El dólar pone en aprietos al Central

En su informe de abril, el BCRA había definido dos líneas de acción para mayo. Una fue que operaría “ocasionalmente” en el mercado cambiario: igual a imaginar que allí no existían problemas. Y la otra, que algunos movimientos puntuales de precios, como el de los combustibles, aconsejan “mantener el sesgo contractivo de la política monetaria”: nada de estimular la demanda sino seguir parecido a como marchaban las cosas.

Ya con el mes a punto de concluir emerge clara la disociación entre las intenciones planteadas en el informe y los hechos concretos. El telón de fondo, presente casi todo el tiempo, han sido las dificultades de la entidad para poner en vereda un dólar que tiende a retrasarse.

Para empezar, las intervenciones en el mercado cambiario fueron mucho más activas que ocasionales. Después de un arranque moderado, desde el 11 de mayo el BCRA empezó a comprar a un promedio diario de US$ 148 millones y sumará en el mes arriba de US$ 1.440 millones; más de cinco veces el monto acumulado hasta abril.

Bastante obvia por cierto, la conclusión es que si el Central hubiese aplicado su propia hoja de ruta no habría emitido o habría emitido menos, pero el precio del dólar estaría ahora por debajo de los 14 pesos.

Luego, el choque también visible entre los hechos y el objetivo de “mantener el sesgo contractivo de la política monetaria” explícito en el informe. Una baja del 1,5% en las tasas de interés de corto plazo de las Lebac, como la del 24 de mayo, luce más expansiva que contractiva; especialmente cuando los precedentes inmediatos fueron podas de apenas 0,50 y 0,75%. Nada da para pensar que la explicación de la movida está en la caída de los precios.

Parece, más bien, que el recorte de las tasas no apuntó a la expansión sino ponerle alguna traba a la bicicleta que va del dólar a las Lebac: nuevamente, venta de divisas y riesgo de depreciación del tipo de cambio. Puestas en una misma balanza esta razón habría pesado más que un intento de estimular la actividad económica.

Federico Sturzenegger, el presidente del BCRA, ha sostenido y reafirmado que la misión de la entidad es mantener a raya los precios y no meterse con los deslizamientos del dólar. A veces pontificar en exceso puede convertirse en un bumerán.

Sería en todo caso un principio válido para economías consolidadas, que han alcanzado un buen grado de previsibilidad. Difícilmente lo sea en otras cuyas variables aún lucen desordenadas, como todavía es posible comprobar aquí.

Entre los que entran por las exportaciones de soja y los capitales golondrina que vienen en busca ganancia rápida, la paradoja es que hoy sobran dólares y que la opción de no intervenir puede derivar en retraso cambiario. O sea, comerse ventajas ya conseguidas, más la posibilidad de que en algún momento reaparezcan presiones devaluacionistas.

Es de este mundo dado vuelta que el Central haya resuelto abrir la canilla a la transferencia al exterior de más de US$ 10.000 millones correspondientes a utilidades retenidas por el cepo kirchnerista, igual que movilizar importaciones largamente frenadas. O que el blanqueo no privilegie el ingreso de capitales al país pensando en dólares que pueden ser un estorbo en vez de dólares inyectados al circuito productivo.

Aún así, hay un lugar donde no sobran divisas y está nada menos que en el BCRA. Si se restan los yuanes de China, un crédito de corto plazo acordado por bancos internacionales, los encajes por los depósitos en moneda extranjera y otros fondos que son de prestado, las reservas netas de esos infladores no llegarían a US$ 2.000 millones.

Justamente por eso a algunos economistas les llama la atención que el Central desaproveche la oportunidad de aumentar su stock, lo cual sería semejante a armarse frente a la eventualidad de una corrida cambiaria. No es el plan de Surzenegger emitir para comprar dólares y si por alguna razón debe hacerlo, como durante mayo, aplicará otros métodos de modo de esterilizar los pesos: la consigna de oro es contener la inflación.

Al parecer, su límite inferior se llama 14 pesos: actuará cuando el precio del dólar se encuentre a punto de perforarlo, aunque preferiría que las intervenciones fuesen sólo “ocasionales”. El problema es que abajo de 14 empiece a ser interpretado como cierta complacencia con el retraso cambiario y que eso despierte expectativas incómodas.

Mientras no se atrase, el tipo de cambio mejora la competitividad global de la economía y la de las producciones nacionales con las importaciones. Claro que es apenas un factor. Tanto o más pesan otros, como las distorsiones impositivas, el costo del transporte y de los combustibles y, finalmente, el estado general de la infraestructura.

El Gobierno dice tener en cartera un poderoso programa de inversiones públicas y privadas asociadas, capaz de despejar los grandes cuellos de botella. Pero será necesario seguir empujando para salir con chances a un mundo impiadosamente competitivo.

Según las primeras proyecciones privadas, en mayo la inflación habría rondado el 3,5%. Representa en los hechos un costo y un alivio sólo si la compara con el histórico registro de abril.

¿Qué dirá el Banco Central en los próximos días, cuando difunda sus proyecciones monetarias para de junio? Quizás haya una explicación sobre los deslizamientos no previstos en mayo: sería interesante conocer cómo los ha interpretado y, sobre todo, porque se mantiene firme la presión del dólar a la baja.

Dentro de las pautas básicas de la entidad figura sostener las tasas de interés en terreno positivo, o sea, por arriba de la inflación. Es un punto en el que vuelven a cruzarse las Lebac y el dólar y también las posiciones de Sturzenegger y de funcionarios que reclaman aflojar con las tasas.

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