Por Cicco

Qué sacrificio, Dios mío, ser madre en tiempos de Twitter, de evangelizadoras de la lactancia y sumos pontífices de los pañales ecológicos. Tiempo atrás, bastaba con dar a luz para que a la mujer se la considerara madre hecha y derecha. Una vez nacido, la madre simplemente entregaba el niño a las nodrizas que se ocupaban de amamantarlo. Si disponían de dinero suficiente, contrataban institutrices que se hacían cargo de la crianza. Hoy día, en cambio, los requisitos para aplicar para el rol de madre moderna, ecológica y ejemplar, son vastos y demandan dedicación full time. Para empezar, recomiendan evitar hospitalizaciones, cesáreas e inyecciones peridurales para soportar el dolor de dar a luz, un dolor, insisten algunos, vivificante. Si se puede tener al hijo en casa, aún mejor. Amamantar hasta los tres años de ser posible. Disponibilidad 24 horas. Empleadas en relación de dependencia, abstenerse. Sueños de emancipación financiera, aspiraciones laborales y proyectos artísticos, olvídense de ellos.

No hay trabajo más exigente que el de ser madre. Si fuera la aplicación para un puesto en una compañía, no se presentaría nadie. De hecho, cada vez son menos las que deciden formar fila y llenar formularios. Tanta carga a cuestas disparó que las cifras de maternidad en algunos países cayeran drásticamente. En la Argentina, por lo pronto, la tasa de maternidad se derrumbó de 7 hijos por mujer a fines del siglo XIX, al actual de 2,4, una cifra histórica –aunque en Buenos Aires es aún más baja: 1,9 hijos por mujer. Tener descendencia se transformó en un reto tan trascendente que pocas se sienten a la altura del desafío.

Este panorama desalentador acaba de provocar uno de los debates más explosivos a nivel mundial sobre el rol de la mujer en la familia. La mujer responsable de encender el fósforo y tirar la pólvora se llama Elisabeth Badinter, intelectual francesa, militante feminista, profesora de la Ècole Polytechnique, y, años atrás, protegida de la filosa Simone de Beauvoir. Badiinter está considerada una de las pensadores más influyentes de Europa y además, puertas adentro, es una abuela de 66 años. Su libro: El conflicto. Cómo la maternidad moderna pone en riesgo el rol de la mujer, figuró entre los dos títulos más vendidos en Francia después de su publicación en 2010.

Badinter disfruta pensando a contrapelo de la sociedad. Y mientras las madres modernas se entregan a un compromiso full time con sus hijos, se transforman en militantes ortodoxas de la leche de pecho, del lazo afectivo que se crea durmiendo con los bebés, poniéndoles música en el vientre durante el embarazo. Badinter dice que la entrega absoluta es una carga que se paga a un precio caro. Demasiado caro.

Incluso formas ecológicas de dar a luz a los niños pueden tener contapartidas peligrosas: a principios de año, la australiana Caroline Lowell, vocera mundial a favor del parto doméstico, murió al dar a luz a su segunda hija en casa. La tendencia, a pesar de la noticia y que no hay cifras oficiales, crece. En la Argentina, existe un boom de parteras a domicilio –para más información: parirconparteras.com.ar- donde alientan a dar a luz como siglos atrás, a salvo de la industria médica.

El mundo considera a estas nuevas madres preocupadas por su rol, responsables y ecológicas. Para Badinter es simplemente algo ”aplastante”. ”La vida para las mujeres se ha vuelto más difícil en los últimos 20 años”, confesó la autora a The New York Times. ”La vida profesional es más dura, más estresante, menos interesante y por otra parte, existe una acumulación de nuevas cargas morales que caen sobre los hombros de la mujer”. Para Badinter entre esas presiones está la de ser la madre perfecta. ”Pienso que cada mujer, llegado un día, se hace esta preguntas: ‘¿Quiero ser madre? ¿Quiero tener hijos? ¿Cómo los voy a criar?”’, retoma la francesa. ”Abordan la maternidad de una forma apasionada, como si fuera la elección más importante de sus vidas”.

