El amor y la hiper(des)conectividad

Amanda me contaba que muchos problemas con su ex se manifestaban a través de su relación con la tecnología: ”Antes de dormir nos acomodábamos de cucharita. Con una mano él me hacía cariños y con la otra, sostenía el teléfono acariciando con el pulgar la pantalla de su iPhone para revisar su twitter o su facebook”. Confieso que me pasaba algo parecido. En reuniones o en la mesa del restaurante, mi ex no podía evitar mirar su teléfono. Incluso desarrolló la habilidad para ”ponerme atención” mientras respondía mensajes o mandaba un tweet. Varias veces tuve que suplicarle que por la noche lo pusiera en silencio o que lo dejara fuera de la habitación, porque todo el tiempo recibía notificaciones.

Es comprensible que el smartphone se haya vuelto una herramienta de trabajo indispensable para muchos, pero tener el teléfono pegado a la mano como una prótesis no es un buen síntoma. Con la sobredosis de estímulos se han borrado los límites de horario, y con ellos, la diferencia entre la vida pública y la vida privada. La necesidad de afirmación social se ha transformado en ansiedad, porque el prestigio o el cariño se manifiestan virtualmente y se vivencian de manera desfasada. Y está bien si ellos deciden que lo que ocurre en las redes sociales es más importante, pero esa desconexión de la realidad tiene un costo muy alto para una relación de pareja. Nunca me ha gustado competir con la tele o la música para ganar la atención de la persona que tengo enfrente. Y no veo por qué tendría que empezar a hacerlo con una prótesis.

La interferencia en las relaciones también se extiende a otros ámbitos. Recuerdo que cuando estábamos en casa de mi ex yo tenía la sensación de que había un ruido invisible que no nos dejaba estar tranquilos. Cuando miraba alrededor: televisión, aparato de sonido, computadora, ipad, modem, teléfono inalámbrico, la caja de la tv por cable… todo eso en una sola habitación, conectado las 24 horas del día. Me di cuenta del impacto que eso generaba en nuestro ánimo cuando estábamos en mi casa. Hace años que no tengo televisión, con las funciones de mi notebook cubro mi necesidad de entretenimiento; de ahí que él viera en mi casa un refugio de tranquilidad, silencioso, un lugar para no preocuparse.

Eso no quiere decir que Amanda y yo estemos completamente fuera del radar. Al igual que ella, antes de desayunar reviso si no tengo correos importantes o actualizaciones en las redes sociales. Incluso me genera cierta ansiedad el hecho de que algún amigo no me conteste los mensajes, aun cuando no sean urgentes. Reconozco que es un mal hábito, pero soy consciente de ello y lo monitoreo para que no tome dimensiones enfermizas. Si bien internet es una herramienta de trabajo y de entretenimiento muy conveniente, también ha creado expectativas sociales y laborales, como que el jefe o los compañeros de trabajo esperen que uno responda los correos a las 9:00 de la noche o en fin de semana.

Pasar demasiado tiempo en la computadora o en el smart phone nos aísla; aunque estemos presentes físicamente, no nos involucramos mental o emocionalmente. Cuando estamos pegados a un gadget, los demás son siluetas y sus voces, murmullos. El regalo más grande que podemos hacer a quien queremos es nuestra presencia, nuestra entrega a las experiencias comunes, pero cuando al otro le importa más lo que ve en la pantalla, cuando prefiere comunicarse con esa otra realidad, las relaciones se debilitan.
Recuperar los límites

Somos la primera generación que experimenta relaciones virtuales intensivas; recién estamos aprendiendo a vivir con ello y a redefinir las fronteras. Aquí les comparto mis sugerencias y mis aprendizajes, no son fórmulas infalibles pero creo que sirven para empezar:

1. Ponte de acuerdo con tu familia o con tu pareja, establezcan sus propias reglas de cuándo y cuánto es adecuado volcarse en la tencología. La prioridad es respetar los rituales y las rutinas que dan sentido a cada relación.

2. Si el trabajo requiere estar conectado a internet, hay que establecer horarios para revisar y responder correos, actualizaciones de status y notificaciones. Saber que hay un horario reservado para ello (por ejemplo, cuando los niños ya se fueron a dormir), permite cumplir las tareas y reduce la ansiedad que interfiere con los momentos de convivencia.

3. Es importante respetar las reglas, pero también es necesario ser flexible. Es probable que alguien, excepcionalmente, tenga que responder una llamada breve durante la cena o en una reunión de familia. Si uno previene a los demás, entonces ellos entenderán y sabrán qué esperar de nosotros. Pero no hay que exagerar, las excepciones no hacen rutina.

4. Es común escuchar este reproche: ”cuando estás con amigas te olvidas del celular, lo dejas en lo más profundo de la bolsa y uno no puede comunicarse contigo”. Salvo que haya alguna emergencia, creo que es un buen gesto dejar el smartphone o la computadora fuera del campo de visión. Porque si lo tenemos a la mano, la tentación de revisar los correos o responder notificaciones es muy grande. Desconectarnos de manera consciente no sólo revela qué tan adictos somos a la tecnología, también nos ayuda a reestablecer los límites entre lo personal, lo profesional, lo social, lo real y lo virtual.

5. Sentir la necesidad de ser productivo todo el tiempo es señal de que algo no está funcionando bien. ¿De dónde viene esa presión? ¿Qué detona la ansiedad por ser eficiente o popular? Estar disponible las 24 horas del día para los seguidores, el cliente o el jefe puede generar prestigio o dinero, pero también deriva en mala calidad de vida y relaciones precarias. A veces el trabajo es una manera de llenar vacíos emocionales o aliviar las frustraciones sociales. Reconocer la fuente del problema es una manera de comenzar a solucionarlo.

6. A manera de ejercicio, prueba salirte de las redes sociales una semana. Avísale a tus contactos y pídeles que te llamen por teléfono o que te escriban un mail. La experiencia es reveladora, cuando lo he hecho me da una especie de síndrome de abstinencia los primeros días. Pero al final del experimento uno tiene más claros los límites y comienza a percatarse de que la productividad es una actitud, un estado mental y físico, y no tiene tanto que ver con la cantidad de tiempo que se pase en internet.

¿Crees que la hiperconectividad ha cambiado tus relaciones?

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