¿Cómo imaginar una foto conjunta de los dos planteles? ¿Cómo pretender un final de partido con los jugadores de Gimnasia y Estudiantes intercambiando camisetas? ¿Por qué incentivar la paz y no la guerra? Esas escenas podrían ir muy bien en una película de Luis Sandrini, pero quedarían como una pátina de ingenuidad en medio de tanto odio.

”Es una vergüenza para nosotros, para la gente que vino al estadio y para la que lo mira por televisión. No hay que terminar así, no se bien qué pasó pero esto no sirve para nosotros, ni para la gente ni para el espectáculo.” La frase, un atisbo de conciencia en medio de tanta violencia, la pronunció ayer Mariano Andújar, el arquero de Estudiantes. Y sería elogiable, claro, si no fuera porque el propio Andújar, unos minutos antes de reflexionar, se había puesto en guardia como Nicolino Locche y pegado como Carlos Monzón. En el clip de la tele, esas imágenes no pueden ir despegadas del discurso del muchacho que vino de Europa para darle más nivel a Estudiantes. El combo exime de más comentarios: es inverosímil.

Tampoco, la demostración de hombría de Roberto Brum, Álvaro Fernández y Nicolás Mazzola, que probaron la calidad de sus botines dándole patadas a Andújar, una vez que éste cayó. Ellos están para la UFC, esa actividad que consiste en pegar y pegar. Tienen futuro allí, es solo cuestión de que cambien de deporte.

El racconto estaría mal hecho si omitiera el papelón del River-Boca de hace una semana, con patadas premium, expulsiones a la carta y un amago de batahola que quedó en suspenso. En realidad, habíamos entendido mal: se trató del prólogo, las escenas fuertes el director se las había guardado para el clásico platense.

¿Y el festejo ametrallador de Mora contra la tribuna de Boca en Mendoza? ¿Y la reacción de Tevez, yendo a buscar al uruguayo? En eso no hay distinciones: no saben perder, no saben ganar. Igualdad, ante todo.

Las disculpas llegarán en catarata, pero no servirán de mucho. En realidad, deberían pedirles disculpas a sus hinchas por no haber sido más violentos. Sí, señor. Porque ellos saben que los reglamentos los amparan: el fútbol argentino es indulgente con sus protagonistas cuando suceden episodios así. ¿O alguien puede sacar del archivo una serie de sanciones a tono con las decenas de situaciones escandalosas que se ven cada año? Ahora viene la rosca: dirigentes que irán a la AFA a manguear un descuentito en las penas. Saben que lo conseguirán.

Por todo eso, hizo bien Santiago Ascacibar, el chico de 18 años de Estudiantes, en ir a festejar con la tribuna después del partido, en vez de meterse al vestuario avergonzado. Había pegado una patada inolvidable -la definitiva, la que propició la batalla campal-: ¿quién se cree que es ese árbitro para suspender el partido e impedirle celebrar su logro? Cuando llegue a su casa de vuelta, seguro tendrá una linda selfie para mostrarles a sus amigos, con los hinchas extasiados a su espalda..

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