Retomo sin vacilaciones la necesidad de administrar normas y límites como guía básica en nuestro quehacer parental cotidiano y la idea de que la disciplina no es algo negativo, sino la mejor herramienta para que un niño adquiera un sistema de valores y normas de comportamiento que le hagan crecer seguro, con un rumbo fijo, con una adecuada autoestima y suficientes recursos para superar sus fallos y las “adversidades”.

La disciplina es tan importante en el proceso educativo de nuestros hijos tanto como los besos, caricias, afecto y satisfacción de sus necesidades físicas y emocionales. Incluso, la disciplina un poco estricta es mejor que ninguna.

Cambiando de tema, hoy hablaré de premios y castigos como métodos para resolver los problemas de comportamiento de los niños. Antes de nada,
quiero dejar claro varias cuestiones. La primera cuestión es que toda conducta tiene un propósito o fin (aprobación, elogio, expresar un estado físico o emocional….) y sobre todo, recibir ATENCIÓN (Un niño prefiere antes un castigo o reprimenda que la indiferencia o la falta de atención).

Conducta es aquello que puede ser observado objetivamente sin interpretaciones subjetivas, de forma concreta (“ser cabezota o cariñoso no es una conducta; es una forma de ser. Responder :”no me da la gana” o dar un abrazo es una conducta).

Toda conducta o comportamiento depende de las consecuencias que le siguen. Estas consecuencias pueden ser positivas o negativas.

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Las consecuencias positivas producen a largo plazo un aumento de dicha conducta; mayor probabilidad de que el niño la repita. Las consecuencias negativas tienden a disminuir o desaparecer a largo plazo dicha conducta.

Los padres podemos controlar las consecuencias de la conducta de nuestros hijos, y por ello, podemos enseñar formas de comportamiento positivas o negativas e influir en que se mantengan conductas “inapropiadas” o que éstas tiendan a desaparecer. Esto hace referencia a la frase del blog anterior “Quien sabe cómo y cuándo prestar atención a su hijo, sabe educar”.

Muchas veces, sin darnos cuenta, los padres prestamos atención y “premiamos” de algún modo las malas conductas y éstas se repiten para nuestro asombro. Veamos un ejemplo: Juan sale con mamá al super. Ve un puesto de helados y pide uno. Mamá dice que no, tiene prisa. Juan llora, se niega a andar. Mamá tira de él, le dice que no, le da un azote. Juan llora más fuerte y mamá acaba comprando el helado mientras le regaña enfadada. Tres días  después, Juan quiere chuches, mamá se las niega y se repite la misma escena, pero la pataleta es mayor y dura más tiempo. Juan ha aprendido a portarse mal porque ha obtenido una recompensa.

Entonces, ¿Son eficaces los premios.? ¿Cuándo y cómo emplearlos? Muchos educadores y padres piensan que dar premios a un niño por hacer lo que es su deber (hacer los deberes, lavarse los dientes, recoger juguetes o su plato de la cena…), es una forma de malcriarlo, caer en el chantaje… pero no es así. Los adultos también necesitamos premios en el trabajo (felicitaciones del jefe por un proyecto, elogiar la puntualidad…) por ejemplo y no la mera recompensa económica al final de mes. Creo que es justo enseñar a un niño (o adolescente) que su esfuerzo es reconocido y recompensado.

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Pero no es menos cierto que algunos niños chantajean a sus padres con la amenaza de no hacer ciertas cosas si no obtienen algo a cambio.
¿Cuál es el punto medio, el equilibrio entre el premio y el castigo?

El “truco” reside en ajustar el premio al esfuerzo, no dar al niño lo que necesita y lo que no (zapatillas de marca, parque de atracciones, películas o videojuegos…). El sentido común reside en la justa medida. Recompensar el esfuerzo (aunque sea un deber) y no únicamente, castigar cuando el niño no cumple con sus responsabilidades o reaccionar de forma continua con gritos o regañinas para conseguir una conducta. Es más, a veces convertimos los castigos y los gritos en la única fuente de relación con nuestros hijos, de manera que mantenemos con desesperación un mal comportamiento, nos frustramos como padres, lastimamos la autoestima de nuestros hijos y nos metemos en una espiral sin salida.

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El castigo sirve y debe utilizarse para:

• Conductas negativas y poco frecuentes (pegar, agresiones verbales, hacer novillos…).
• Por incumplir una buena conducta ya lograda o establecida que ya no requiere esfuerzo mantener.

 

Además, tened en cuenta que es necesario:
• Premiar conductas que requieren esfuerzo. ¡Atención! Premio adaptado al esfuerzo. Cuanto más pequeño es el niño, más inmediato debe ser el
premio.
• Al principio, los premios se deben conseguir con poco esfuerzo para que el niño gane confianza y después, conseguir el mismo premio por
hacer algo más difícil.
• Cada conducta a lograr debe tener un premio independiente.
• En la medida de lo posible, usa un refuerzo social (besos, aplausos, felicitaciones…) sobre el material. Nada es más gratificante para un niño que la autosatisfacción personal y percibirse competente y confiado en sí mismo.
• Suprime el premio material cuando una conducta ya esté lograda y quieras instaurar una nueva.

Recuerda que los límites educativos han de ser firmes, estables en el tiempo (lo que vale hoy, vale mañana) e independientes de contexto (cumplo esta norma en casa, en el cole y en el parque). Y cree siempre que SABES Y PUEDES EDUCAR BIEN Y QUE TUS HIJOS PUEDEN LOGRAR LO QUE TE PROPONGAS.

Mónica Escalona

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