River se fue más contento, pero no todo está definido

El Superclásico más global de la historia, acaso el más trascendente en el siglo por todo lo que hay en juego, nada menos que la final de la Copa Libertadores de América, dejó a River Plate mucho más contento, si se toma en cuenta no sólo el empate 2-2 sino el trayecto del resultado.

River tuvo la fuerza anímica para remontar dos veces el marcador ante un escenario adverso con hinchas de Boca Juniors, y en especial, la última tapada de Franco Armani a Darío Benedetto.
Marcelo Gallardo, director técnico de River y gran estratega, sabía bien que su equipo se jugaba gran parte de sus chances de ser campeón en la Bombonera, porque llegaba con muchos amonestados, entre ellos, los dos marcadores centrales titulares, y porque su equipo no sólo se hace muy fuerte en su casa, en el Monumental, sino que en toda la Copa, excepto la semifinal con Gremio, vino jugando con el sistema de la “media inglesa” (empatar de visitante, ganar de local) sin interesarse mucho por el valor doble de gol en cada salida.
Pero Gallardo, que ya sabía que iba a estar ausente por una suspensión para sentarse en el banco de suplentes que adquirió casi ribetes de causa nacional, siendo reemplazado por su asistente Matías Biscay, también sabía que su equipo ejerce un dominio psicológico ante Boca en los últimos tiempos, en los que lo eliminó de la Copa Sudamericana 2014, la Copa Libertadores 2015, y le ganó la final (en marzo pasado) de la Supercopa argentina, sumado a que le había ganado 2-0 los tres clásicos de esta temporada.
Con ese antecedente, y conociendo que la revancha se jugará el sábado 24 en el Monumental con hinchas de River solamente, se esperaba que Boca saliera a arrasar, a arrinconar a su rival llevado por su hinchada, pero esto no sólo no ocurrió sino que los locales se encontraron con un esquema impensado del que tardaron un tiempo entero en reponerse.
River salió con una línea de cinco defensores, con el joven Martínez Quarta entre los dos experimentados zagueros centrales Jonathan Maidana y Javier Pinola, creemos que por dos motivos: para paliar la ausencia de Leonardo Ponzio, un jugador de reconocido peso en el andamiaje táctico y en lo psicológico, y porque los dos veteranos estaban a una tarjeta amarilla de quedarse fuera del partido definitorio del Monumental.

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En el resto del esquema, otra línea de cuatro más flexible, con Exequiel Palacios y Enzo Pérez más cerrados para que Gonzalo “Pity” Martínez y Lucas Pratto se movieran más por las bandas, con bastante libertad, para abastecer al único punta, el colombiano Santos Borré.
Desde el lado de Boca, sorprendió que su técnico Guillermo Barros Schelotto no haya leído el planteo rival y mantuvo el esquema madre de los partidos definitorios, con la virtud de la solidez del medio hacia atrás, pero con la carencia de la creatividad del medio hacia arriba. De esta forma, todo dependía de los dos extremos, para el desborde, y la enorme capacidad de gol de Ramón “Wanchope” Ábila.
Entonces, en vez de que Boca asumiera las riendas del partido, se notó que el equipo “xeneize” acusó la carga psicológica de la necesidad de ganar como local y River manejó los tiempos y los espacios con soltura, se asentó en campo adversario, y de no ser por el arquero Agustín Rossi (en la mejor actuación en Boca, justo cuanto más se lo necesitaba), los de Gallardo podrían haberse colocado hasta tres goles arriba, sumada una situación desperdiciada por Borré por rematar apenas desviado en otro mano a mano.
River siempre fue más que Boca en casi toda la cancha porque sabe a qué juega, tiene una concepción del juego, de la que pueden variar intérpretes y posiciones. En cambio, Boca juega a lo que salga, siempre buscando la forma de abastecer, ya sea con pelotazos, pases o centros, al nueve goleador, y como su poder de resolución es alto, cuando menos lo merecía se puso en ventaja por Ábila.
El gran problema de Boca es que al no tener una estructura que lo respalde y al sentir la enorme presión de lo que había en juego, no pudo mantener el resultado ni un minuto en la primera oportunidad (Lucas Pratto empató de saque) sino tampoco en la segunda, cuando Benedetto (que ingresó por el lesionado Cristian Pavón), volvió a desnivelar en la última jugada del primer tiempo, y 16 minutos más tarde, por un cabezazo en su propio arco de Carlos Izquierdoz, River le volvió a empatar.
Lo inexplicable ocurrió desde el 2-2, porque River volvió a meterse atrás, Bruno Zuculini ingresó para volver a tener más gente atrás, porque el resultado le permitía soñar con ganar en el Monumental y levantar la Copa, y en Boca, Barros Schelotto dio su último manotazo de ahogado, ante la falta de fútbol durante todo el partido de un flojo Pablo Pérez y de Nahitán Nández y puso en la cancha a Carlos Tévez.
Fue precisamente Tévez el que sirvió, en el último minuto, el gol a Benedetto, mano a mano con Franco Armani, pero el arquero de River, con toda su jerarquía, hizo una magnifica tapada con todo su cuerpo en lo que pudo ser un golpe psicológico para su rival.
River juega mejor que Boca, psicológicamente queda mejor parado, con ganar por cualquier resultado será campeón ante su gente, pero la serie no está completamente definida. Boca tiene poder de gol, una fuerte historia, y está invicto como visitante.
El final de esta historia lo conoceremos en dos semanas. Ahora toca un respiro.

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