”La debilidad del modelo de valorización financiera quedó expuesta en el hecho de no haberse podido sostener aun con un blindaje y un megacanje de u$s40.000 millones cada uno, mientras que la fortaleza del esquema de valoración productiva resistió la salida de una cifra similar”, concluyó el trabajo ”Fuga de capitales, una de las pesadas herencias del neoliberalismo”. Según el detalle sobre la salida de fondos del sistema, entre 2003 y 2012 se produjo una fuga de u$s90.957 millones, pero el grueso de ella (u$s82.579 millones) ocurrió a partir del 2007.
En el paper, los economistas Santiago Gambaro, Mariano Kestelboim y Gabriel Wolf destacan el rol de las medidas de administración del mercado cambiario que intentaron ”orientar los recursos al proceso de transformación del patrón de especialización productiva”.
Al recorrer la génesis de la fuga, señalaron que la alta volatilidad del flujo de capitales es ”un fenómeno histórico de las economías periféricas, inherente a la lógica de sus sistemas de acumulación”. Subrayaron que en la Argentina su dinámica estuvo ligada al crecimiento de la deuda externa.
”El primer auge de esta patología de la economía nacional se remonta a las políticas de ‘liberalización’ de los mercados impuestas por el golpe militar de 1976. La apertura de la cuenta capital, el crónico y creciente endeudamiento externo, las altas tasas de interés domésticas, la apreciación cambiaria y la baja de aranceles a la importación volcaron los capitales a la especulación financiera, en detrimento de la base de industrialización lograda hasta ese entonces”, detallaron.
Ese modelo, que continuó durante los años ochenta y los noventa, derivó en una megadevaluación que licuó los salarios y favoreció a quienes tenían deudas en dólares. Entre ellos a grandes empresas que habían hecho del endeudamiento una constante. Aquellos más de treinta años que se iniciaron en 1976 fueron consolidando ”una cultura del ahorro en dólares como reserva de valor”.
Todo ese proceso de ponderación del sector financiero estuvo apuntalado, entre otras, por la ley de inversiones extranjeras 21.382, que reemplazó a la ley 20.557, de 1973.
En ese escenario, que se completó con una crisis financiera mundial como no se vio en 70 años, los economistas destacaron el encadenamiento de medidas destinadas a controlar la fuga de divisas, que comenzó con la eliminación de un beneficio que tenían sólo dos sectores de la economía: la liquidación de exportaciones en el exterior, que disfrutaban las empresas de hidrocarburos y mineras. Esa medida, tomada en octubre del 2011, aseguró un flujo de dólares superior a los 7.000 millones anuales.
Además, destacaron otros dos paquetes de medidas: mayores controles en la administración comercial y regulaciones cambiarias, que posibilitaron limitar la compra de divisas para atesoramiento. ”Las medidas tomadas desde fines de 2011 lograron detener esa merma de recursos desde mediados de 2012. Ahora bien, queda como interrogante lo que hubiera ocurrido con una crisis internacional de similares características en un contexto de liberalización prácticamente total como el de fines de los setenta o en la década de los noventa”, agregaron.
Leyes distintas, distintas políticas
La autorización para liquidar divisas en el exterior para petroleras y mineras es un beneficio que está atado a la Ley de Inversiones Extranjeras (21.382) que impuso la última dictadura en 1976. Ese texto fue perfeccionado en los noventa por los tratados bilaterales de inversión.
La combinación de esos entramados legales terminó con lo que había establecido la Ley de Inversiones Extranjeras (20.557) en septiembre de 1973: límite anual para la remesas de utilidades a sus países de origen y prohibición para que las empresas extranjeras invirtieran en áreas relacionadas a la defensa y seguridad nacional, servicios públicos, banca comercial y medios de comunicación. Todas esas consideradas áreas ”estratégicas” para el desarrollo del país.

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