Las búsquedas espirituales de la clase media argentina, bajo la lupa

La inminente visita a Buenos Aires de Sri Sri Ravi Shankar –el líder espiritual indio que fundó El Arte de Vivir, entre cuyos seguidores están Mauricio Macri, Marcelo Tinelli y Susana Giménez– despierta críticas, comentarios y sobre todo, frases que comienzan con »yo opino». Durante dos años, Violeta Gorodischer investigó diversas búsquedas espirituales que en nuestro país suman millones de adhesiones. Entre ellas, el movimiento que lidera Shankar, pero también el de Meditación Trascendental, el enigmático Kryon o Falun Dafa (los mismos que reparten volantes en el barrio chino denunciando que los matan y venden sus órganos). Pero no se trató de una miradita por arriba para ver cómo marchaban las cosas. Por el contrario, Violeta aprendió a meditar, se quedó en silencio días enteros como forma de purificación, comió determinados alimentos, dejó de comerlos, siguió una ruta chamánica en Uruguay. Inclusive, aunque padecía claustrofobia, participó de un encierro consentido con otras personas llamado »temazcal» que incluye cantos y horas de calor, casi al borde de la alucinación. De todas esas experiencias, cuenta, volvió con más preguntas que respuestas. De esa indagación se ocupa Buscadores de fe (un viaje a la espiritualidad contemporánea) (Emecé), un libro que es para todo público, pero que en especial está destinado a incomodar a los opinadores, tan seguros de todo.

¿Cómo empezó tu interés por estas búsquedas?
–El libro empieza con una crónica sobre comida viva que hice por encargo para Rolling Stone. A partir de ahí, al ver el modo en que estas personas se alimentaban, sin cocinar los alimentos, usando vegetales y semillas, empecé a advertir que lo que había atrás de eso era una búsqueda espiritual. Decían que comiendo así iban a estar livianos y ser mejores personas. Además, estas personas meditan. Yo compartí encuentros, comí y medité. Entonces esto último me interesó y decidí hacer un curso de meditación trascendental. Como hay tantas escuelas y movimientos, fui a buscar la Asociación Argentina de Meditación Trascendental, que es la más antigua de Buenos Aires. Me interesaba saber qué cosas del discurso habían mantenido desde los sesenta para acá. Me gustó el curso. También tenía cosas llamativas para mí. Pero bueno, este es un libro de preguntas que se hace una mujer escéptica, que nunca tuvo contacto con ninguna creencia religiosa. Y de entrada mi idea fue clara: preguntar, no juzgar, atravesar mis propios prejuicios, tratar de entender.

–La meditación te llevó, justamente, a El Arte de Vivir.

–Maharishi Mahesh Yogi, que fue el principal difusor de la Meditación Trascendental en Occidente, fue maestro de Ravi Shankar. La Fundación El Arte de Vivir llegó a Argentina en 1998, y este fue uno de los países donde más ha crecido: hoy tienen 150 sedes en todo el país y más de 100 mil personas participaron de algunas de sus actividades. Pareciera ser que el hecho de que determinadas figuras mediáticas se interesen por eso anula toda validez y me parece que no es así. Durante la investigación trabajé con el sociólogo y antropólogo Nicolás Viotti, que investiga formas de espiritualidad en sectores medios urbanos. El CONICET le dio una beca para que investigue ese tema, o sea que no creo que la mejor actitud sea menospreciar un fenómeno que crece. Lo que hice, en relación con El Arte de Vivir y con todas las otras formas de espiritualidad que investigué, fue ponerle el cuerpo. Parece todo muy etéreo pero todas estas prácticas que investigo en el libro fueron absolutamente corporales. Hubo que poner el cuerpo en el sentido metafórico y literal.

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Esa fue la forma en que pude sacar mis conclusiones. Y más allá de lo que yo pueda pensar, es importante saber que hay personas a quienes estas búsquedas les hicieron bien. Eso debería ser suficiente para quitar algunos prejuicios.

–En un tramo del libro afirmás que para muchas de estas organizaciones »la prosperidad económica va de la mano del crecimiento personal». No tienen problema por cobrar a cambio de ayuda espiritual.

