Federico Luppi se muestra activo en su departamento de la calle Austria. A días de estrenar La noche del ángel -la obra del italiano Furio Bordon que él mismo se encargó de traducir, adaptar y dirigir- ”el mejor puteador del cine argentino” (además de referente mayor de las películas nacionales de la década del 80 con films como Plata dulce, El arreglo, No habrá más pena ni olvido, entre muchos otros clásicos) no baja la intensidad de su trabajo (ni los protagónicos), cuando varios de los actores de su generación ya se dedican a hacer la plancha.
”Desde hace un tiempo vengo interesado en las obras de Furio porque hablan de personas que tienen mi edad, sobre todo El último lunes, la otra obra suya que compré los derechos y que plantea un enfrentamiento real y concreto con mi propia finitud. Estoy en un momento de mi vida en donde seguramente mi ocupación inconsciente más aguda sea templar el arpa, y estas obras son ideales”.
En La noche del ángel, la obra en cuestión, un padre y viejo actor ”que cree que la vida transcurre en un escenario”, se instala una noche en la casa de su hija, una psicoanalista (interpretada por la española Susana Hornos), y entabla, desde ese momento, una relación ”en sordina”, donde afloran hechos del pasado sin que ninguno de los dos quiera mostrarse débil. La llegada inesperada de un tercero, sin embargo, termina por hacer explotar el conflicto.
”Yo hice un año de psicoanálisis, conviví mucho tiempo con gente honda y extensamente psicoanalizada y frecuenté un poco de refilón ese ambiente psicoanalítico. Conozco mucho las trampas del hiper psicoanalizado: ese mundo paralelo de sobreinterpretaciones que sirve para justificar todo”, cuenta Luppi.
–¿Te pasó que el exceso de psiconálisis te entorpeciera una relación?
–Sí. No de una manera extenuante, pero sí que me complicara la vida. Porque aparece una necesidad ficticia de interpretar permanentemente cada cosa que pasa. Entonces la minucia, en lugar de formar parte de la vida, se convierte en una especie de campo de pruebas de la agudeza mental. Todo empieza a ser tamizado desde una supra lectura de lo no dicho que es agotante: ”Lo que pasa que vos me dijiste aquello porque una tarde lo que tenías en mente era esto otro”. Se vuelve una especie de espiral en descenso que no es bueno. Y eso que hice un año de psicoanálisis en su momento que me hizo bien. ¡Cuatro veces por semanas iba!
–¿Qué te llevó a esa situación?
–Tuve una separación muy dura, muy culpógena, muy llena de puñales en una época donde el país empezaba a cambiar malamente. Eran justo los años del ascenso de Isabelita, venía la mano muy revoltosa, de confusión ideológica muy sanguinaria, una cosa de locura que no terminaba de encauzarse en un camino político saludable. Y si a eso le sumabas la separación, estaba realmente perdido. Recuerdo que fue un trabajo de una dureza que me dejaba caminando por las paredes cuando salía (risas). Lo que pasa es que uno, en terapia, busca aquello que sabe que en algún lado está. Sólo que hay que armar el tejido con los hilos sueltos que vas encontrando en tu interior.
–Un momento central de la obra es la relación padre-hija y cómo influyó en ese vínculo el psicoanálisis. ¿Cómo en tu caso?
–Un poco por prejuicio a la inversa, yo pequé de lo contrario que sufre el padre de la obra, y mis chicos tuvieron una libertad excesiva. Hicieron mucho lo que querían y como querían en el momento en que querían. Me acuerdo que ya estaba separado y un día la madre me dijo: ”Mirá, tu hija se quiere ir a Gesell con un chico que yo no conozco y apenas tienen 15 años”. Y yo, no queriendo ser un castrador, la llevé en coche a Retiro a que se tomara el micro. Mis amigos me decían: ”¡Pero cómo hacés una cosa así!”. Pero en ese momento no me importó. Y ahora que lo pienso quizás hubiera sido más adulto de mi parte y más comprometido decir no, todavía no, esperá un poquito, aunque te enojes. Porque desde ese momento me tomaron el tiempo y cualquier consulta para las cosas que tenían que hacer era inexistente. Si lo miro en términos de responsabilidad paterna y rigurosa, casi que fui un padre ausente.
–Más allá de que el afecto habrá estado siempre…
–Sí, claro, el afecto estuvo siempre. A los pibes los llevaba conmigo a todos lados. A Gustavo lo llevaba de chiquito cuando tenía que filmar y lo mismo cuando tenía temporada en Mar del Plata. Pero los límites no fueron puestos con la supuesta condición paterna del dedo admonitorio
–¿Y te lo reclamaron de más grande?
–No, pero… (silencio) pienso que tal vez Marcela tenía pasta de muy buena actriz porque bailaba bien y actuaba muy bien, pero de pronto se enganchó con un tipo, se metió de madraza y abandonó esa posibilidad. A lo mejor si hubiera sido un tipo más insistente, más encima de ella en este tipo de cosas creativas, hubiera seguido siendo actriz, no sé… Preguntas que no tienen respuesta y que me hago un poco al pedo (risas).
–¿Con tu viejo fue al revés? ¿Fue más estricto con vos?
–No. Mi viejo era un gaucho gringo bastante hincha pelotas y arbitrario, pero curiosamente siempre tomó muy bien mis inclinaciones artísticas. Jamás me hizo problema. Él ya había muerto cuando arranqué con la actuación, pero le gustaba mucho cuando actuaba en obras del colegio o barriales. Tanto él como mi madre venían de una familia muy inclinada a la parodia. Se la pasaban imitando a todos los vecinos y tenían mucho histrionismo. De todos modos, la revisión de los comportamientos paternos me parece, a veces, un remar en contra de la vida. Porque es algo que ya está. No se puede cambiar.
–Tuviste oportunidad de protagonizar, en los inicios de tu carrera, Romance de Aniceto y la Francisca, quizás la más entrañable de todas las que grabó Leonardo Favio. ¿Cómo recordás esa experiencia?
–Sí. Mi elección fue un exabrupto emocional por parte de Favio. Porque ni mis parientes me conocían. Era de una orfandad pública notoria. Pero él me ubicaba de una obra de teatro. Y se convenció de que tenía que protagonizar la película yo. Y la experiencia fue fabulosa. Favio era dueño de una sutileza creativa que él consideraba un poco inculta pero que en realidad era sabia y hermosa. Como director tenía algo que lo emparentaba rápidamente con la vida en cosas que estaban a caballo de la magia popular, y cierto verosímil con la construcción de los personajes que lo hacían único. Además, en los momentos políticos muy duros se jugó el cuero. Era de una entereza intelectual notable. Y fue muy coherente. Cuando se puso muy duro el mundo de la filmación, por la dictadura, enganchó la guitarra y salió por el mundo a cantar. Y fue un suceso.
–Además, nos dio la posibilidad de verte en la pantalla grande de muy joven. Tal vez, sino fuera por él, hubiéramos perdido esa etapa tuya en el cine argentino.
–Sí. Y a eso sumale que en términos afectivos me parece la película más coherente afectivamente de él. Las indicaciones que hacía Favio eran muy sabias. Decía cosas que te dejaban asombrado, consejos de comportamiento o de forma de estar parado que eran justo lo que venías necesitando. Yo un día le dije: ”¿Sabés lo que lamento en mi vida?”. ”¿Qué?”, me dijo. ”No haber hecho otra película con vos”. ”Sí, yo también lo lamento mucho”. ”Bueno, pero nunca más me volviste a llamar ¡hijo de puta! (risas). Era un dotado de la vida y lo extraño mucho.

