Según investigaciones previas, cenar tarde a la noche está entre los principales hábitos que desembocan en un aumento de peso. Bajo esta premisa, un equipo de científicos elaboraron una prueba en la que se redujo la alimentación diaria hasta un margen de seis horas, anticipando incluso el momento de la cena a antes de las 14, lo que implicaría prácticamente suprimirla.
El Centro de Investigación Biomédica Pennington de la Universidad Estatal de Luisiana realizó un experimento para determinar si la alimentación durante franjas del día muy restringidas conlleva a una capacidad mucho mayor para perder grasa, además de desarrollar un riesgo menor para contraer enfermedades crónicas.
Del ensayo participaron 11 hombres y mujeres con sobrepeso, de entre 20 y 45 años, a quienes se los sometió a una prueba de dos etapas. En la primera, comieron únicamente entre las 8 y las 14, mientras que en la segunda llevaron adelante su ritmo normal, como un día cualquiera. En ambas, claro, la cantidad de calorías consumidas era equivalente.
Los resultados reflejaron que durante el período restringido los ataques de hambre se redujeron y la cantidad de grasa quemada aumentó considerablemente, mejorando además la flexibilidad metabólica, es decir, la capacidad de nuestro organismo para alternar con eficacia entre los diferentes sustratos energéticos, como hidratos de carbono y grasas.
¿Cuáles son las contras?
Por sus limitaciones, sin embargo, el estudio recibió varias críticas. Consultada por Infobae, la doctora Mónica Katz dejó en claro que las deudas de hambre se pagan con comida: ”Por más que exista cierta evidencia acerca de la influencia de la cronobiología sobre el metabolismo o el comportamiento alimentario, no es suficiente para realizar recomendaciones. Limitar la ingesta y generar restricciones, ya sea horaria o calórico hedónica, genera desinhibición conductual”.
”En conclusión, es otra dieta de moda que comienza con un dato que posee cierta evidencia científica y luego incorpora lo mágico. Un plan alimentario puede incluir determinadas calorías, proteínas, hidratos y grasas y puede consumirse a determinada hora, pero si no genera adherencia a mediano y largo plazo, no es eficaz”, finalizó la especialista.
Otros cuestionamientos que recaen sobre el experimento es que solo se probó en personas relativamente jóvenes que gozaban además de una buena salud. La distancia de 18 horas entre la cena y el desayuno del día después es una duración de por sí ya excesiva, más todavía para quienes practican una intensa actividad física durante la jornada. Es un sistema que, advierten, incluso puede afectar la vida social de una persona.
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