En diálogo con Newsweek, la filósofa amplía el concepto. ”Hoy se espera que una madre que acaba de dar a luz muestre todos los reflejos o instintos de un mamífero hembra”, dice. ”De inmediato debe olvidarse de sí misma y sus deseos personales con el fin de estar disponible las 24 horas los siete días de la semana, durante meses, para atender todas las necesidades de su hijo: lactancia materna exclusiva, alimentación mixta con productos orgánicos preparados con mucho cariño, etcétera. Esto la mantiene en casa, cuidando a su bebé, que no es necesariamente la idea que tiene toda mujer del paraíso”.

”Darle la teta me lastimó los pezones. Tenia que sacar leche con el sacaleche, tenía mastitis… no fue algo placentero”, recuerda Cecilia Ruiz, de Trelew, con un bebé de 11 meses: lo que dice una madre moderna. ”Creo que muchas mujeres lo piensan y no se animan a decirlo, porque te catalogan de mala madre. Y hay mucho de eso en mi entorno”.

La periodista Paula Rodríguez, de Buenos Aires, se autodefine como una defensora fanática de la leche materna. ”Sin embargo, no pienso que todas las madres deban hacer lo mismo ni creo que todas tengan la posibilidad de hacerlo”, cuenta la coautora, junto a Ingrid Beck, de la Guía (inútil) para madres primerizas (Sudamericana, con siete ediciones desde 2009) quien amamantó a su hijo hasta los 16 meses. ”Nuestra guía trata sobre cómo todo el mundo tiene un manual, una verdad revelada sobre ser madres, y te ponen la exigencia bien arriba sobre todo lo que tenés que hacer si no querés arruinarle la vida a tu hijo. Creo que si una no afloja, si no queda un espacio para que una sea una persona y el niño aprenda a hacerse un poco solo, el resultado puede llegar a ser una madre esclava, un hijo tirano y dos personas muy infelices”.

El debate sobre las madres sometidas y los niños tiranos no es nuevo. La propia Badinter recoge el guante que legó su querida Beuvoir con máximas aún más tremendas sobre lo que ella consideraba ”la servidumbre de la maternidad”: ”La individuaidad de la hembra está frenada por el interés de la especie”, apuntaba la autora de El segundo sexo. ”No existe un instinto maternal. La maternidad no es una vocación natural ni un destino… La hembra es prisionera de su especie”. Uf, comparado con eso, su heredera es, como mínimo, amable y diplomática.

Badinter, la abuela más aplaudida y criticada de Francia, advierte sobre cómo darse por completo a aspectos, según ella ”menores” de la crianza, significa un riesgo por partida doble: por un lado, el papel de madre a tiempo completo implica un rectroceso del papel de mujer independiente. La ecuación es simple: más tiempo dedicado al bebé equivale a menos tiempo para dedicarse al trabajo, a la imagen personal, a la independencia financiera o al tiempo libre. Por otra parte, una madre que aspira a la perfección, sostiene Badinter, deja como legado futuros niños malcriados, dependientes y con un poder de decisión que no condice con la edad. Mientras la madre pierde sus derechos, el hijo obtiene espacio y voz y voto que, históricamente, nunca le habían pertenecido.

”Antes analizaba cómo reconciliar las responsabilidades de una mujer como madre con su necesidad de conservar su independencia financiera”, señala Badinter. ”Ahora hablo exclusivamente sobre cómo los deberes de la madre y los ‘derechos’ de los niños, aumentan de forma sustancial año tras año”.

Los gurúes de las madres modernas, defensoras de los pañales ecológicos –una forma eficaz de cuidar el medio ambiente, que salva cinco árboles de la tala y reduce diez veces el empleo de agua por cada niño que no usa descartable-, pusieron el grito en el cielo con los ataques de Badinter. Le dijeron de todo: desde que está 100% errada hasta la acusaron de ser una ”feminista arcaica”.

