Crisis entre Turquía y Estados Unidos

Los motivos de la crisis en Turquía tiene muchos aspectos, que la hacen difícil de solucionar sin la búsqueda de nuevos socios estratégicos en la región

El conflicto entre Estados Unidos y Turquía ha llegado a uno de sus puntos más elevados y tensos de los últimos tiempos. Todo comenzó en un plano netamente político, y continuó evolucionando hacia lo comercial/económico. El punto de quiebre fue el pedido de extradición de Fetullá Gülen, un teólogo turco que se considera instigador del golpe de estado en julio de 2016 en Turquía. Luego continuó con un incidente en la embajada turca en Washington cuando la seguridad del presidente Recep Tayyip Erdoğan dejó once manifestantes heridos en una protesta. A su vez, Washington reclamaba la liberación de un pastor evangélico encarcelado en octubre de ese mismo año, que actualmente cumple arresto domiciliario.

Hasta aquí pareciera no tener mayor importancia; sin embargo, hay factores subyacentes que generan un plano de intereses más complicado. Por un lado, Turquía tiene mucho peso específico en Europa, por lo tanto, sus decisiones influyen a nivel continental. Por otra parte, la construcción de un gasoducto entre Turquía y Rusia complica la alianza estratégica con Estados Unidos en el marco de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte). Se debe sumar la probable venta de sistema ruso antiáereo S-400 que podrían provocar un verdadero dolor de cabeza a los miembros de la OTAN porque podría abrir las puertas a los sistemas nativos de la organización a los ingenieros rusos.

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En definitiva, la escalada de tensiones amenaza más intereses de los que se ven a simple vista. La crisis entre estos importantes miembros de la OTAN afectó el mercado de capitales, provocando una espectacular caída de la lira turca frente al dólar durante la semana pasada. Lejos de terminar allí, desde Washington se impusieron fuertes tarifas al acero y aluminio turco. Lo que parecía ser una crisis diplomática mutó a una crisis financiera y comercial, acompañada del desplome de la lira turca de forma abrupta.

Cierto es que la crisis de la lira no es algo que se ha producido de la noche a la mañana, aunque las sanciones estadounidenses han tenido un gran papel, consecuencia de una cadena de malas decisiones. Podríamos decir que una de las principales variables fue la promoción de un modelo económico con énfasis en el crecimiento de sectores como el de la construcción, industria armamentista y grandes obras públicas, que terminaron generando al mismo tiempo grandes desequilibrios fiscales bajo un manto de “falsa tranquilidad”.

Ante esta situación crítica, el presidente Erdogan se pronunció frente a sus ciudadanos aduciendo que la situación que atraviesa Turquía forma parte de un ataque exterior. La represalia a las políticas de Trump se abrieron en dos planos: por un lado, llamó a todos los habitantes a llevar a cabo un boicot a los productos electrónicos estadounidenses que puedan adquirirse en tierras turcas, con la posibilidad de dejar de importar a Norteamérica. Además, pidió a la ciudadanía convertir sus dólares en liras turcas, de manera que se sustente la moneda local ante su caída libre.

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En este contexto, podemos concluir que las razones de la crisis turca son más profundas que las provocadas por este nuevo escenario de sanciones norteamericanas. Turquía arrastra tradicionalmente un gran déficit, que se ha solventado en la última década gracias a la llegada de fondos de inversión, pero, primero debido a la subida de intereses en Estados Unidos y después a causa del deterioro político del país, estos han comenzado a abandonar el mercado turco, provocando la depreciación de su moneda.

Dentro de los posibles escenarios, y teniendo en cuenta que Erdogan acusó a Estados Unidos de haber declarado una “guerra económica” a su país, se abre la posibilidad de que busque “nuevos amigos y alianzas”, como ya había anunciado en su discurso. Esto no solo significa seguir adelante con el gasoducto, sino también dejar de utilizar el dólar para transacciones con países como Rusia y China. Por último, no debemos pasar por alto que Turquía es refugio de más de tres millones de desplazados sirios, por ende, una crisis económica puede promover la migración de dichos refugiados al resto de Europa. En este sentido, las palabras de la Canciller alemana, Ángela Merkel, referían específicamente a evitar el desplome de Turquía durante la pasada semana. Es por esto que los estados miembros de la OTAN y aquellos mercados internacionales que trabajan conjunto a Turquía, miran con mucha cautela el desenlace de esta situación.

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