No fue un experimento al estilo de “Cómo perder un hombre en diez días”, pero bien podría haberlo sido. Desde que me enteré que existe una aplicación para conocer gente que es tendencia en las principales capitales del mundo –y desde que soy soltera, claro está, aunque no es condición sine qua non para todos los que se registran en ella–, tuve que sumarme y experimentar por mí misma el “efecto Tinder”. Más subida a lo que es trendy que a la posibilidad de conocer a alguien real a través de una aplicación de celular, descargué el ícono en mi teléfono y automáticamente el programa se sincronizó con mi cuenta de Facebook. Terror, a pesar de que el programita juró desde la pantalla que aceptar esa condición no le haría saber a todos mis contactos que yo ahora estaba buscando candidatos por Internet. Ahí emergió el primer prejuicio: ¿qué tipo de persona intenta conocer a otra on-line? Hace unos años, ese tipo de vínculos sólo podían asociarse a un reducido y particular universo geek. Como si sólo los fanáticos de la tecnología fueran los únicos habilitados para conocerse de esa forma. El resto quedaba automáticamente ridiculizado. El mundo on-line era lo último que podía pensarse como recurso para encontrar pareja (o al menos, era algo incontable). De hecho, dentro de la misma bolsa siempre coexistió la macabra idea de que conocerse con alguien de esta forma podía ser el encuentro con un potencial delincuente o hasta con un asesino serial que, amparado en el anonimato de la Web, se dedica a buscar víctimas entre los necesitados de un poco de compañía entre líneas de chat.

Pero, afortunadamente o no, de a poco todo eso empezó a cambiar. Lo empecé a notar, no solamente en las noticias y como debate en los medios, sino en mis propios círculos cercanos: la última amiga que se casó, conoció a su flamante marido por Facebook. Otra tuvo un romance que terminó en un largo idilio con alguien que conoció por Twitter. Una ex compañera de facultad concretó sus últimas citas por Match.com, y la amiga de una amiga tenía un perfil muy popular en Badoo. Aún así, todavía había cierta resistencia por develar las fuentes. Hasta que apareció Tinder.

Un mundo de “tindermatches”

La noticia me llegó desde una de las capitales mundiales de la tendencia, Londres: una amiga que vive allá estaba saliendo desde hacía tres meses con un chico que había conocido en una nueva plataforma, que funciona a través de geolocalización. Un candidato, a un click de la pantalla táctil del celular. Me estaba hablando de Tinder. Lanzada en Estados Unidos en 2012, la aplicación es gratuita, se sincroniza con cierta información de Facebook –sólo cruza datos de intereses y posibles contactos en común– y zona geográfica. Basta setear sexo, rango de edad en el que se está interesado y cantidad de kilómetros a la redonda entre los que se quiere conseguir un posible candidato, y Tinder hace la búsqueda. La elección es simple, rápida, como un catálogo virtual de citas instantáneas: una cruz si la foto no gustó y se pasa al siguiente perfil, o un corazón en caso que haya interés. Si ambos dieron el OK, se produce un match o coincidencia, y la aplicación habilita un chat. No hay secretos ni vueltas, y sus creadores dicen que genera cinco millones de matches por día. “La clave del éxito es que es una app del celular, eso legitima el levante on-line, por la importancia que tiene el teléfono para cada persona, que se ha convertido en lo más privado del mundo. Si fuera un sitio web, no hubiera causado el mismo efecto”, me explica Augusto Finocchiaro Preci –periodista especializado en tecnología, de CulturaGeekRadio.com–, como desentrañando el secreto. “Además, hay una clave: Tinder no es apto para tramposos. Al vincularse con tu Facebook, tu perfil tiene que ser verdadero, y siempre te termina tirando a alguien conocido entre las recomendaciones. Tenés que estar decidido a exponerte”.

No es que quisiera hacerme la Carrie Bradshaw 3.0, pero si hasta Lindsay Lohan busca novio en Tinder, ¿por qué no probar? Me registré superando temores –encontrar algún ex, conocidos, o, lo que es peor, que conocidos me encontraran a mí… otra vez el prejuicio–, y lo que empezó con cierta timidez terminó siendo una experimentación virtual que me superó: a los pocos días tenía decenas de matches, chats abiertos con conversaciones inconclusas que me aburrían antes de terminar de enumerar el combo trillado: “cuántos años tenés, de dónde sos, qué hacés, dónde vivís”. Hasta que entre todos los matches, encontré “el” match. Chat va, chat viene, de la pantalla de Tinder pasamos a lo que denominé “nivel 2”: Whatsapp. De ahí al tres, Facebook y a seguirnos mutuamente en otras redes, intercalados por horas interminables de chat y una ansiedad e intriga crecientes. Cuando las plataformas virtuales se agotaron, hubo que trascenderlas y animarse a la realidad: el único problema en esa instancia fue que confirmé que la pantalla genera cierta impunidad a la hora de hablar, y eso puede ser peligroso. Uno entra en un tren de confesiones irreversibles y se entrega a un pseudo-enamoramiento que más tiene que ver con la idealización que con lo que el otro es en el plano real.

