Tres filmes argentinos entraron en la competencia del Bafici

“Orione”, de Toia Bonino, y “Los territorios”, de Iván Granovsky, entraron hoy en la Competencia Argentina del 19no. Bafici con propuestas autorales atractivas y muy diversas.

“Orione”, de Toia Bonino, y “Los territorios”, de Iván Granovsky, entraron hoy en la Competencia Argentina del 19no. Bafici con propuestas autorales atractivas y muy diversas, abordando con crudeza la historia trágica de una familia envuelta en el mundo de la delincuencia, en el primer caso, y el de diario de viaje de un cineasta que busca sucesos actuales en distintos territorios del mundo, en el segundo.

Al mismo tiempo, la película argentina “Una aventura simple”, opera prima de Ignacio Ceroi, que generó cierta decepción en la platea al contar una búsqueda fallida en la selva del nordeste, fue el segundo filme nacional en tomar parte de la Competencia Internacional del Bafici, que este sábado entrega sus premios.

En su documental, la artista visual y cineasta Toia Bonino aborda la historia de la familia Robles, del barrio Don Orione, en la localidad bonaerense de Claypole, donde una madre sigue sufriendo por la partida de uno de sus hijos, un ladrón, que muere baleado por la policía en un operativo, luego de ser delatado.

La directora mezcla varios registros (videos hogareños que muestran a los protagonistas, noticias televisivas sobre el hecho) para dejar un testimonio, apelar a la memoria y escuchar a los testigos para reconstruir la muerte de Ale, la víctima de esa traición, y mostrar cómo lo viven y sufren hoy su madre y otros familiares.

El filme muestra con crudeza una realidad marginal muy dura, de delincuencia e injusticias, que se vive en numerosos distritos del Gran Buenos Aires, y a la que muchas personas prefieren ignorar o no se animan a ver directamente con sus propios ojos, sino únicamente a través del registro sensacionalista y estereotipado de la televisión.

“Los territorios” es el diario de viaje de Iván Granovsky, productor de cine argentino que se volcó a filmar su primera película para narrar, en clave de documental autobiográfico, el periplo existencial que lo lleva a recorrer territorios tan distantes como Alemania, el País Vasco, Bolivia, Francia, Mónaco, Portugal, Brasil, Israel y Palestina, buscándose a sí mismo o sin saber exactamente lo que está buscando.

Hijo del periodista Martín Granovsky, de larga trayectoria en el diario Página 12, Iván busca desentrañarse a sí mismo, intentando descubrir cuál es su verdadera vocación, o cuál es la más profunda: estudiar Historia al igual que su padre, convertirse en productor de cine porque todos creyeron que lo era, o seguir la herencia periodística y transformarse en corresponsal de guerra para viajar por el mundo.

Con el argumento de buscar sucesos geopolíticos importantes en lugares conflictivos del planeta como la Franja de Gaza o el País Vasco, Granovsky se endeuda, gasta las tarjetas de crédito de su madre, gasta los contactos periodísticos de su padre y hasta gasta la paciencia de su productor, y todo eso para poder seguir viajando y dándole forma a esta película en primera persona filmada (aparentemente) sobre la marcha.

La cámara lo sigue en sus vivencias cotidianas, en sus viajes permanentes de un lugar al otro del mundo o en alguna “changa” periodística que consigue mientras viaja, como cuando le toca entrevistar en Mónaco al Pocho Lavezzi, o como cuando ayuda a su padre en la producción de una serie de entrevistas a personalidades políticas latinoamericanas y así conoce a Lula Da Silva y a Evo Morales.

Granovsky conversa con su padre sobre el rol del cronista de guerra en los frentes de batalla, juegan juntos un juego de preguntas y respuestas sobre capitales de países del mundo, hablan del arte de la entrevista y, en la cancha de Racing, mientras miran un partido, debaten sobre lo importante que es para un periodista formarse y trabajar en la calle, tener mucha curiosidad y dejarse sorprender por la realidad.

En ese retrato cotidiano de sí mismo, en ese diario de viaje en el que registra sus reflexiones y deseos, sus encuentros y desencuentros amorosos, sus temores, sus dudas, sus neurosis, sus pequeños logros y fracasos, Granovsky se convierte también en un personaje dentro de la película, en un actor que se interpreta a sí mismo, según un guión que él mismo se escribe para sí todos los días, mientras al mismo tiempo lo filma.

Por su parte, “Una aventura simple”, opera prima de Ignacio Ceroi, intenta contar la historia de un chica dedicada a temas relacionados con la naturaleza, que sale con un grupo de amigos en busca de su padre, supuestamente perdido en una selva del nordeste, después de encontrar una estatuilla del shapshico, una especie amazónica que encarna a los diablillos silvestres.

El problema de Ceroi es que convierte lo que con suerte podría ser un corto de escuela en un largometraje, y otro problema es que un festival lo premie haciéndolo participar en la competencia principal, que ya de por sí es un lauro, sacudiendo de esta forma la idea de que existe una preselección rigurosa, en todo caso con obras a nivel.

Así y todo queda en claro que para hacer este trabajo, que incluye largas caminatas en una selva, diálogos poco sustanciales, fiestas en donde un integrante del grupo canta y se contorsiona, gente durmiendo con mosquiteros, y varias imágenes sin sentido parecido, se pusieron las mejores intenciones, pero, como se sabe, las buenas intenciones no se filman.

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