Los sueños biónicos de un hombre común

 

Un jopo, una campera y un revólver en el alma. Ésa podría ser una posible definición de Santiago Moreno Charpentier, Chano, 33 años, cantante y compositor de Tan Biónica, fenómeno pop del siglo XXI. Pero aquí no estamos en un aviso publicitario de los años 90. Aquello define a Chano, sí, y se ajusta bastante al estereotipo del ícono juvenil, pero detrás de esa imagen, como pasa con cualquiera, palpita la energía sensible de un muchacho de Belgrano cuya aventura vital está alimentada por ansiedades, multitudes y pasiones.

No hay misterio en Chano Charpentier. Lejos está del héroe del rock que hace de la distancia, lo elusivo o la exaltación de la fatalidad los atributos con los que construye su estirpe. Es un pop star clase 81: quería ser artista, sí, pero con la misma fuerza quería ser famoso. Su malestar juvenil tenía que ver con eso: con caminar las calles de la ciudad y no entender cómo diablos no era saludado. ”Desde los 15 años, desde que hice mi primera canción, no entendía por qué no era conocido.”

Quizás allí anidan, en parte, las razones de sus primeras desdichas. Un padre ausente y una necesidad de expresión -un rayo demoníaco galopando las venas- que necesitaba ser canalizado y, de inmediato, celebrado, pero que sólo encontraba hostilidad o indiferencia. Era un vacío difícil de llenar, en especial en una carretera -la de la música- cuyas banquinas están alfombradas de claudicación y excesos. Chano no está habitado por lo primero -”No tengo capacidad de frustración”, asegura-, pero su temperamento sí alberga una propensión hacia el riesgo. En la casa del rock, la noche y la insatisfacción, combinadas, son las amas de llave de la autodestrucción. Pero Chano no abrió la puerta: la tiró abajo a patadas. Y adentro caminó por una delgada capa de hielo que lo separaba, apenas, del caos y la oscuridad. Se cayó, claro. Aquel infierno duró varios años. Una internación y una pulsión de vida incombustible lo mantuvieron a flote. ”Ahora estoy limpio -afirma-, me rescaté.” En aquel tiempo de recuperación, Chano aprendió a apoyarse en algo más grande que él. Hizo propio una suerte de mantra que le enseñaron, y que repite hasta estos días: ”Dios dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”.

Pero lo que vino siguió siendo complicado. En ese conglomerado implacable y muchas veces impiadoso que es la opinión pública, pocas cosas son vistas con más sospechas e irritación que la figura del joven soñador que quiere vivir de la música, pero que no lo consigue. De inmediato es estigmatizado -”vago”- o ridiculizado -”sin talento”-, hasta por su círculo más íntimo. Si hay un atributo que tienen aquellos que llegan, es el de creer en ellos más de lo que el promedio cree en sí. Y Chano creía. Tenía la fe de los cruzados. Por eso cuando las cosas no salían, cuando su ambición chocaba contra la realidad, cuando a los costados había gente que se miraba de reojo ante la fantasía desproporcionada de un chico que creía que iba a ser Fito Páez, nada sublevaba más a ese joven anónimo pero abnegado que le preguntaran: ”Che, pero si no sale lo de la música, ¿no tenés un plan B?”

-Uyyyy, me mataba. Eso me mataba. Les decía que no, que no había otro plan.

¿Creían que estabas loco?

Y sí. Yo pensaba: Cómo le explico a mi familia lo que me pasa? Yo sabía que mi patrimonio más grande era que sabía qué era lo que quería. Y como no tengo capacidad de frustración, me iba a morir intentándolo. Pero, ¿cómo hago para justificar lo que quiero hacer con la gente? ¿Cómo le explicás a tu vieja eso? Entonces te tenés que ir de tu casa.

El castigo de la mirada social.