Estreno – ¿CUÁNDO?
Estrena hoy en El Picadero (Pje Discépolo 1857) y va domingos a las 18:30 y lunes a las 21.
”A lo mejor fue excesivo que le dijera ‘pelotudo’ a darín”

–Cómo tomaste que Ricardo Darín dijera que tenías razón en llamarlo ”un pelotudo” en su polémica con la presidenta, y que remarca que lo habías dicho paternalmente?
–No fue mi intención ser paternal con él y, visto a la distancia, a lo mejor fue excesivo que le dijera un pelotudo. La verdad que si se enojaba tenía todo el derecho. Lo que pasa también es que en general, en la gente de la cultura, noto mucho panquequismo. Pero no el panquequismo del timorato que recién empieza, sino el de la gente adulta capaz de emitir juicios pensantes interesantes para luego cambiar de una manera muy rapida, negar lo que se dijo ayer. Y este es un momento muy duro del país. Sin embargo, el cine argentino anda muy bien. Y anda muy bien por muchas de las películas que hizo Ricardo, que en el mundo han pegado mucho y han tenido premios, críticas y recepciones importantes. Su propio nombre se ha convertido en un ícono de alguien que nos representa a todos y de eso hay que tener conciencia, porque la Argentina, en este momento, es un mal ejemplo geopolítico en el mundo. Es un país que contra viento y marea se peleó contra el juez Griesa, los fondos buitres, el FMI, el Banco Mundial, las pelotudeces de la OEA. Entonces, en ese contexto, que un tipo como Darín diga una frase poco feliz como la que dijo, es obvio que va a ser usada en todos los diarios del mundo. Y él tiene que ser conciente de eso. Y de que cuando hablás de política tenés que tener información y buena fe.
–Él remarcó que le dijiste ”pelotudo” cariñosamente.
-–Claro que fue con cariño, por supuesto. Porque de pronto se generó un lío como si yo le hubiera dicho batidor, hijo de puta o delator. Y no fue eso. Pero es cierto que en el momento en que leí su nota me dije: ”¿Para qué dijo eso? ¿Qué necesidad tiene?”
Nota de Tiempo Argentino

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