–La estructura de negocios es parte del fenómeno, es la forma que asume la nueva espiritualidad hoy en día. No estoy de acuerdo con alguien que cobra prometiendo una sanación ficticia, ese tipo de ofrecimientos los dejé afuera del libro porque el límite ético es más difuso. Pero pagar para que te den un mantra que te puede ayudar a calmar el pensamiento o por un curso para acceder a un conocimiento, es entendible. No me parece ni bien ni mal, pero tampoco me parece que estén lucrando con aspectos delicados de la subjetividad de las personas, como puede ser una sanación o una cura.

–¿Quiénes son los »buscadores» que aparecen en tu libro?

–Personas como vos o como yo a quienes determinadas experiencias les cambiaron la vida. Me interesó indagar cómo fue ese proceso, cómo fue que no encontraron respuestas en el psicoanálisis o las religiones clásicas, qué cambió desde entonces, cómo encontraron un nuevo lugar de búsqueda y dijeron »acá me quedo». Como dice Cristian Alarcón, que me ayudó mucho con este libro, lo inquietante es que son personas »como uno»: periodistas, ingenieros, médicos pediatras, criados en hogares tradicionales, que iban a misa o celebraban las fiestas judías. Y de repente hicieron un click en su cabeza y dejaron entrar todas estas cosas. Estos son fenómenos que atraviesan la clase media, que se siente tan interpelada porque todos tenemos a alguien cerca que de una u otra forma experimentó estas formas de espiritualidad. Inclusive a mí misma me modificó y también esa es la historia que cuento.

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–¿En qué sentido te modificó?

–Pude dejar atrás los prejuicios con respecto a ese sentimiento tan humano, tan histórico y tan ancestral, del que habla Julia Kristeva, que es la necesidad de creer. En el último capítulo, de hecho, cuando estoy en pleno retiro para aprender una forma de transmisión de energía llamada »diksha», me pongo a llorar. Más allá de la ironía o las reflexiones que puedo esbozar respecto de este fenómeno, creo que ese instante es lo más parecido a una experiencia mística que tuve en mi vida: fue algo íntimo, personal, emotivo. En el libro traté de transmitirlo de la forma más honesta que pude, pero aun así hay algo que resulta intransferible. La única certeza, en definitiva, es que de una u otra todos buscamos lo mismo. «

Una ong del espíritu

»Cruzo las piernas como indio. El chico no me habla más. Entonces uno de los instructores agarra el micrófono y se presenta, antes de dar comienzo a la meditación. Su nombre es Juan. Y lo primero que dice es que si tenemos paz en nuestras mentes, podemos tener una sociedad en paz. En la pantalla que está atrás suyo aparece la cara de Ravi Shankar (…). Piel cetrina, túnica blanca, pelo largo, barba tupida. Con música de fondo, una voz en off cuenta varias cosas: que 300 millones de personas en el mundo ya pasaron por la Fundación, que está presente en más de 150 países, que se trata de la ONG más grande del mundo y el trabajo de todos los instructores es voluntario. Cuando dice que Ravi Shankar fue tres veces candidato al Nobel de la Paz, la gente aplaude. También cuentan que en 1982 creó una técnica respiratoria llamada Sudarshan Kriya cuyos efectos incluyen llevar la mente al momento presente, eliminar toxinas y ejercer un efecto curativo. ¿Qué será un efecto curativo? ¿Que no me voy a enfermar? ¿Que si me enfermo me curo?
El video termina y Juan nos invita a probar la primera respiración, llamada bhástrika: »Es fácil –dice–, hay que subir los brazos, cerrar los puños y exhalar fuerte por la nariz con cada bajada. Van a ver que es un shot de energía.»

Repetimos tres tandas de diez, todos juntos. Me da gracia exhalar colectivo, como un fuelle chiquito. Y es verdad: algo cambia. Me despabilo. Después nos piden que nos sentemos derechos, cerremos los ojos y sigamos a esa voz aguda que, desde un CD, empieza a guiarnos.» (De Buscadores de fe)

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