Aquel comentario que surge espontáneamente cuando una pareja va por el cuarto hijo ”parece que no tienen televisión” es un clásico del mal gusto, sí. ¿Pero tiene algo de cierto? No porque la TV vaya a tener poderes anticonceptivos, pero ¿es capaz de matar la pasión con sus rayos catódicos?

A veces tengo la sospecha de que las comodidades de la vida moderna nos están aniquilando la pasión (ahá, soy una retrógrada digital). ¿O solamente es una excusa?

Por ejemplo, Malena me contaba que cuando lograron, con su recientemente marido, juntar la plata para poner un LCD divino enfrente de la camucha estaba muerta de amor con el aparato: era toda una novedad poder acostarse con el susodicho comodísimamente a mirar una peli. Pero con el correr de los días Malena empezó a mirar la pantalla con desconfianza. Notó que empezaban a quedarse dormidos delante del aparato sin atinar a acercamientos de ningún tipo. Ni hablar de que su mariduchi empezó a usar la tele y la cama para jugar a los jueguitos y todo eso.

Malena todavía no está segura de si el flamante televisor es el culpable de la falta de sexo o si es solamente una buena excusa que encontraron ambos para hacerse los desentendidos en la cama y entonces la causa está en algún otro lugar desconocido…

Como sea, nuestra heroína ya empezó a extrañar esa franja nocturna en la que sin aparatos mediante, se iba a acostar con su pareja y, mientras el sueño se hacía esperar, había un ratito para el vale todo (cualquier cosa podía pasar, desde una pelea trasnochada hasta… sí, también sexo)

Por supuesto, mi recomendación de rigor fue plantear el tema en casa y averiguar si hay que darle salida a la tele o si hay otras cosas que conversar. Cualquiera hubiera dicho lo mismo. Pero la pregunta no deja de resultarme válida y aterradora: ¿es que la caja boba nos aleja de los genitales propios y ajenos? ¿cómo es que nos alegramos entonces cuando compramos uno si es el decreto de nuestra muerte sexual?

 

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