Por José Luis Cutello

Como el Ave Fénix, la Argentina supo resurgir de sus cenizas hace diez años, luego de una serie de desaciertos económicos y corrupciones estructurales que derivaron en lo que la prensa dio en llamar ”corralito” y ”corralón”.

A fines de marzo de 2003, el entonces ministro Roberto Lavagna anunciaba la liberación de depósitos y la eliminación de cuasi monedas, una salida dolorosa de la crisis brutal del 2001. En realidad, el ”corralito” había finalizado oficialmente el 2 de diciembre de 2002, no bien el titular de Hacienda permitió que quedaran ”a la vista” unos 21.000 millones de pesos retenidos desde el gobierno de la Alianza por una disposición de Domingo Cavallo.

Sin embargo, la medida no era completa porque no se permitía a ninguna empresa ni particular adquirir más de 100 mil dólares. Además, los depósitos en esa divisa pudieron ser canjeados recién a partir de fines de marzo de 2003 por títulos públicos que terminaron de pagarse el año pasado.

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En el medio, los ahorristas que necesitaban el dinero tuvieron que afrontar la devaluación del peso y la pérdida de valor del dinero convertible. ”El que depositó dólares, recibirá dólares; el que depositó pesos, recibirá pesos”, había dicho el presidente interino Eduardo Duhalde. Y, por supuesto, no cumplió.

Cuatro años más tarde, la Corte Suprema de Justicia avaló la pesificación y la reprogramación de los depósitos. También ordenó que la devolución de fondos a razón de 1,40 pesos por dólar más la inflación de ese período junto a una tasa de interés anual del 4%. Esa cuenta arrojaba un resultado de poco de 3 pesos por dólar.

Historia. Había sido Cavallo, durante el último tramo del gobierno de Fernando De la Rúa, quien ”atrapó” 66 mil millones de dólares de ahorros bancarios. El objetivo de las restricciones era frenar la ”fuga” de dinero del sistema bancario, a punto de quebrar, y controlar el pánico que generaban las políticas económicas de su administración.

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Cavallo pretendía ”blanquear” gran parte de la economía a través del uso de medios de pago electrónicos y la bancarización, evitando así la brutal evasión impositiva que se calculaba en un 40%.

No obstante, el resultado fue traumático para los argentinos y una experiencia piloto para la economía mundial, tanto que el término ”corralito” trascendió las fronteras y hoy, el FMI y el Banco Central Europeo lo aplican en Chipre.

Nuestro ”corralito” fue el punto final de la recesión más prolongada de la historia argentina, que se inició a mediados de 1998, cuando la convertibilidad de Menem-Cavallo ya había asfixiado a la industria y al campo.

Por eso, la Alianza encabezada por Fernando de la Rúa y Carlos ”Chacho” Álvarez venció al binomio impulsado por el peronismo (Duhalde-Ramón ”Palito” Ortega), pero cometió el error de sostener el ”uno a uno”. Incluso, durante la campaña electoral, De la Rúa enfatizó: ”Conmigo, un dólar vale un peso”. La ficción argentina continuaría y sería el final de un gobierno que empezó mal y finalizó peor.

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El error de no iniciar una devaluación paulatina y el elevadísimo déficit que dejara Menem, provocó que la Alianza tomara medidas de ajuste que terminaron de ahogar la economía bajo las recetas del FMI. La incipiente recuperación lograda en el cambio de gobierno murió de inmediato con un aumento impositivo aplicado por el ministro de Economía José Luis Machinea. Mientras tanto, la deuda externa crecía…

Fuga. De los 85 mil millones de dólares que había depositados en enero de 2001, cinco mil millones escaparon del sistema entre febrero y marzo. Entonces, Machinea cayó por su propio peso. El breve paso por el Palacio de Hacienda de Ricardo López Murphy sólo prometió más ajuste. Y, en ese contexto –agudizado por la crisis política generada con la renuncia de ”Chacho” Álvarez- fue llamado a apagar el incendio el ”padre de la convertibilidad”.

Cavallo, esa vez, le echó nafta al fuego y todavía estamos pagando su fracaso.

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