¿Vamos a plantar a arroz a Sierra Leona?. Lo que podría sonar como un absurdo e incluso algo demasiado arriesgado, para Emiliano Mroue no lo es. Es más, para él constituye todo un desafío y una aventura que a su vez son parte de un modo de vida: la búsqueda de generar una transformación en la sociedad. Hace varios años, luego de terminar su licenciatura en Economía Empresarial y hacer un máster en Europa, empezó a trabajar en una multinacional alemana. Tenía una carrera tradicional corporativa en un país superestable, envidia para muchos, pero sentía que ése no era su lugar en el mundo. Fue así que renunció y, junto con su primo, se mudó a uno de los países más pobres de África, que hacía unos años terminaba de salir de una devastadora guerra civil (1991-2001).

Allí fundó en 2011 la West African Rice Company (WARC), una empresa social que desarrolla un modelo de agricultura sostenible. En una entrevista con Ámbito Biz, Emiliano cuenta qué fue lo que lo impulsó a dar un giro de 180 grados en su vida, de qué se trata el negocio y cuál es su objetivo a corto y mediano plazo, sin soslayar todas las adversidades -entre ellas el ébola- que debió enfrentar para alcanzar un sueño.

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Periodista: ¿Cómo se gestó la idea de producir en Sierra Leona?

Emiliano Mroue: Alimenté ese proceso a través de viajes a Medio Oriente y a África. Estando en Sierra Leona surgió la idea de hacer el proyecto en concreto, al conocer la realidad del país, en donde cuatro de cada 10 niños sufren algún tipo de malnutrición, casi el 70% de la población vive de la agricultura de subsistencia y la mayoría es analfabeta. Yo creía que para intentar cambiar ese presente había que hacerlo con un proyecto dirigido por el sector privado. Luego lo convencí a mi primo para que me acompañara; los dos renunciamos a nuestros trabajos, él en la Argentina y yo en Alemania, y nos fuimos.

P.: ¿Y cómo fueron esos primeros meses?

E.M.: Preparamos un plan de negocio, hicimos acuerdos con el Gobierno y con las comunidades que son dueñas de las tierras y fuimos a Europa en busca de inversores. Así, compramos maquinarias y desarrollamos 400 hectáreas de arroz. Armamos una chacra de entrenamiento, contratamos a la gente por un año y la capacitamos. Al final del contrato tienen la opción de quedarse como empleados o producir en sus propias tierras con el apoyo de la compañía. En este último caso los acercamos al sector financiero para que puedan acceder a financiamiento.

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P.: ¿Cuál fue el principal desafío que se propusieron?

E.M.: Mejorar los rendimientos para que el proyecto sea rentable. Un sierraleonés produce 300 kilos de arroz por hectárea, mientras que uno en la Argentina obtiene 9.000. Queremos llevar esos 300 a 3.000 este año.

P.: ¿Con qué obstáculos se encontraron?

E.M.: Sufrimos un fuerte golpe el año pasado con la epidemia del ébola. Teníamos hectáreas cultivadas y tuvimos que abandonarlas. Se generó mucha histeria; el sistema local de salud colapsó. Decidimos irnos del país por un tiempo prudencial, aunque nos costó mucho conseguir vuelos ante un clima de caos y paranoia colectiva.

P.: ¿En qué momento decidieron volver?

E.M.: Desde que nos fuimos empezamos a preparar un programa de respuesta para el ébola. Estuve reunido con el Banco Mundial y otros organismos proponiendo alternativas para hacer frente a la cuestión social y económica. A mediados de enero de este año volvimos y reactivamos todo el proyecto. Por suerte el ébola bajó muchísimo y la situación está prácticamente normalizada, aunque hay casos aislados todavía.

P.: ¿Importan insumos desde la Argentina?

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E.M.: En esta próxima etapa que comienza estamos tratando de importar tecnología argentina. Creemos que la relación calidad-precio de la tecnología nacional es extraordinaria.

P.: ¿Hasta el momento han logrado rentabilidad con el negocio?

E.M.: Todavía no. Si logramos alcanzar los 3.000 kilos por ha este año, llegaremos a nuestro punto de equilibrio.

P.: ¿Cuál es tu visión para los próximos años?

E.M.: Expandir una línea de consultoría que lanzamos hace poco. Ya tenemos proyectos en seis países de África, incluyendo Sierra Leona. El objetivo es panafricanizar la iniciativa mediante la venta de know-how en otros países del continente.

P.: ¿Qué balance hacés de estos casi cinco años en Sierra Leona?

E.M.: En ningún momento me arrepentí de la decisión de haber terminado con mi vida anterior, sobre todo porque el impacto de este emprendimiento es muy tangible y directo. No bien llegamos le dimos trabajo a 350 personas, que hasta ese momento no tenían absolutamente nada. Ver eso te da una satisfacción extraordinaria. Somos conscientes del potencial transformador que tiene el proyecto. Esto es una gran motivación y alcanzar el objetivo para mí vale mucho más que todo lo que estaba haciendo antes.

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