Tiroteos masivos por parte de milicianos islamistas. Migrantes chocando con fronteras. Competencia internacional castigando al trabajador pero enriqueciendo a élites.
A través del mundo occidental, una nueva raza de populistas de la derecha como Donald Trump, Marine Le Pen en Francia y Viktor Orban  en Hungría están ganando popularidad, capitalizando una inseguridad climática que rivaliza con el periodo posterior a la I Guerra Mundial.
Muchos de ellos – como hizo esta semana Trump – han acaparado titulares en meses recientes despotricando en contra de inmigrantes musulmanes, diciendo que son una amenaza para la seguridad pública e identidad cultural. Detractores tendientes a la izquierda han comparado a los populistas con los fascistas de comienzos del siglo XX, porque algunos de los que montan la ola populista – como el Partido Libertad en Austria o Amanecer Dorado en Grecia – tienen raíces neonazis específicas.
A diferencia de movimientos anteriores de la derecha, esta generación de populistas repudia el racismo abierto, retórica militarista y asociaciones con fascismo que, hasta hace poco, ahuyentaban a electores de la corriente popular.
Antes de que los recientes ataques terroristas o la crisis europea de migrantes proyectaran un reflector de atención sobre la inmigración musulmana, los populistas habían formado respaldo como proteccionistas comerciales o nacionalistas económicos apelando a votantes de clase trabajadora, que se sentía desafecta de partidos establecidos y élites políticas. Y por primera vez en casi un siglo, partidos establecidos a lo largo de Europa y Estados Unidos están luchando por mantener a raya a los insurgentes populistas, conforme su competencia tira de la corriente popular hacia la derecha.

Los protagonistas
”Lo que estamos viendo aquí es un cambio bastante radical”, dijo Roger Eatwell, politólogo en la Universidad de Bath que estudia a partidos de la derecha.
Le Pen es la figura más conocida de más de una docena de partidos populistas de la derecha a lo largo de Europa que han anotado grandes progresos durante los últimos dos años. Esta semana, su partido, el Frente Nacional, ganó el mayor porcentaje de votos en la primera ronda de elecciones regionales en Francia, con 30 por ciento, convirtiéndola en un contendiente por la presidencia en 2017. Ella hace campaña en contra de lo que llama la islamización de Francia, al tiempo que ha comparado los rezos musulmanes en calles francesas con la ocupación nazi.
Sin embargo, Le Pen funde su chauvinismo cultural con llamados a las ansiedades económicas de votantes de clase trabajadora o clase media-baja que – como sus homólogos a lo largo de Europa – han sufrido de alto desempleo, salarios estancados y creciente desigualdad en el ingreso, particularmente desde la crisis financiera de 2008.
”Ellos están haciendo todo lo que pueden por los migrantes, los ilegales, pero ¿quién está cuidando de nuestros jubilados?” preguntó Le Pen en una reciente aparición de campaña. ”Ellos están robándole a los pobres para darles a extranjeros que ni siquiera piden nuestro permiso para venir aquí”.
Venas de chauvinismo han subido a la superficie en Europa Occidental desde que ésta dio la bienvenida por primera vez a olas de inmigrantes de ex colonias, a mediados del siglo pasado, con miles de indios, jamaiquinos y otros llegando a Reino Unido.
Pero solo en las últimas dos décadas – con los números en aumento de personas llegando de Asia, Oriente Medio y África – es que el sentir nativista en Europa se ha vuelto tan prominente como lo es en Estados Unidos, donde la inmigración es central para la experiencia nacional.
Además, las voces que han asumido la causa de la defensa de fronteras nacionales y culturas tradicionales en contra de la inmigración y lo que se percibe como otras amenazas ahora vienen, por primera vez, de voces populistas fuera de la cúpula política (Hungría es una excepción, donde el Primer Ministro Viktor Orban es un populista de la derecha que encabeza un partido de la cúpula política, tirado más a la derecha por la competencia de un rival más extremo, el partido Jobbik.)
Vínculos que alguna vez unieron a partidos con sus bases populares – democristianos con iglesias católicas, por ejemplo, o socialdemócratas con sindicatos laborales – se han raído. Cambios en medios masivos han hecho celebridades de algunos líderes políticos, al tiempo que devaluaron a algunas organizaciones partidistas de tipo tradicional.
Pero, al mismo tiempo, partidos de la cúpula en la izquierda y derecha por igual tampoco han logrado suministrar soluciones en buena medida para los problemas que más molestan a votantes de clase trabajadora: estancamiento de ingresos, inseguridad y desigualdad en una era de cambio tecnológico y competencia global.
Un sondeo conducido en Europa la primavera pasada por el Centro Pew de Investigación arrojó extraordinaria tristeza con respecto a la condición de sus economías: considerables mayorías en media docena de países preveían que sus hijos estarían en peor condición que sus padres. Esa pesimista perspectiva era albergada por 58 por ciento de los encuestados alemanes, 68 por ciento de los británicos y 85 por ciento de los franceses.
En cada caso, las bases fundamentales de los nuevos partidos de la derecha eran hombres de clase trabajadora. ”Estos son votantes que se sienten rezagados económicamente, bajo amenaza de inmigración y acelerado cambio social, así como aislados de la política popular”, dijo Matthew J. Goodwin, politólogo en la Universidad de Kent que estudia a la derecha.
De igual forma, Trump extrae buena parte de su respaldo principalmente entre electores sin educación universitaria. El sondeo más reciente entre New York Times y CBS en todo EU demostró que Trump tenía el apoyo de 40 por ciento de los votantes republicanos sin un diploma universitario. Él tenía el respaldo de 26 por ciento entre aquellos con título universitario. Ningún otro apoyo a candidatos estuvo tan estrechamente relacionado con el nivel educativo.
El sondeo fue levantado en su mayoría antes de su declaración por la tarde del lunes, proponiendo una prohibición temporal que impida la entrada de musulmanes a Estados Unidos.
A diferencia de sus homólogos populistas en Europa, Trump no viene de un solo movimiento o ideología, ni tiene gran historial en el Partido Republicano.
Pero, como Le Pen y otros en la derecha, él ha combinado sus temas distintivos sobre los peligros de la inmigración con posturas que intentan abordar igualmente las ansiedades económicas de personas trabajadoras. Él ha acusado a fondos de cobertura de ”salirse con la suya en un caso de asesinato”, tildándolos de ”tipos que mueven papel por ahí y tienen suerte”. Además, ha denunciado tratos de libre comercio, jurado aplicar aranceles a importaciones y prometido impedir que inmigrantes o trabajadores extranjeros compitan por empleos.
Pat Buchanan, quien llevó sus propias campañas presidenciales de tendencia populista en Estados Unidos durante tres elecciones a partir de 1992, dijo en una entrevista que reconocía muchos de los temas culturales y económicos que él empleaba en las estrategias de Trump, Le Pen y los demás por toda Europa. Sus movimientos fueron manifestaciones de las mismas fuerzas globales, argumentó.
”Nacionalismo y tribalismo y fe – estas son las fuerzas motoras ahora y están desgarrando a instituciones transnacionales por todo el mundo”, dijo.
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