Por Lucas Cremades, para revista Veintitrés.

”Todo empieza por un sueño”, le dijo Sergio ”Maravilla” Martínez a Alejandro Fantino en el programa Animales Sueltos, días después de quedarse con el título de los medianos del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), tras derrotar a Julio César Chávez Junior en la ciudad de Las Vegas. Hasta ese momento estaba lejos de ser un ídolo popular y muy pocos argentinos lo conocían por fuera del ámbito boxístico. Poco antes había comenzado a modelar su imagen, a construirse a sí mismo como una estrella extradeportiva: anteojos de intelectual y un léxico casi erudito, la contratara de sus antecesores en el ring. Un trabajo de marketing que le permitió armar una imagen, y una figura de poeta con armadura de gladiador, que fue enamorando a las grandes marcas que lo eligieron como cara de sus productos. Para eso eligió muy bien los escenarios: hizo stand up en el programa Duro de Domar, participó del Bailando por un sueño de Marcelo Tinelli, y aglutinó, con esos 30 puntos de rating diarios, la popularidad ambicionada.

Atrás habían quedado los pesares económicos vividos durante su infancia bajo el cuidado de sus padres en las localidades bonaerenses de Quilmes y Claypole; sus primeros combates como boxeador amateur y la primera victoria un 9 de junio de 1995 en Florencio Varela, cuando tenía 20 años. En 2000 partía a España escapando de la crisis económica argentina para convertirse durante más de cinco años en un inmigrante ilegal más del país ibérico, donde se cuidaba de ser deportado trabajando en clubes nocturnos y cenando en comedores comunitarios entre desamparados como él. El único tesoro traído de su país constaba de talento, excesiva fe en sí mismo y un apodo ganado, el de ”Maravilla”.

Para obtenerlo, Martínez debió crear su propio estilo en el ring: con la guardia baja propia de los peleadores callejeros. Y aguardó su chance para convertirse en una superestrella. En su palmarés se destaca la pelea en abril de 2010, en Atlantic City, Nueva Jersey, ante el campeón mundial del peso medio, Kelly Pavlik. En esa oportunidad, Maravilla sorprendió con una lograda exhibición de boxeo, derrotando en el undécimo round al americano, lo cual significó que lo consideraran candidato para las grandes peleas. Luego llegaría su primera defensa del título, en la que tal vez sea su mejor presentación hasta hoy, gracias al espectacular nocaut que le propinó a Paul Williams y que lo terminó de meter en el exclusivo cuadrilátero de los mejores del mundo. Mientras tanto, aquí era ”Maravilla” sólo para los periodistas deportivos.

Tuvo dos defensas más del cinturón de campeón en el más absoluto anonimato para los argentinos; en la primera destronó al campeón mundial superwelter, Sergei Dzinziruk, y en la segunda venció al campeón de Europa de la categoría, Darren Barker, en once asaltos.

Recién para la pelea contra el británico Matthew Macklin –considerado número dos de la división–, a quien venció por abandono en otros once rounds, los televidentes argentinos empezaron a acompañarlo, agazapados y con los puños en alto. Y recién ahí, Maravilla empezó a mostrar al público nacional el perfil sensible de rasgos intelectuales que venía construyendo pacientemente y que resulta casi inédito para la historia pugilística del país. Sin olvidar, claro, brindar esperanzas de gloria boxística con una pelea tremendamente taquillera ante el mexicano Chávez Junior. Nada más y nada menos que el hijo de una gloria incomparable del boxeo como Julio César Chávez González, considerado el mejor boxeador que ha dado México. Un combate con capítulos deportivos y mediáticos que dieron mucha tela para cortar en los meses previos a la pelea.

En esa instancia Martínez debió batallar tanto en los escritorios del Consejo Mundial de Boxeo como en las oficinas de la cadena televisiva norteamericana HBO. Finalmente, tuvo la pelea que venía reclamando y con la que había soñado de adolescente. El mundo del boxeo ya sabía de quién se trataba.

