A veces, solamente a veces, la persona amada se convierte en objeto de un odio profundo. Pero, a no preocuparse porque es perfectamente normal. Explican los entendidos en la materia que es así porque la misma región del cerebro activa ambos sentimientos. Y el amor, frente a una situación de enojo se convierte entonces en odio.

También esto es lo que explica que las parejas estén condenadas a tener discusiones espantosas de vez en cuando. Claro que el ”de vez en cuando” es la clave. Si lo que prima es la discusión, ya vamos camino probablemente a dejar de estar en pareja. Lo cierto es que no hay que asustarse por la intensidad dramática de las peleas o de los sentimientos propios y ajenos.

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Eso sí, hay algunas luces de alerta para distinguir los altibajos propios del amor de situaciones pantanosas. Por ejemplo, ojo cuando uno se escucha a sí mismo con la misma perorata una y otra vez a lo largo del tiempo. Según los investigadores en estas situaciones más vale escuchar que repetir. El monólogo y el monotema no suelen conducir a buenos lugares, dicen.

Los insultos son como los golpes bajos prohibidos en el boxeo. Lastiman y no resuelven el round. Si lo que queremos es una buena pelea productiva, insultar o decir cosas hirientes no es recomendable. De la misma manera antes que encarar la cosa al grito de, por ejemplo, ”¡sos un vago!”, mejores resultados se pueden obtener de algo como esto: ”me gustaría que de vez en cuando laves tus propias medias”.

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Otra cosa: una pelea de pareja no es una pulseada. Se supone que discutimos para resolver un conflicto, no para ganar. En realidad poco importa quién tiene razón y quién no, si no somos capaces de encontrar una solución o una salida al problema. A veces hasta es mejor ceder un poquito en algún argumento (”sí, yo sé que a veces me pongo pesada con el tema de la limpieza…”) y lograr negociar algo, antes que tratar de tener razón en todo y no acordar en nada.

Un gestito de cariño en el peor momento puede ser la mejor idea. Así dice un estudio de la Universidad de California. Aquellas parejas que pueden, en el medio de la más espeluznante discusión, aflojar un momento y hacer un chiste o una mínima caricia al otro, son las que mejores perspectivas tienen por delante. Es que esos pequeños guiños en momentos difíciles hablan de un compromiso que va más allá de la circunstancia peleaguda. Es como decirle al otro ”yo sé que nos vamos a arreglar en cualquier momento” y además disminuye el impacto agrio de la pelea.

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De una cosa no hay que olvidarse: es tu novio, tu mujer, tu marido, no tu enemigo. Ni siquiera en el momento en que lo queres matar.

fuente: ciudad.com.ar

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