Tinder al diván

“En definitiva estas nuevas modalidades de contacto tienen que ser tomadas como un puente, un facilitador, una herramienta, pero no es por eso donde uno se salva. Si no se toma con ese nivel de conciencia, caemos muy fácilmente en la fantasía infantil de la idealización del otro a nivel virtual, y después la frustración es enorme”, me explica la Dra. Andrea Kovacs Kadar, psicoterapeuta transpersonal y sistémica. “En definitiva, la relación la define esa química que es tan misteriosa como el amor mismo”. Sus palabras tranquilizan dentro de las aguas turbulentas de la virtualidad: “Habrá nuevos lenguajes, nuevas formas de comunicarse, pero lo que ‘engancha’ es algo inherente al ser humano, lo esencial no varía”.

Después de varios días de intriga y ansiedad intensa, llegó la noche de la cita y el encuentro. De algún modo, después de tantas “charlas”, uno ya sabe con quién va a encontrarse (¿realmente sabe?).
Sin embargo me sigo preguntando si lo de antes –el cara a cara, la presencia física antes que la pantalla– no fue mejor. “La sociedad de hoy es ésta: es rápida, veloz, dinámica, virtual, líquida. Es un momento histórico por el avance de la tecnología”, responde a la duda Mariana Pais, Lic. en Sociología (UBA). “En todas las épocas, cuando hubo transformaciones radicales surgió una especie de romanticismo, entendido como un anhelo del pasado. Pero no quiere decir que sea mejor ni peor, es distinto”. Y agrega: “Es una nueva forma de vincularse que invierte la anterior, ahora te conocés primero, después te encontrás. El punto es que el contacto físico es irremplazable: la virtualidad no suplanta a la realidad, es sólo una puerta de entrada”. Y pienso que tiene un cartel colgado con una llamita naranja que dice “Tinder”.

¿Alcoyana-Alcoyana?

Después de varios días de intriga y ansiedad intensa, llegó la noche de la cita y el encuentro. De algún modo, después de tantas “charlas”, uno ya sabe con quién va a encontrarse (¿realmente sabe?). Aún así, había probabilidades de que el encuentro fuera un fracaso y las expectativas se desmoronaran antes de pedir el primer trago. De algún modo inexplicable, cuando nos vimos en vivo y en directo, hubo también match en la vida real. El problema no estuvo en la cita –que podría definir como “exitosa”–, sino en el post: pasar de la virtualidad a la realidad es una tarea difícil con la que los solteros modernos deberemos aprender a convivir. Aún –o quizá más– cuando la química se confirma en el plano terrenal. ¿Cómo estar preparado para eso? Bajar la ansiedad posterior podría traducirse en espaciar los chats que antes eran a cada hora a un intervalo de días, simular cierto desinterés, evadir el tema de la siguiente cita para algún chat futuro y pender en el delgado límite entre el fin del idilio o el comienzo de algo que podría ser real. Como sea, no estoy segura si vivir en la era de la soltería 3.0 es una suerte o todo lo contrario, aunque me inclino por derribar el prejuicio y aceptar que cada vez más parejas se conocerán por aplicaciones y redes sociales, y que, como dice Justin Mateen, cofundador de Tinder, “quizá en el futuro seguirán conociéndose en bares y cafés… como consecuencia de primero haberse conocido a través de una app”. De a poco se va derribando el tabú. Porque cuando de amor se trata, ¿hay fórmulas posibles? A veces no es la misma ciudad la que puede cruzar a dos personas, ni los mismos lugares, ni la gente en común.

A veces pueden ser el éter y sus mensajes los que conecten –o lapiden– un encuentro, como único registro posible. Sólo sé que en la era de la virtualidad de las relaciones, la idea del encuentro genera, entre otros sentimientos, un miedo exagerado a encontrarse con la potencialidad del amor cuando ninguna de las dos partes lo estaba buscando. ¿O en verdad sí, cuando uno se da de alta en una app que nos hace sentir un tanto ridículos? Todos estamos buscando un poco el amor, todo el tiempo.

CielosArgentinos

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