Detrás de la tragedia del divorcio compulsivo y la macabra desilusión de la burbuja hollywoodeana, se esconde un problema digno de un juego para niños de dos años: el juego de figuras de madera geométricas que deben encastrarse. En el contorno de un círculo debe ponerse el círculo y en el del triángulo, pues, un triángulo. Se hace necesaria la explicación, e incluso tal vez una más detallada, porque evidentemente se trata de un juego que no terminamos de entender.

Cuando nos enamoramos somos como niños de dos años que hacemos un gran esfuerzo por poner el triángulo en el lugar del círculo. Golpeamos la figura de madera, compramos serruchos para adulterar el espacio adonde debería ir otra figura, pensamos que nos han vendido mal el juego. Y no, el triángulo nunca entrará en el lugar del círculo de igual forma que el amor entre los seres no gozará nunca de correspondencia si tenemos piezas dispares.Soportar este desastre es considerado por muchos, un síntoma de madurez y evolución. En pos del estatus que otorgan el realismo y la máxima cordura no sólo se juntan: también se casan.

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La gente todavía se casa. Como hijas del nacimiento del divorcio en los ochentas, hemos visto a la gente partir heroicamente a lugares remotos del Paraguay para terminar con alguien. La gente se divorciaba en otros países pero lo hacía para volver a casarse. No se aspiraba a quebrar el vínculo legal y repartir bienes lo antes posible, lo principal era que el divorcio los dejara listos para abrazar un nuevo casamiento. Después, con la legalización, la gente se divorciaba simplemente para ver cómo era, apresurados por experimentar la restitutio ad integrum, volver al estado anterior.

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Actualmente en algunas discotecas podemos asistir a la celebración simultánea de despedidas de solteros y bienvenidas de divorciados.Conviven, en un mismo antro de diversión, la industria de las wedding planners con los divorce givers.

Aún así, nos encantaría casarnos. Nos casaríamos para recibir muchos regalos, para alquilar un salón de fiestas, para que vengan nuestros amigos y parientes, para cambiar nuestros apellidos y que nos digan señora -pero no por viejas-, para ir a comer con las demás parejas de la república de los casados, para tener un anillo hermoso, sacar un crédito, tener a alguien que nos cambie la sonda o el catéter con una sonrisa.

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Culturalmente estamos empecinados en seguir casándonos y junto a Lacan pensamos que “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”, nosotras no vamos a renunciar: vamos a salir por ahí a buscar marido, desesperadas con el rimel corrido, un traje de novia tipo Carrie, un serrucho en una mano y un brillante triángulo en la otra, que sabemos que tarde o temprano encontrará su encastre.

 

MSNAr

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