Claro. Mi psicólogo en ese momento me dijo que nunca iba a ser feliz si no hacía lo que me hacía feliz. Ése era mi destino. Laburaba y lo que ganaba me lo gastaba en giras, en donde nadie me iba a ver. Pero por suerte tuve buenos socios. Gracias a mi hermano, que es más racional, que intelectualiza todo, la cosa pudo funcionar.

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Gonzalo ”Bambi” Moreno Charpentier, tres años más joven, casado, bajista y curador musical de Tan Biónica, es el socio compositivo y el opuesto exacto de su hermano. Si hubiera que personificar el yin y yang, sin duda ellos podrían hacerlo.

La extraversión de Chano tiene un origen claro: su padre. Entrepreneur itinerante, carismático y algo donjuán, Charpentier padre dejó una huella en su hijo cantante. ”Mi viejo era como yo: tenía esa… la palabra no me gusta, porque me parece bastante darky, pero tenía esa megalomanía con la cual me siento tristemente identificado. Tenía una facha tremenda, un montón de minas, pero se murió solo. Fue muy triste.” La muerte del padre ocurrió en junio de 2013, en medio del estallido biónico. ”Me lo dijeron en una combi a la salida de un Luna Park. Fui al velatorio y al día siguiente tuve que tocar de nuevo en el Luna. Y al otro día de nuevo, y al siguiente otra vez. Después nos fuimos de gira. En el medio, murió mi abuelo, a quien quería mucho. Y enseguida me separé de Celeste.”

¿Cómo fue el desenlace con Celeste?

Cuando volví de las vacaciones con ella, directamente dejé la valija en el baúl, porque sabía que ya estaba.

Las tragedias vienen todas juntas.

Sí, pero lo peor es que me preguntaba cómo lo llevaba, cómo llevaba la tristeza, y parecía que bien.

Hasta que…

Me senté a componer. Ahí lloré una semana seguida. Me encerré en mi casa y no paré de llorar. Ahí me di cuenta de todas las ausencias.

Al tiempo que la relación con la actriz Celeste Cid comenzaba a declinar, Chano terminaba de construirse una casaquinta pasando Pilar. Finalmente, ese espacio enorme atiborrado de árboles, silencio y sosiego, terminó siendo su morada permanente. Imagínense a un tipo que es aclamado por 30.000 personas levantándose solo en esa desmesura verde un martes de mañana.

No parece el mejor lugar para vivir un duelo.

Sí, pero necesitaba eso, esa soledad. Me gusta. Yo también soy eso.

Eso te da la pauta de que aun cuando tu vida pueda tener condimentos de jet set, en el fondo no podés maquillar lo que te pasa.

Claro, eso lo tengo claro. Además, yo soy un tipo que ni siquiera va a Tequila, por ejemplo. Una vez fui, me llevé a una chica y se lo contó a todo el mundo. Entonces me dije: ”No, no, tampoco es por acá”. Por otro lado, toda la persona que escribe es un hombre solo. Y todas las personas que lo hacemos hablamos del vaso medio vacío, no del vaso medio lleno.

El dolor como disparador.

Sí, me costó mucho hacer este disco [el cuarto del grupo que está en pleno proceso de producción]. Walt Whitman decía que no hay que escribir bajo los efectos del dolor sino que hay que escribir bajo el recuerdo del dolor. Y mucho menos hay que escribir bajo los efectos de la felicidad.

En estos tiempos de protagonismo, ¿aparecieron los amigos del campeón?

Me ha pasado con minas. Yo conozco mis límites, sé hasta dónde podía apuntar [esboza una sonrisa]… Yo sé que, ponele, me podía dar bola una chica linda, un 7,50, como decimos los hombres. Me ha aparecido un 9 en la puerta de casa tocando timbre. Y eso yo sé que no es verdad… Además, después la pagás, eh. O por lo menos yo las pago, porque no sé relacionarme en casos así.

¿Te sentís aturdido?

Sí, aturdido. Las veces que he fallado sexualmente son esas. No puedo. Con los nervios…

Hay que desmitificar al hombre como depredador sexual, ¿no?

