¿Será realidad o estará en este mismo momento rodando un pasaje de su propia película ese fenomenal 10 celeste y blanco? En Estados Unidos, contra la selección local, en una tierra de vaqueros y de cowboys. A sala llena, con 72 mil espectadores. En un estadio que parece un teatro, pero que brama coreando su apellido con esa fuerza que se logra cuando existe unanimidad, porque hasta los adversarios lo repiten durante las formaciones. En la semifinal de una Copa América única, armada para celebrar su centenario. “Messi, Messi, Messi, Messi” suena en cada acción con la pelota que protagoniza y que él transforma en un cuento. Y sí, este es el lugar. Si Boston fue ideal para despejar fantasmas igualando el récord de Gabriel Batistuta como máximo goleador histórico de la Selección, este era el instante para gritar el gol 55 y quedarse en soledad en lo más alto de ese podio tan singular con un tiro libre celestial. Eso sí, siempre como eje sobrenatural dentro de una estructura colectiva cada vez más seria, versátil. Es que así como Messi escribió su propio guión, también Argentina supo rodearlo ofreciéndole diversas opciones para explotar. Al cabo, se trata de un combo perfecto. Leo y el equipo merecen esta final. Se la ganaron.

Se viene el segundo tiempo. Argentina gana 2-0, pero se demora el inicio. En un evento con medidas de seguridad impresionantes, un joven cruza el campo corriendo. Llega hasta Messi. Se frena. Le pide que le firme la camiseta. Luego, se arrodilla y se mueve de arriba hacia abajo, en ese clásico gesto reverencial. Después, se entrega a los guardias obnubilados tal vez por las fantasías de Leo.

Todo se entiende. Hacía un ratito que Messi había enamorado con un tiro libre Desde el lugar que es más apto para un derecho, especulando con que Guzan esperaba una ejecución por arriba de la barrera a su palo más lejano, el genio hizo lo contrario y sorprendió poniéndola en el ángulo menos pensado por el arquero. Un detalle: la falta en esa jugada se la habían cometido al 10, quien había mareado a Beckerman y había desesperado a Wondolowski, quien eligió la infracción para acabar con esa tortura gozada por la multitud.

Antes y después de esa postal individual, Messi resultó decisivo en el funcionamiento colectivo. Y el equipo supo asociársele. Todo se refleja en los otros tres goles: en el primero, Leo le puso una asistencia sensual por arriba a Lavezzi, quien definió por encima de Guzan; en el tercero, el 10 clarificó el ataque abriendo al Pocho, quien dibujó un lindo pase gol para Higuaín; y en el cuarto, el genio se sumó a la presión, quitó, aceleró y se lo sirvió dejando solo a Pipa.

Con Messi como bandera, la gran virtud de Argentina fue imponer de entrada la inmensa diferencia de jerarquía que le saca a Estados Unidos. Ayudó el gol rápido, pero fue buscado con lindas charlas por la izquierda entre Leo, Rojo y Lavezzi.

La Selección elaboró con paciencia (68 % de posesión; 625 pases contra 108 del rival) y aceleró justo. Mascherano la sacaba limpia desde atrás metiéndose entre los centrales. Los laterales expandían la cancha hacia afuera, en especial Rojo que obligaba a que lo persiguiera quien en realidad planeaba atacarlo: Zardes. Banega administraba. Augusto Fernández hacía los movimientos justos para cubrir la banda que Messi dejaba cuando salía a volar. Higuaín estaba atento, filoso. Y… Lavezzi, imparable para lastimar, pero sabiendo cuándo levantar la cabeza. ¿Alguien más se atreverá a cuestionarlo? Le dio la razón a Martino, quien a pesar de las críticas lo trajo aquí lesionado. Una pena esa caída al chocar de espalda contra un cartel que extendió la desgracia del extremo izquierdo, donde ya se lesionaron Di María y Gaitán.

¿Estados Unidos? Como si no hubiera tenido dos días más de descanso que Argentina. Shockeado. Desbordado, inclusive hasta en el hambre anunciado por su técnico Klinsmann. No asustó nunca a Romero. Hasta su máximo emblema, el goleador Dempsey, pasó inadvertido. Es más, no sufrió otro par de goles de Messi gracias a Guzan.

El muchachito de la película y su Selección resolvieron todos los dilemas, el más exigente con autoridad en el debut y los cuatro siguientes mucho más accesibles con holgura total. Messi y Argentina provocan placer. Ahora el desafío es sacarse de encima el karma de la final. Así merece terminar esta película.

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