Desde que Donald Trump se convirtió en el nuevo inquilino de la Casa Blanca, aumenta la sensación de que EE.UU. y China se encaminan por momentos a una guerra. De hecho, en ambos países ya resuenan voces que contemplan esta posibilidad, recuerda en su articulo para ‘Asia Times’ el investigador Richard A. Bitzinger, de la Universidad tecnológica de Nanyang en Singapur.
En este sentido, el actual jefe de estrategia de la Casa Blanca y consejero de Trump, Steve Bannon, afirmó que ”no caben dudas” de que Pekín y Washington se enfrentarán en una guerra en el mar de la China Meridional dentro de 5 o 10 años. Aunque su declaración se remonta a marzo del año pasado, ha sido difundida ampliamente en las últimas semanas, también por medios chinos, a raíz de su asignación como asesor del presidente.
El mismo día de la investidura de Trump como presidente de EE.UU., el pasado 20 de enero, el Ejército Popular de Liberación de China publicó en su página oficial un comentario que rezaba así: ”’una guerra dentro del mandato presidencial [de Trump] o una ‘guerra que estalle esta noche’ dejaron de ser solo eslóganes y empiezan a ser una realidad”.
¿Calma antes de la tormenta?
Las relaciones de ambos países se han visto perjudicadas en los últimos años, desde el momento en que China se puso a desarrollar ”asertiva e incluso agresivamente” sus intereses nacionales en la región con ”iniciativas centradas en China” como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y Ruta de la Seda, sostiene Bitzinger. Pero sobre todo debido a su intensa actividad en el mar de la China Meridional donde construye infraestructuras en islas artificiales y reclama sus derechos sobre los territorios en disputa.
Ante un escenario como este, EE.UU. ha respondido ”de manera contenida, pero igualmente enfática” con numerosas operaciones de libertad de navegación (FONOP en inglés), enviando a sus buques y aviones a zonas que considera aguas internacionales, mostrándole así a China que no reconoce sus pretensiones sobre la ”soberanía unilateral” sobre este mar. Lo mismo han hecho aliados de EE.UU. como Japón o Australia, recuerda el investigador.
Sin embargo, a finales del año pasado ambos países redujeron, aparentemente, estas actividades, después de que China frenara la construcción de islas artificiales en el mar de la China Meridional y EE.UU. llevara a cabo solo una operación de libre navegación en la segunda mitad del 2016, opina Bitzinger.
Sin embargo, la victoria de Trump ”no es un buen augurio para el futuro de las relaciones sino-estadounidenses” ya que el ”coqueteo de Trump con Rusia” aumenta las posibilidades de que China pase a ser denominada por la Casa Blanca como ”enemigo público número uno”. No en vano, una de las primeras acciones de Trump tras imponerse en las urnas fue mantener una conversación telefónica con Tsai Ing-wen, la presidenta de Taiwán, que China no reconoce como Estado soberano.
Por su parte, el actual jefe de diplomacia estadounidense, Rex Tillerson, provocó la ira de China al afirmar durante las audiencias de confirmación para su cargo que EE.UU. podría privar de alguna forma al país de acceso a las islas artificiales que construye en el archipiélago Spratly. Sin embargo, más tarde Tillerson parece que cambió de parecer, pues, en realidad, la única forma de hacerlo sería por medio de la fuerza naval o aérea, y ello significaría una declaración de guerra, explica el investigador.
Posteriormente, el secretario de Defensa de EE.UU., James Mattis, abogó por centrarse en la diplomacia antes que en la confrontación en lo que se refiere al mar de la China Meridional. Sin embargo, EE.UU. sigue aumentando su poder militar en la región, en particular, por medio de la instalación de misiles de largo alcance en Corea del Sur, supuestamente contra Pionyang, si bien también pueden dirigirse contra misiles chinos, recuerda Bitzinger.
Un pronóstico desolador
El riesgo de que estalle un conflicto en el futuro radica en el hecho de que ambos países se presentan como víctimas. Si bien la opresión y ”la humillación” a manos de otros países ha estado presente en el discurso de China durante mucho tiempo, para EE.UU. presentarse como víctima de Pekín, acusando al gigante asiático de ser un ”ladrón de empleos” y un ”manipulador de su moneda”, es algo que se desprende de la campaña electoral de Trump, que insiste en apuntalar la postura más ”intransigente y exigente” en las negociaciones.
El problema es que si ambos países se sienten víctimas, ninguno de ellos hará ”concesiones”, sino todo lo contrario: ambos querrán ”indulgencias y dispensas”, y esto ”no es una buena manera de evitar un conflicto” concluye el investigador.

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