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Obvio. Yo de movida digo: ”Soy un mal amante”, aunque no lo sea. Creo que todo el mundo tiene mambos. Y uno lleva a la cama esos mambos. Más el hombre, que no puede fingir. Nosotros tenemos un músculo que si estás nervioso, cagaste. Pero uno tiene tan incorporado lo social que dice: Yo con esta mina no puedo fallar. Y sí, fallás.

Otra particularidad del ”famosismo” es que cuando se encuentran con alguien famoso, por más que no lo conozca parece que tienen que saludarlo.

Sí, totalmente. A veces me pasa de entrar a un restaurante y me dicen: Che, está, no sé, Arturo Puig, acercate a saludarlo. Y yo digo, no, ¿por qué tengo que saludarlo, si no lo conozco? Y menos yo, que ni siquiera me animo a saludar a alguien que admiro. A Sabina, por ejemplo, que es alguien que admiro mucho, lo he visto y ni siquiera le pedí una foto.

¿Sabina es uno de tus héroes?

Sí, él es el testimonio de que se puede cantar desafinadamente, pero que aun así podés emocionar a todo el mundo. Y me gusta cómo describe las cosas. También admiro a Borges.

Hablando de letras, hay una frase del último disco que dice: No quiero verte demonios sin tolerancia/Te cambio mi libertad por esta abundancia/Estoy un poco mareado y sin vigilancia/Estoy un poco perdido. Parece un pedido de auxilio.

Ja. ¿Viste que cuando uno está perdido es el último que se entera? En esa canción están todos los estadíos de la vida posible.

¿Sos de pedir ayuda?

Sí. Aprendí que tengo mucha habilidad para algunas cosas y soy impotente para otras. No me da vergüenza pedir. Ahora estoy muy bien, pero ya veo que si en algún momento estoy mal, si aflora mi espíritu autodestructivo, le aviso a mi manager, a mi hermano. No es que eso te vaya a frenar, porque cuando te la querés poner no te para ni el Presidente. Pero aprendí eso, ante algunos problemas me tengo que rendir, no tengo que seguir luchando esperando resultados diferentes. Ya sé que con algunas cosas no puedo. Les doy la llave a otro para que maneje.

¿Cómo se te manifiesta hoy la neurosis?

Y, por ejemplo tengo la tendencia a pensar, cuando tengo un pesar, que va a durar toda la vida. Y cuando tengo una dicha, me pregunto: ¿hasta cuándo va a durar esto? Si me duele la cabeza, pienso que tengo osteoplasmosis. Soy como el personaje de Woody Allen en Hannah y sus hermanas que va caminando por la calle yendo al médico y cree que tiene una enfermedad terminal.

Y en la banda, siendo el líder y el galán, eso también requiere un trabajo especial.

Sí, pero por eso, como condición entre nosotros, pusimos que cuando hubiera algún problema teníamos que hacer terapia. No nos interesa tener un camarín separado, un avión, esas boludeces. Tal vez si se lo exigo, la compañía me lo da. Pero mi felicidad es con ellos. Me gasto la plata con ellos. En algunos shows, las puestas en escena son más caras que los tickets que podemos cobrar. Mas allá de todo, tenemos que hacer canciones para estar vivos.

A nivel personal, cambiaste los patrones de conducta, o al menos los hábitos.

Sí, y a mí me ayuda estar bien, no drogarme. Y dar ese discurso. Yo ya no me puedo hacerme el boludo. Ya tengo un registro. Cuando me rescaté, dije: OK, no drogarse es evitar un montón de problemas, pero nunca voy a ser tan feliz. Y la vida me demostró que no. Porque yo limpio cumplí mis sueños. Llené estadios, viajé por el mundo, conocí mujeres maravillosas con las que tuve relaciones hermosas. Fui muy feliz. Y todo lo conseguí limpio, así que no puedo acudir a esa opción. Ya no tengo excusas, tengo un registro de que la vida está buenísima así. Y eso es lo que quiero para mi banda.

Fuente: La Nación

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