Cuando un grande se va

Cuando un grande se va, hay que agradecer y sonreírle a la vida, porque nos dio la gracia de haberlo tenido entre nosotros.

Cuando un grande se va no hace falta repasar su trayectoria ni la fantástica intuición para posicionar programas, descubrir estrellas y haber producido tantos y tantos éxitos.

Cuando un grande se va, solo cabe saludar su fecundo paso por nuestro mundo, haber convivido con nosotros y habernos hecho conocer su estilo y su forma y sus creaciones, porque no es fácil para nadie, haber hecho todo lo que Romay ha hecho por la televisión, aunque también por el teatro y por la radio.

Cuando un grande se va, cabe destacar sus visiones y concreciones y brindar por ellas. Fue tan o más conocido que muchas de las estrellas que él mismo instaló y lo convirtieron popularmente en el Zar de televisión argentina. Fue práctico y obsesivo y con una fina sensibilidad y olfato para saber lo que el púbico buscaba. Atributos que no se aprenden en ninguna universidad, escuela o taller especializado. Él las trajo consigo y las ofrendó para que todos nosotros las hayamos disfrutado.

Cuando un grande se va, resta decirle gracias, gracias por sus aciertos y también gracias por sus yerros. Gracias por la ayuda a muchos de los que con él trabajaron y fueron testigos de su generosidad y preocupación y exigencia, porque no era fácil estar a su lado.

Un grande se ha ido, un grande nos ha dejado, un grande se ha despedido de todos nosotros con un esperanzador adiós, transformado en un HASTA SIEMPRE.

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