocos siguen haciendo de las suyas.

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El bloque progresista de América Latina nada contra la corriente, pero habrá que ver qué pasa si Brasil, el corazón de la región, pasa a manos de la derecha. Sin embargo, aún si esto no ocurre puede observarse que implementar cualquier medida enemiga del sistema provoca golpes de Estado, feroces campañas mediáticas, fuga de capitales, bloqueos, y decenas de medidas para recordar que el capitalismo salvaje sigue ahí, vivito y coleando. Y el actor que puede decir basta, prefiere mirar para otro lado.

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