Restituir el dinero de los jubilados a manos de los grupos económicos que manejaron esos fondos durante los quince años que duró el sistema de las AFJP es uno de los ejes de los candidatos de derecha que se disputan el apoyo del establishment. Primero fue Mauricio Macri, pronunciándose a favor de volver al sistema privado; días atrás, fue el turno del previsible Sergio Massa. El argumento del despilfarro del dinero de los jubilados no es nuevo, seduce y cotiza bien alto entre amplios sectores sociales respecto del correcto cuidado de las cuentas públicas y el funcionamiento de la economía según el manual del sentido común que indica la derecha económica.

En cuanto a la centralidad del monto de las reservas del Banco Central como termómetro casi excluyente de la salud de la economía, su autonomía del poder político, y la impugnación impuesta a su utilización para el pago de deuda y administración del tipo de cambio, continúa, aún, como parte de una batalla conceptual e ideológica no saldada de la herencia de la década del noventa, botín ideológico y ordenador esencial del neoliberalismo que concibe al Banco Central y sus reservas sólo como garantes para el salvataje de las estafas en las que el prohijado sector financiero incurría sistemáticamente, quedándose en esos casos, y sin eufemismos, con el ahorro de los trabajadores. Posteriormente a cada crisis, corrida cambiaria y devaluación, la recuperación de reservas se producía en base a nuevo y mayor endeudamiento externo.

El último engendro de los defensores del ahorro argentino terminó con el experimento que detonó en el año 2001. No quedaron reservas, ni ahorros privados, ni dólares, ni pesos, ni tampoco el ahorro del patrimonio público, es decir el patrimonio que conformaban las empresas públicas del Estado, rematadas en los años noventa, que, efectivamente, fueron construidas y solventadas durante décadas por el esfuerzo de generaciones enteras de trabajadores. Entre ellas, las del sector energético como YPF y las empresas de electricidad y de gas (el que desde entonces se vende a Chile, como recordara la Presidenta días atrás). Bajo esa maniquea interpretación, las empresas públicas no formaban parte del ahorro argentino, sino de una estructura estatal sobredimensionada y deficitaria, que pesaba y era sostenida, valga la contradicción, por el ahorro de los argentinos.

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El costo del ahorro argentino (en dólares). El desestabilizante costo del ahorro argentino en dólares nunca fue puesto en discusión como lo fue hasta la medida adoptada por el Gobierno en el año 2012, luego de las corridas bancarias que se produjeron antes y después de las elecciones del 2011, cuando ya estaba en marcha la presión devaluatoria que desde el año 2008 había generado la fuga de 75 mil millones de dólares. La explicación oficial de esta medida, y su implementación, no fueron lo suficientemente explicitadas, dada la centralidad que ocupan en la batalla discursiva y en la historia económica del sistema de valorización financiera impuesto por la dictadura en 1977. Ahondar el debate sobre las consecuencias que produjo el pretendido ahorro en dólares en cada una de las crisis que registra la historia política económica de los últimos cuarenta años, y su alto costo a la enorme mayoría del pueblo argentino, continúa todavía en desventaja frente a los supuestos beneficios de los espejitos de la especulación y la protección contra la inflación del ahorro argentino en dólares.

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De acuerdo con un trabajo presentado meses atrás por los investigadores Jorge Gaggero, Magdalena Rúa y Alejandro Gaggero, surge que se encuentran fugados del país un total de 200 mil millones de dólares, que de acuerdo con otras estimaciones podría llegar al doble de esa cifra, es decir 400 mil millones de dólares. En cualquiera de ambos casos, esos dólares fueron obtenidos, en gran medida, a partir del ingreso al país por vía del endeudamiento externo generado durante décadas, permitiendo financiar y saciar la demanda de dólares para el ahorro de los argentinos, fugarlos, o guardarlos en cajas de seguridad.

Sin acceso a adquirir dólares, se inscribe la reciente teoría de que al quedar el ahorro sin alternativas para protegerse de la inflación, se dirige íntegramente al consumo. Estas definiciones, como otras mencionadas anteriormente, conforman el manual de bolsillo de economía, al estilo de los viejos Resúmenes Lerú, pequeños libritos utilizados años atrás por estudiantes en apuros ante exámenes de la secundaria, que explica las causas y recetas de la economía según la óptica perezosa, y en otros casos intencionada, que recorre desde la derecha hasta el progresismo. Otros capítulos del Lerú de economía repetidos diariamente se destinan a explicar soluciones para el sector energético, bajar los subsidios, generar confianza al sector privado para incentivar inversiones, la competitividad, rentabilidad, estimular al sector exportador y, por último, retornar a los mercados de capitales, es decir tomar deuda para financiar el atesoramiento y fuga de dólares.

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Entre todos esos componentes descriptos se encuentran razones de verdadero peso para ser analizadas a través de una mirada más responsable que sin escaparle a los desafíos pendientes ofrezca otros caminos, más complejos, más lentos, más profundos que los hasta ahora realizados durante los diez años transcurridos desde el año 2003 para revertir la matriz productiva, distributiva y de endeudamiento que comenzó casi cuatro décadas atrás, con la dictadura de 1976, y que culminó con el estallido de los años 2001 / 2002, a la par del proceso de concentración y extranjerización económica que se profundizó luego de la megadevaluación y la posterior venta de empresas de capital argentino.

Sería inútil seguir insistiendo con que Sergio Massa disimula o no explicita sus propuestas, o que hace la plancha sin hablar. Tampoco es cierto que se cuide de exponerlas por temor a que sean piantavotos. Massa, como Macri, como otros dirigentes de la derecha, saben que lo que dicen recibe grandes adhesiones, y no solamente del establishment sino de amplios sectores sociales. Sería esperable que luego de diez años de discusiones y debates sobre las traumáticas experiencias del pasado surgieran propuestas superadoras a los atajos que proponen las opciones al kirchnerismo. Las propuestas del candidato a diputado Sergio Massa son la evidencia de que el manual del sentido común del funcionamiento de la economía sirvió para aprobar con buen promedio a vastos sectores del electorado.

Fuente: InfoNews

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