Recordé los veranos que inundábamos el piso lustroso del patio para convertirlo en una pileta ¿te acordás? Tomábamos carrera y nos deslizábamos por ese charco improvisado salpicando risas hacia todos los rincones, empapados hasta los huesos, chorreando alegría.

Qué simple era hacer expediciones a través de viñedos y durazneros para volver con una preciosa carga de fruta para la merienda siestera en medio de la finca. Eso si, todo pasaba antes por el agua fresquita del canal y mientras las uvas recibían su baño, todos terminábamos con el agua al cuello en las hijuelas bordeadas de álamos.

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En las tardes en que no había turno de riego, los canales se convertían en senderos de aventuras y podíamos andar kilómetros por ellos, atravesar las “fronteras” de los vecinos en fila india… jugando a las escondidas sin que nadie se diera cuenta.

Tengo tan presente la sombra húmeda de esos árboles que se erguían sobre nosotros, a cada lado, formando largas galerías verdes. El aroma fresco del hinojo cuyas ramitas masticábamos al pasar. Los juegos en los surcos, llenándonos de arena hasta parecer milanesas con patas… pero si de un salto estábamos en el agua, de nuevo relucientes como joyas al sol.

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Esa infancia que construimos en grupos entre mis primos y mis amigos… una parte en la finca en medio de la naturaleza y la otra en el querido barrio, poblado de críos, en el que cada atardecer reinventábamos algún juego. Esos veranos en el hall de la casa de mis padres, viendo cómo la lluvia lo cambiaba todo, sintiéndola salpicarme desde los bordes del tejado sin temor a que me mojara… esperándola.

Todo eso dejó su marca en mí. Como los períodos de sequía dejan un anillo diferente en los troncos de los árboles o los vientos impiadosos doblan para siempre a los árboles hacia donde ellos lo ordenan.

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Del mismo modo mi alma lleva la marca de esos soles de mi niñez; las carcajadas de mis amigos; la sencillez de jugar con barro o con muñecas de trapo; la delicia de servir el té en tacitas que parecían dedales…

La lluvia me trajo un recuerdo, que se encadenó con otro y ya no me liberan. Hay tanto para recordar… y tanto por lo que agradecer.

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