Gilda: ¿un mito que se gestó en la premonición?

Hoy se cumple un nuevo aniversario del accidente en el que falleció la cantante. Aquí, repasamos la leyenda y su trágico final.

La película que dirige Lorena Muñoz, e interpreta Natalia Oreiro, es una biopic extraordinaria sobre Gilda. No solo porque cinematográficamente Muñoz le imprime una elegancia y sutileza notables, y porque Oreiro no puede estar mejor en el papel, sino porque le hace justicia a la Gilda que los argentinos aman.

Ella es la cantante tropical más venerada, recordada, citada y escuchada del país. Falleció en un triste accidente automovilístico, mientras viajaba en el marco de una gira.

Iba en su propio vehículo, junto a su banda y sus hijos. Su muerte abrupta y trágica, a una edad en la que aún todo está por madurar, convirtió a su figura en un emblema y en un mito que exceden a la música y se hacen carne de nuestra identidad cultural.

La muerte de Gilda fue en 1996, en la Ruta 12 que lleva a Entre Ríos, a la que muchos consideran “la ruta de la muerte” por la cantidad de accidentes que se suscitan en ella.

En las crónicas de la época, Clarín publicó el deceso sin darle casi importancia. La noticia fue apenas un recuadro en el que casi hacia el final consigna: “Los ocupantes de la casa rodante pertenecían al grupo bailantero ‘Gilda’. En el choque murieron 7 pasajeros -6 mayores y 1 menor- y 11 resultaron heridos”.

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De ahí en más, y luego de su muerte, la imagen de Gilda comenzó a agigantarse hasta calificarla como una santa pagana: miles acercándose al lugar del accidente para pedir milagros, miles llevando una flor, milles con lágrimas en los ojos lamentando la pérdida.

¿Pérdida de qué?, podría uno preguntarse. Ahí es donde se encuentra la estatura de los mitos; y Gilda la tenía, acabadamente.

Uno de los motivos que la ubicaron en ese lugar central en la fe de la gente, es su procedencia y su historia -que tan bien retrata la película de Muñoz-.

No hay en esa trama grandes golpes de suerte, ni dramas inconfesables. No. Gilda era una muy bonita chica común, de clase media, tranquila ama de casa y maestra jardinera. Gilda podría ser “cualquiera” que empatice o pueda ponerse en su lugar.

Y ese lugar no es de difícil acceso para las chicas que cada fin de semana engrosan las filas de las noches de bailanta.

Otro aspecto que contribuye a agigantarla es, como decíamos, que su vida terminó abruptamente y muy pronto. Otra hubiese sido la historia de Gilda si la hubiésemos visto envejecer, como a Gladys La Bomba Tucumana; por ejemplo. Transitar por estos medios que hoy vivimos.

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La cantante no formaba parte del “prototipo” de mujer que se las apaña en ese universo machista y misógino: Gilda era suave, discreta, “linda como una niña”, “impoluta”. De hecho, en su último disco la foto nos la entrega con una cándida corona de flores.

Pero, claro, para que haya una “niña santa” es preciso el auxilio de lo inexplicable. Y, en el caso de esta artista, llegó justo luego de su muerte.

“Tras el accidente, al costado del colectivo, golpeado por el choque y la llovizna, habría sido encontrado por Reynaldo Lío, su representante, un cassette con un tema inédito titulado: ‘No es mi despedida'”, cuenta Clarín.

Si un condimento precisaba esta historia era ese: la noble, bella y casta, viajando con sus hijos como toda buena madre, encontró la muerte y luego de ella, sienta posición: “no me olviden”.

Pues claro, le concedimos el deseo; porque la dulce Gilda, desde el ‘más allá’ que a todos nos espera y desvela, sigue cantando: “no me arrepiento de este amor”.

 

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