Revolucionó la forma de hacer radio, es padre de innumerables éxitos y ahora está sumergido en un proyecto faraónico de radio propia, y aun así, al llegar a casa, lo primero que hace Mario Pergolini es prender su consola Xbox 360 y ponerse a jugar como si en lugar de 49 años tuviera 12. Roberto Pettinato no se queda atrás: es capaz de matar a cualquiera que le toque las revistas Rolling Stone que trajo desde EE.UU. en su juventud y que conserva envueltas en papel celofán, al igual que una decena de muñecos articulados que aún atesora en sus cajas originales. Si de muñecos hablamos, Guillermo Andino, cinco Martín Fierros en su haber y más de 20 años de trayectoria, tiene una colección tan grande que, para guardarlos, tuvo que refaccionar una habitación de su casa. Adultos que se rehúsan a crecer. Para ellos, la psicología popular tiene un nombre: el Síndrome de Peter Pan.

“Los hombres Peter Pan se caracterizan por ser inmaduros, rebeldes, narcisistas, también suelen negar el paso del tiempo y rehúyen de los compromisos a largo plazo”, explica el psiquiatra y psicoanalista Ricardo Rubinstein, autor de “El Nunca Jamás en el siglo XXI”, donde retrata a una generación detenida en el tiempo, entre ellos el personaje más emblemático de todos: Michael Jackson, tan fanático de las películas de Disney que imitó su parque de diversiones en su propia casa. ¿Locos? Ni que hablar.

Pero aún los Peter Pan quedaron atrás en el tiempo –y eso que a toda esta gente les corre más lento que al resto de los mortales–. Ahora la nueva tendencia se llama “adultos emergentes”. Jóvenes de 18 a 25 años, y a veces más, que aún no despegan de la casa de sus padres. Deberían ser adultos con responsabilidades, pero aún viven su vida de adolescentes mantenidos.

Cuatro décadas atrás, el gran salto a la vida adulta se daba cerca de los 24 años. Hoy, el 55% de los jóvenes de 23 asume que no se siente maduro.
“Es un período del ciclo vital distinto a la adolescencia que le precede y a la adultez joven que le sigue”, define el licenciado en Ciencias de la Educación Santiago Resett. “Los adultos emergentes se dedican a explorar en el amor, el trabajo y la visión del mundo. En contraste con la adolescencia, estas búsquedas suelen ser más profundas y focalizadas”.

El primero en estudiar el fenómeno es el investigador norteamericano Jeffrey Arnett, quien fundó en 2003 la Sociedad para el Estudio de la Adultez Emergente. En Argentina la integran la psicóloga Alicia Facio, su colaborador Santiago Resett y su equipo de investigación, quienes estudian a los adolescentes que ya no lo son, y adultos que aún no pueden serlo, desde hace una década.

Cuatro décadas atrás, el gran salto a la vida adulta se daba cerca de los 24 años. Hoy, el 55% de los jóvenes de 23 asume que no se siente maduro. Los estudios de Facio y Resett confirman esta tendencia y muestran que es similar a como se desarrolla en Estados Unidos. Los ritos que definen la entrada a la adultez son los mismos de antes: irse del hogar paterno, armar una familia y sustentarla. Aunque por lo visto ahora es necesario tomar más envión.

Si se pregunta a Rocío García, de 25 años, estudiante de Diseño de Indumentaria, por qué aún vive con sus padres en Berisso, ella enumera: “Quiero ser una buena diseñadora. No quiero trabajar muchas horas por día. Tampoco quiero dejar la vida social que tengo acá”. Estudió dos años de Profesorado de Historia, pero lo abandonó para seguir Diseño de Indumentaria en la UBA, después de sincerarse consigo misma, pero sobre todo con su papá. Probar con varias carreras y desandar caminos es otra de las características de los adultos emergentes.

A diferencia de Rocío, Emanuel G. siempre quiso hacer música. Con sus 27 años, forma parte del 44% de los argentinos de esa edad que aún viven con sus padres. Hoy intenta recibirse de profesor de piano. “Si yo viviera solo tendría que ocuparme de otras cosas. Acá tengo la comodidad de que mi mamá me lave la ropa y haga la comida. Además, tendría que mudarme con cinco amigos más, a un rancho”, ilustra Emanuel, en alusión a lo difícil que es pagar un alquiler con su sueldo de empleado de comercio part-time.

La flexibilización del empleo es uno de los factores clave para que existan los adultos emergentes. Así lo explica la doctora en Ciencias de la Educación Mariela Macri: “Las restricciones para la inserción en un mercado laboral cada vez más precario e inestable influyen en esta demora para abandonar la casa de los padres”. Incluso la seguridad que antes daba trabajar para el Estado desapareció. Antonela Piergiacomi tiene 26 años y le gustaría irse de su casa, pero trabaja para el Ministerio de Desarrollo Social, bajo contrato anual: “No sé si me lo renuevan o no, con esa incertidumbre es difícil poder irme”, se lamenta. Pero, para serles sincera, no se la ve incómoda. A cambio de mínimos requisitos consigue el confort del hogar y el apoyo pleno de sus padres: “Me piden que mantenga mi habitación ordenada y limpia, también que trabaje y me forme profesionalmente. Mi cuarto nunca está muy ordenado, pero sí limpio. Además, terminé una carrera y continúo formándome, no por exigencia de mis padres, sino porque me gusta”.

Los cambios en los vínculos familiares también facilitaron la aparición de los adultos emergentes. Los papás de hoy son menos autoritarios que los de hace cuarenta años. Suelen exigir menos y apoyan a los hijos en sus decisiones. “La familia nuclear de antes, con el hombre como el único que provee, hoy convive con otras estructuras familiares en las que la autoridad del padre no es tan marcada”, compara la socióloga e investigadora del CONICET Analía Otero.

Nelly Gonzales de Herrera puede dar fe de eso; a los 52 años recuerda cómo era su adolescencia: “En la casa de tus padres, en los ‘70, ellos decidían todo por vos: lo que te ibas a poner, lo que ibas a estudiar y de qué ibas a trabajar. Eso te llevaba a irte para liberarte de tus papás”. Por eso cuando se casó, a los 17 años, pactó con su marido que la prioridad de ambos fuera la felicidad de sus hijos. Tuvieron dos: Darío, de 33, y Valeria, que es docente y está por recibirse de comunicadora social. Con sus 30 años, Valeria aún no piensa en irse de casa. “Soy un ente autónomo dentro de mi casa. Tengo una vida libre”, afirma cuando se le consulta cómo vive. Tiene el apoyo moral y económico para estudiar, también cuenta con su propio auto y nadie la cuestiona ni le exige, aunque también admite que se porta muy bien. Ser adulto puede esperar.

Para la sociología, los padres negociadores son la respuesta al desafío que significa para ellos vivir con hijos que pisan los 30. “Como no se pueden ir, pero tampoco son adolescentes, acuerdan entre ellos pautas más flexibles. Puede ser ayuda económica, libertad con los horarios y hasta el permiso tácito para que mantengan relaciones sexuales bajo el mismo techo”, explica Ana Otero.

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