Desde su blog Reeducando a las mamás, María Berrozpe, bióloga española radicada en Suiza, es la más encendida defensora de las madres partidarias de la lactancia y el cuidado afectivo permanente, el santo grial de la maternidad del nuevo siglo. ”¿Qué la madre se hace invisible para ponerse al servicio de su hijo? ¿Que la cultura patriarcal obliga a la mujer a olvidarse de sí misma ”para que su hijo la use”?”, se pregunta Berrozpe, como verá, enojadísima. ”¿Que la campaña pro-lactancia es patriarcal porque no tiene en cuenta el deseo de la mujer? La lactancia es parte de nuestra sexualidad y por lo tanto nadie puede obligarnos a amamantar, de la misma manera que nadie puede obligarnos a tener un hijo. Pero, por eso mismo, es algo a lo que nosotras y nuestros hijos tenemos derecho a hacer”. Con similar vehemencia, Berrozpe embate contra el alquiler vientre y lo considera ”un crimen contra la humanidad” (ver recuadro).

El debate sobre la tensión madre-mujer llegó a la Argentina. Y los psicólogos inclinan la balanza a favor de la cautela y la moderación, aunque sin negociar la presencia activa de las mamás en el cuidado de sus hijos. ”El desarrollo de todo niño está condicionado por los deseos de los padres y por la forma en que ellos se brindan”, destaca Andrés Rascovsky, presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). ”Que una mujer no pueda amamantar a su hijo o que se ausente demasiado porque trabaja afuera, eso sí que trae patologías severas en el niño, no al revés”, compara el psicoanalista Ricardo Rubinstein, con hija de cuatro años a quien su esposa amamantó hasta el año. ”La lecha maternal es un beneficio comprobado, no un capricho”.

Para el psiquiatra y psicoanalista Gustavo Corra, que una madre comparta la atención de su hijo con otras actividades en la primera etapa de la vida ”posiblemente le quite a su hijo una exclusividad que le es necesaria”. Sin embargo, Corra también reconoce que no es útil una presencia ”vacia” que desde el sentimiento no este presente, por más eficiente que parezca.

El sometimiento de las madres modernas a sus hijos se discute en público pero algunos la sufren, puertas adentro. ”Mi hija no nos deja hacer participar como abuelos”, protesta Silvia Varas, jubilada de 65 años, quien convive con su hija y su nieto de tres años en la misma casa en Belgrano. ”Mi hija quiere estar en todo con su bebé y no me deja ni darle de comer. Como no trabaja, tiene todo el tiempo libre para dedicárselo a su hijo… y eso, tarde o temprano, lo va a perjudicar”.

No todas asimilan las cargas con la misma predisposición. ”No me arrepiento de ser madre”, dice Ana Bertoli, antropóloga social, ”pero jamás imaginé que me iba a exigir tanto. Lo disfruto, pero también siento mucha presión”.

A Rosario Venegas, radióloga en una clínica de zona norte, madre de un hijo único, la separación de su marido la llevó a querer ocupar más responsabilidades de las que podía asimilar. ”Me separé cuando Martín tenía seis meses así que lo crié yo sola. Ponía en práctica cuanta receta para hacerlo dormir, nutrirlo, transmitirle afecto veía en las revistas para padres”, recuerda Venegas, quien renunció a su trabajo para criarlo a tiempo completo. ”Al final, era yo la que no dormía, no me nutría y me sentía carente de afecto. Martín empezó a portarse mal en el jardín y mi terapeuta me dijo que empezara a delegar responsabilidades y recuperar mi vida. ‘Tu hijo necesita que vos estés bien, no que cumplas con todas las cargas que considerás hacen a una madre perfecta’, me dijo. Y tenía razón. Desde entonces, no seré tan ecológica pero me siento más feliz y mi hijo está más tranquilo”.

Mujeres como Venegas representan el extremo de las madres modernas, que viven el sueño de ser madres perfectas. De ser atentas y cariñosas, ecológicas y responsables, como indican los manuales. Y que tarde o temprano descubren que lo que creían sueño, incluye cadenas y grilletes. Y más que sueño, es una pesadilla.

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