En una mano, un listado de exigencias y condiciones para ser presentadas ante las puertas de la Unión Europea. En la otra, la amenaza de una salida al bloque mediante una consulta popular. Así avanza el primer ministro David Cameron en el despliegue de su agenda en política exterior, a menos de un mes de haber sido reelecto por una mayoría absoluta en el Parlamento británico.

Desde su entrada al bloque en 1973, el Reino Unido ha buscado diferenciarse del resto de Europa. Primero, se negó a formar parte del espacio de Schengen, creado en 1995, con el objetivo de suprimir las fronteras comunes; luego rechazó la iniciativa de una integración monetaria.

Pero ¿qué busca negociar el nuevo gobierno de Cameron con la Unión Europea? Entre los principales objetivos de campaña[1] ya figuraba el de reducir la inmigración intrabloque: recortar sus beneficios y el acceso a los programas sociales, exigir cuatro años de trabajo en el país antes de solicitar las coberturas, negar las ayudas en la búsqueda de empleo y expulsar del país a cualquier extranjero que no haya conseguido trabajo en menos de seis meses. Pero también, el gobierno busca alcanzar reformas de fondo que implican marcar limites a los tratados europeos, una condición casi imposible de negociar ya que de concretarse los otros 27 parlamentos podrían exigir los mismo situación que haría del organismo un espacio ingobernable. Sin embargo, los británicos saben que una posible salida del bloque alteraría aún más los frágiles equilibrios que atraviesa Europa, posición que le concede más fuerza para negociar.

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El jueves pasado, Cameron recibió el respaldo de la monarquía británica, cuando la reina Isabel II, envuelta en una liturgia de otra época, anunció durante el discurso de apertura de sesiones parlamentarias que impulsaría un referéndum de consulta a los británicos para definir la permanencia de su país en el organismo. En algunas horas, el proyecto de ley fue presentado ante la Cámara de los Comunes por el canciller británico, Philip Hammond, quien espera que el llamado se concrete antes del 2017.

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La crisis económica ha dejado varios heridos en Europa, sin embargo de sus golpes parecen surgir como antídotos nuevas fuerzas políticas de cambio como Syriza en Grecia, país que mantiene tasa de desocupación de 25,4 por ciento y Podemos en España, el segundo de los países con la tasa más alta de desempleo que ronda los 23,1, muy por encima de los 4,7 de Alemania o los 5,4 por ciento de Gran Bretaña.

Habilidoso con los tiempos políticos, mientras su canciller presentaba la iniciativa, Cameron inició una ronda de negociaciones que terminó el viernes en Alemania y pasó por Polonia, Francia y Holanda. La canciller alemana Ángela Merkel fue clara en establecer que no negociará pilares básicos de esta integración, pero que está abierta a pensar posibles salidas a los planteos de Gran Bretaña. En la vereda opuesta quedaron las reacciones de Francia y Polonia, quienes rechazaron las propuestas de manera tajante. Polonia es un país pequeño pero de ubicación estratégica que acolchona las relaciones con Rusia en plena crisis por Ucrania y que representa, a su vez, tercer grupo de inmigrantes en Inglaterra de unas 800.0000 personas.

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El primer ministro británico buscará comunicarse durante los próximos días con la mayor cantidad de miembros de la Unión Europea para llegar, sin sorpresas, al Consejo Europeo del 25 y 26 de junio en Bruselas. El despliegue de una lista de condiciones para mantenerse dentro del bloque nos recuerda la disparidad de peso político y económico que muchas veces existe entre sus miembros cuando de integración regional se habla.

El Destape

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