Cada uno tiene su propia película

por Emilio Vera Da Souza (everadasouza@gmail.com)

Cada uno tiene una película preferida. Y yo también. Algunos lloran con todas. Otros con las románticas, cuando el chico recupera a la chica. Unos se tapan los ojos cuando aparece la imagen sangrante o se retiran cuando da miedo de verdad.

Cuando yo comenzaba mi escolaridad mis padres se vieron obligados a suspender mi educación. Mi escuela quedaba a tres cuadras del trabajo de mi padre. Su oficina estaba en el segundo piso del edificio del Cine Cóndor. Él era el capo de ese cine y de otro que estaba unos metros más allá y que ahora el progreso ha transformado en una espantosa playa de estacionamiento: el Gran Cine Lavalle.

En la misma cuadra en la vereda de enfrente estaba el Bowling Las Vegas donde comíamos con mi madre, la Beba, los más ricos panchitos con pan tostado. En la esquina con San Juan estaba Capri, mi pizzería de cabecera.

El encargado de la sala del cine, se llamaba Argentino y también tenía la tarea de ir a buscarme a la salida de la escuela Bombal, frente a la plaza Sarmiento. Don Argentino me dejaba almorzando en Capri y de allí me cruzaba al cine, en donde pasaba toda la tarde jugando entre las líneas de butacas, los pasillos que llevaban a los palcos, o en la cabina de proyección. Todas las tardes. Y veía todas las películas hasta aprenderme los diálogos de memoria, que aún recuerdo. Memorables siestas dormidas a puro cansancio en banqueta de la sala de espera del primer piso.

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Películas de esos días que son mi infancia feliz: algunas de Cantinflas, de Sandro, de Favio, Lino Ventura con “La aventura es la aventura”, Dyango, western spaguetti, Terence Hill y Bud Spencer, Trinity. Recuerdo perfectamente una en especial: “Un niño llamado Baxter”, no sé si por el nombre o por qué, ya que nunca la pude volver a ver. Otra más: “Salvaje mondo cane”.

Todos recordamos alguna. Todos preferimos, algo en especial, géneros y estilos. De acción, de suspenso, de terror. Hay cine de autor para un público específico y seguidor. Hay documentales y de divulgación científica. Largometrajes, cortometrajes. Con animación de dibujos o digitalizadas.

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Hay algunas películas de notoria e indiscutible calidad y otras redondamente olvidables.
Cuando éramos chicos, en los barrios siempre había un cine cuyos edificios en estos tiempos se han transformado en templos evangélicos, en supermercados, agencias de venta de autos usados, mercados persas, o simplemente en abandono. Los cines de barrio perdieron frente al auge de la televisión.

Luego vinieron las videocaseteras y cada uno armaba su colección privada. Estanterías enteras que aún siguen sin destino ya que muchos no se animan a desprenderse de semejante antigüedad. Era el auge de los videoclubes que se reproducían en cada esquina y donde los viernes a la noche había que hacer cola para llevarse la película que estábamos esperando antes que se la llevaran los vecinos de la otra cuadra. Pizza, cerveza, papas fritas y amigos era una noche inolvidable.

Llegó la televisión por cable y con eso, los canales específicos: de cine, de cine nacional, de series, de historia y documentales, de estrenos mundiales y de artes. Y fue la muerte de los videoclubes de barrios que duraron un poco más que los negocios de las pañaleras o las canchas de paddle. Inversiones fósforo para hacer emprendimientos familiares en algunos casos con la utilización de alguna indemnización o retiro voluntario.

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Con la TV cable y digital llegó otro aparato que aun sobrevive: los reproductores de DVD.

Otra vez a armar colecciones de las que más nos gustaban: Carlitos Chaplin, cine italiano, los tanques de Hollywood, Fellini, Woody Allen, Tarantino, Almodóvar, Godard, el mendocino Leonardo Favio, algunas de tiros, de guerra, las tres de El Padrino. La Guerra de las Galaxias, la inigualable Cinema Paradiso. Todo eso había o hay todavía en cada estante cerca de la computadora o en el escritorio de las casas argentinas.

Ahora todos ven por internet lo que quieran pero nadie puede olvidarse de lo que les pasó con el cine cuando lo descubrieron por primera ver cuando niños. Nuestra propia historia podría ser una película del género que elijamos, en blanco y negro o en pantalla gigante y a todo color. Y para eso hay que tener quien nos haga la película. Nadie nos puede quitar ese derecho.

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