Hay un estilo de hombre, sin embargo, que reúne pequeñas porciones de las características anteriormente aludidas, y que lo transforman en una especie de camaleón de la seducción leyendo antes que ningún otro la misteriosa entrelínea que toda mujer oculta al momento de desplegar el arte de la persuasión. Y ese perfil de varón encantador, lo encarna el “atorrante”.

Hoy, la mujer avanzó mucho en la toma de decisiones, igualación que genera sensaciones especiales en el varón. Todo avanza rápido, pero en el fondo, los hombres piensan que ella siempre esperará que alguno de nuestros encantos haga blanco en su corazón.

Esta vez, dejamos de lado la opinión de Alejandro y fuimos por la de Nicolás, a buen entendedor, el más fiel exponente de esta clase de hombres que escasea pero que tanto gusta a las mujeres, según cree el experto.

El encuentro no fue en un bar sino en una parrilla en el barrio de Palermo. El tema ya estaba planteado.

-Pienso que no se puede cambiar el sentido de la atracción si ésta se haya dormida o ni siquiera nació. A la mujer no le lleva demasiado tiempo saber si algo va a pasar o no con el tipo que acaba de conocer. Si en ella no nace la atracción no hay vuelta, así de claro. Por más que expongamos nuestras mejores armas para seducirla. Ahora bien- aclara Nicolás, -una vez que tenemos su íntima aprobación es donde el “atorrante” saca una luz de ventaja del resto-.

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– ¿Por qué?, se le pregunta.

– Porque el tipo ‘atorrante’ posee la exacta combinación entre lo atroz y lo genial. Es adorable y atrevido. Y sobre todas las cosas, destaca a la mujer antes que su propio deseo de conquista. El sabe más que nadie –continúa- interpretar las bondades del sexo femenino para después exhibir su arte de seducción que lo hace adorable y diferente. El “atorrante” te cautiva, te llena de miedo, de incertidumbre, te asombra, te divierte, y como si fuera poco, puede ser un gran amante, lo que lo sitúa en esa clase de hombres inolvidables-.

Pensamos en algo que siempre despertó dudas y es: ¿qué lleva a un “atorrante” a diferenciarse de un sinvergüenza o un mentiroso?
Nicolás sonríe.

-La confusión es común más allá que entre sí no tienen nada que ver. Aclaro que, al momento de seducir a una mujer, todos mentimos y ocultamos verdades. El sinvergüenza es un estafador, el “atorrante”, no. Por el contrario, suele mostrar sus flaquezas desde la ironía atenuando así sus penurias más insoslayables. Como dije, todos mentimos un poco a la hora de agradarle a una mujer. Miente el sensible, el romántico, el seguro, el honesto, el gracioso, el elegante, el caballero, el serio y también el “atorrante”. Es necesario actuar como si la mujer que tenemos enfrente es un amor para toda la vida por más que también ella sepa que es mentira. El “atorrante” se entrega por entero aunque piense que el amor para toda la vida es una gran falsedad. Ni si quiera lo cree cuando delante del cura y de Dios, jura amor eterno, hasta que la muerte los separe, señala escéptico.

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Breve silencio.

-¿Sabes qué?, el amor es sentir el peligro constante –filosofa Nicolás-. Es vivir la inigualable sensación de que todo puede terminar de un momento a otro colmándonos de miedo. La omnipotencia de creer que podemos amar toda la vida nos instala en un sitial poco confiable. Es mejor ser honesto con la mujer de uno y declarar: “no sé si te amaré toda la vida” a jurarle un amor perpetuo. Pero qué sucede, el cinismo y la hipocresía del romántico, con sus palabras llenas de promesas y juramentos, hace que muchas mujeres caigan rendidas a sus pies. Es asombroso y a la vez insólito que uno afirme que seguirá amando dentro de diez años. El tipo “atorrante” sabe lo que a la mujer le gusta y lo que necesita; la presiente, la huele, la intuye. ¿Por qué?, porque tiene calle y porque vivió y obtuvo sabiduría de cada relación amorosa. El valoriza los pequeños amores porque justamente no es deseoso de que cada amor debe ser inmortal. Hay amores extraordinarios de tres días y amores extraordinarios de años, por eso es prudente gozar cada momento como si fuera el último y no esperar la llegada de un príncipe azul cada vez más desteñido.

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Se terminó la comida, íbamos por el postre cuando se hizo un repaso fugaz de toda la charla. Como ya es costumbre, pedimos una reflexión para el final, el mejor cierre para un almuerzo sabroso.

Nicolás miró y dejó escapar la sonrisa propia de un atorrante.

-Mi conclusión es sencilla. A la hora de la seducción hay una sola palabra que no debe existir: esfuerzo. El hombre que batalla con insistencia para levantar una mujer termina por ser patético. Así que por más que te hagas el simpático, extiendas sobre la mesa todas tus habilidades o enaltezcas tus dones, si para ella no sos el hombre, no lo intentes porque te hará sentir con ímpetu el rechazo. A la hora de querer ganar su corazón debemos dejar que sea ella quien nos abra el juego para poder desplegar nuestras mejores artes, de lo contrario conocerás el amargo gusto de no ser el elegido. Y si querés saberlo, el tipo “atorrante” es quien más y mejor funciona en ese juego de la seducción.

Salimos pensando cómo nos verán las mujeres. No depende de nuestra mirada, sino de la de ellas. En definitiva, lo mejor es no vestirse con un traje que no es para uno, sino usar la propia pilcha.

Telam

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