La previa de ese gran enfrentamiento en el ring acomodó a Sergio Martínez en la mayoría de las pantallas de TV argentinas, que aún desconocían al boxeador quilmeño de acento español. Supieron quién era, de dónde venía y hacia dónde iba, a través de programas de alto rating como Duro de Domar y, sobre todo, Bailando por un sueño. Sus apariciones le permitieron, además, obtener la popularidad que el boxeo exige a quienes intentan pelear por el título del mundo usando como escenario a los Estados Unidos. Para la inolvidable velada en Las Vegas, el 15 de setiembre de 2012, ante veinte mil personas, lo acompañaba todo un país.

La gloria piramidal lograda tras vencer a Chávez Junior no había sido sólo una victoria deportiva. Su regreso a la Argentina con el cinturón dorado lo confirmaba como estrella. Fue recibido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se puso la camiseta de River Plate –el club de sus amores– y fue saludado por un estadio Monumental repleto al grito de ”dale campeón”. Nacía un ídolo deportivo y marketinero.

”No creo en la suerte. Trabajé como un salvaje para que el triunfo me acompañe siempre. Y eso me hace dar cuenta de que no está mal comenzar a sentirme un poco ídolo”, le confesó Martínez a Veintitrés durante la presentación de su libro Corazón de Rey (Ed. Planeta). Un evento tanto literario como comercial que le serviría para promocionar su primera pelea en el país tras once años de destierro, frente al inglés Martin Murray. El encuentro se concretó ante cuarenta mil argentinos y tuvo como escenario una cancha de fútbol, algo inédito en el archivo del boxeo nacional.

Entonces Maravilla se hizo tiempo de dar a conocer todo lo que tenía para ofrecer. Además de sus cualidades de artista de varieté, de escribir relatos de amor o de sexo en sus ratos libres, el boxeador de 38 años le imprimió a esta pelea su sello: desde la organización boxística pasando por los auspiciantes, los invitados, los artistas, hasta la venta de entradas y los puntos de rating. La pelea dio para hablar a los que saben pero mucho más a los que no. El triunfo de Maravilla por fallo unánime no conformó ni al propio púgil. Las crónicas dirán que triunfó con lo justo, por ser local, porque el inglés no tuvo lo necesario para prolongar las dos caídas que le provocó, o porque tal vez la situación de estar frente a su familia y su público y cumplir con lo que había prometido lo superó.

Alberto Santos Zacarías, entrenador de campeones como Sergio Víctor Palma y Juan Martín Coggi, pone el grito en el cielo cuando dudan del fallo que le permitió al argentino retener la corona. ”Hay que usar el sentido común, por algo le dicen Maravilla. Él se hizo boxísticamente acá en el país. No lo conocía el público en general pero la gente vinculada al boxeo sabía muy bien quién era y cuál era su potencial. Era un boxeador de lujo que les ganó a los mejores. Hoy nadie habla de eso. A Europa fue a entrenarse, pero no mejoró nada, es un deportista hecho acá. El sábado ganó claramente la pelea y el fallo fue correcto. Martínez puede llegar a estar entre los veinte mejores boxeadores de la historia argentina”, argumentó Zacarías, quién conoce al actual campeón desde sus inicios. ”Me molesta que se diga que fue un robo. Es un problema de los argentinos la falta de nacionalismo y la duda constante frente a un logro que no lo consigue cualquiera. Es una maravilla para todo, para hablar, para boxear, para venderse. Es algo único. Con eso se nace, está en el ángel de cada persona, en su carisma. Pero no es un personaje, él es así desde que era chico. Seguramente fue agregando cosas pero siempre tuvo humildad. Debió pelear contra los molinos de viento del boxeo”.

A los 38 años Sergio ”Maravilla” Martínez espera poder defender su título –si su desgastado físico se lo permite– una o dos veces más. Mientras tanto es y será el boxeador argentino que consiguió su american dream.

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