Este artículo habla del desarrollo de la quinta temporada de House of Cards. Si has estado pendiente de la actualidad política en Estados Unidos, no encontrarás ningún spoiler.

“Aquí estoy, presidente de Estados Unidos. América, ustedes hicieron esta apuesta. Ustedes votaron por mí”, dice Frank Underwood (Kevin Spacey) dirigiéndose al público presente mientras toma posesión en la quinta temporada de House of Cards. “¿Estás confundido? ¿Estás preocupado? Siempre quisiste estar aquí, y aquí estás, mirando hacia atrás, sin saber qué hacer, desconcertado y preguntándote si realmente esto es lo que pediste”.

Esa es una de las muchas escenas de House of Cards, que arranca en el contexto de la era del triunfo de Donald J. Trump en Estados Unidos. Para el equipo de la serie, la cultura se ha convertido en el argumento político, o la realidad que supera a la ficción. La quinta temporada de House of Cards es un ejemplo muy valioso sobre cómo un programa, una serie o una película puede ser tan relevante, en cierto grado casi alarmante, sin añadir ningún tipo de elemento subjetivo a los aspectos actuales de la política.

Montaje gráfico con la imagen de Donald Trump y el diseño de “House of Cards”

Ser original puede ser un reto para las producciones de Netflix, sobretodo en la manera en que su servicio de streaming lanza las series. En las cadenas de televisión convencionales, las series empiezan sus temporadas con un par de episodios ya terminados y los guionistas continúan escribiendo nuevo material que después se filma y se edita mientras la serie continúa emitiéndose.

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Netflix, por el contrario, tiene creativos que escriben, filman y editan toda la temporada de un vez y luego suben ese contenido completo a la plataforma. Eso significa que los eventos reales se pueden adelantar a los episodios ya terminados. Cuando hablé con Norman Lear, escritor y productor estadounidense, sobre el remake de la serie One Day at a time, él subrayó la gran diferencia entre trabajar para Netflix y hacerlo para un canal de televisión ya que, en la nueva plataforma digital, “es imposible caer en tópicos”.

El presidente Donald J. Trump el día de su toma de posesión, el 20 de enero de 2017

En esta nueva entrega de House of Cards se intentó resolver este problema al grabar en el marco de la nueva administración de Trump. El rodaje empezó el pasado verano y terminó en febrero, unas semanas después de que el millonario fuera investido presidente de Estados Unidos.

El resultado de eso (y de unos buenos visionarios) es que los episodios pueden recordar a escenarios políticos de verdad para cualquiera que haya estado pendiente de la actualidad: manipulación de los votos, miedo al terrorismo, desprecio a la supervisión del Congreso, un presidente ansioso por ver cuántos seguidores tiene y cuál es el entusiasmo de todos ellos, una elección a través de la Cámara de Representantes, un candidato presidencial muy inestable, los acuerdos comerciales con China y la maldad de Rusia, los piratas informáticos, la cancelación de conferencias de prensa, restricciones de visado por amenazas de seguridad y los ataques químicos de Siria (también hay una dosis adicional de sexo y crimen, que a veces ocurren simultáneamente). Por supuesto, así está siendo House of Cards y todos esos guiones se desarrollaron de la forma más personal y sin ningún tipo de ideología política.

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Así es como el creador de la serie Beau Willimon y sus creativos, Melissa James Gibson y Frank Pugliese, consideran que funciona la política. Sobretodo para cualquiera que vea a los republicanos de la Cámara de Representantes impulsar un proyecto de ley de salud políticamente suicida que despeje el camino para los recortes fiscales masivos. Aunque eso es muy impopular, House of Cards, en la era Trump, puede encontrarse con situaciones mucho más desagradables. La serie tiene una tendencia bastante asquerosa a destacar lo peor de nuestros políticos.

Un ejemplo perfecto de eso es la trama sobre la manipulación electoral. Frank y su mujer Claire (Robin Wright), que ejerce de vicepresidenta, diseñan un plan para quitarle votos a su contrincante republicano, el gobernador Will Conway (Joel Kinnaman). Con la excusa de una seria amenaza de una organización islámica, el matrimonio Underwood logra convencer a algunos estados decisivos para que tengan militares en los centros de votación con el objetivo de que disminuyan los votos de Conway. El día de las elecciones, ambos idean un ataque falso en uno de los centros, provocando que varios estados se nieguen a certificar sus resultados, lo que deja las elecciones presidenciales estancadas y en el aire.

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Escena de “House of Cards” con Kevin Spacey, que interpreta al presidente de Estados Unidos en la serie de Netflix

La manipulación de votos es un fenómeno real. Pero la fórmula de House of Cards funciona porque dos personas malvadas y ambiciosas quieren ganar unas elecciones. Esta es una historia sobre mentes peligrosas, y nada tiene que ver con las ideas racistas que prohiben el voto a los negros, a los hispanos y a otras razas.

Por otro lado, el tono paranoico de la serie no habla solo del temor a las siniestras “élites globales” sino del pensamiento conspirador que se ha apoderado en algunos sectores de la izquierda. Mucha gente parece tener la esperanza de que el presidente será revocado de la oficina o que él mismo presentará su renuncia. Al final de la temporada, Frank Underwood no se plantea ese escenario.

No se trata de arrancar una inmensa roca para ver qué es lo que está pasando. En toda la serie se ven muchas referencias a la era Trump, no hay duda, pero hay algo que ignora. Por ejemplo no se hablan de las marchas de las mujeres para reivindicar sus derechos, la oleada de llamadas a las oficinas del Congreso o la aparición de nuevos candidatos potenciales. Tras House of Cards uno tiene la certeza de que la política es tan solo una fase del juego. Realmente nadie se preocupa por nada, a menos que alguien pueda beneficiarse de alguna medida.

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