A trece años de la partida de Nicolino Locche “el intocable”

Y un día el gran Nicolino se murió. Nos venía amenazando desde hacía varios años con esa posibilidad, por su obstinada decisión de seguir fumando, desafiando la prescripción médica, y ante su deteriorado estado de salud, nos tenía siempre asustados.

Pero el día llegó, fue el 7 de septiembre del 2005. El día en que Nico, el Intocable, el Maestro, el Gringo como lo llamaban sus amigos, el Genio, dejó la vida terrenal para trascender a la leyenda siempre viva, por tanta felicidad que le dio a su pueblo.

El dolor fue grande, inmenso. Me tocó en la vida conocerlo profundamente. De niño, era un admirador incondicional del gran boxeador. Tengo fresca en mi mente la imagen de Nico arriba del ring en sus primeros triunfos en el estadio de la Federación Mendocina de Box, con los brazos en alto, y yo trepado al ring con otros chicos, acariciando la bata negra de seda natural transpirada del gran ídolo. Después me tocó seguir su carrera como periodista, para luego lograr una hermosa amistad.

Y ese día de septiembre me tocó escribir a última hora de la noche la necrológica de la muerte del ídolo para nuestro diario Jornada. El vienes 9 dejábamos, junto a un grupo de amigos, entre ellos Ernesto Cherquis Bialo -el único que vino de Buenos Aires a despedirlo-, en el parque de descanso de Luján, bajo el fuerte sol mendocino y entre los viñedos, a otro emblema de Mendoza, tan noble como el vino, tan fuerte como el sol, y tan bueno como el pan. Nicolino, pan y vino, como lo describía siempre Rodolfo Braceli.

Sin ninguna duda, Nicolino Locche ha ocupado un lugar único en la historia del deporte argentino. No sólo por haber llegado a ser el tercer campeón del mundo que tuvo el boxeo de nuestro país, sino porque además lo fue con un estilo incomparable -en todo el mundo-, por lo absolutamente singular, personal y distintivo. ¿Exageramos? No. Porque en un deporte cuya esencia es la destrucción física de los adversarios, él hacía que se autodestruyeran psíquicamente, por desaliento y cansancio. Ya que el gran Nicolino no pegaba, pero tampoco se dejaba pegar. Y los golpes furibundos que rebotaban en el aire, a su alrededor, extenuaban más al rival que si hubieran sido los suyos propios.

Si hubiera entonces que definir técnicamente a Locche como boxeador, debiéramos decir que fue un gran “tiempista”. Que aunque ingenioso y pulcro pugilista que basaba su ataque en una defensa excepcional, era tan intuitivamente racional y sagaz que conseguía que el tiempo derrotara a sus rivales. Sí, sí, el mismísimo tiempo. Después de hacerles descargar, minuto tras minuto, en el vacío y en vano, un golpe y otro y otro golpe. Como si hipnotizara a sus cada vez más enfurecidos enemigos, con el juego chaplinesco de su caminar, sus visteos y la picardía de sus esquives y amagos.

Y como lo hacía con un humor inocente, en un lugar donde siempre han reinado la brutalidad y la crueldad del más fuerte, al imponerse y ganar, invariablemente entre las carcajadas y las celebraciones de un público transportado a la infancia, Locche brindaba desde el tablado del ring uno de los sueños más caros y antiguos de la humanidad: el triunfo del bien sobre el mal, del bueno sobre el malvado. Como en las películas de “Carlitos” Chaplin, el gran bufo inglés.
De ahí su atracción popular: por su carisma laico, universal -mayor que el de Justo Suárez y el “Mono” Gatica-, por la gracia ingenua con que atrapaba a las multitudes hasta hacerlas colmar las plateas del Luna Park. Como reza el tango de Chico Novarro “Un sábado más”: “Porque hoy es sábado/ y esta noche/ pelea Locche/ en el Luna Park!”.

Cada sábado a la tarde, cuando Nicolino se presentaba, el palacio de los deportes de Bouchard y Corrientes se transformaba en una fiesta popular. El desfile de admiradores de todas las edades que llegaban al “Bajo” para ver las exhibiciones del “Maestro” era incesante. Es que el mendocino había conquistado, al fin, el corazón mítico de los habitantes de la gran urbe. Otra de sus hazañas. Porque no le fue fácil al pupilo de Paco Bermúdez triunfar en aquel escenario. Ídolo consagrado e indiscutido ya en Mendoza, su tierra natal, a los porteños no les caía nada bien que Nico no pegara. “¡Qué tipo raro este Locche!”, se decían todos.

Es que verdaderamente Nicolino Locche era un tipo raro. Un luchador pacifista, un humorista, militante de una de las actitudes o actividades más antiguas del hombre, en que para defenderse y no ser destruido, hay que atacar y tratar de eliminar al contrincante. Siempre fue así. Menos para ese muchacho Nicolino. Desde la misma tarde en que su madre, harta del haragán de su hijo y “purrete” incorregible en el colegio, decidió llevarlo al gimnasio del barrio.
Allí aprendería a boxear, nada menos que con un maestro de campeones: don Paco Bermúdez. Él contaba cómo a aquel muchacho alegre y jodón, muy burlesco e indisciplinado, no le gustaba que le pegaran. Y por eso, de su estilo, lo que mejor aprendió fue a esquivar, a bloquear y usar velozmente las piernas (aquello con que a principios de siglo hicieron escuela los dos jóvenes atletas que se trajo de Francia el futuro gobernador Emilio Civit).
Nicolino, que nació al pie de la cordillera, en Campo de los Andes, en Tunuyán, luego se vino a la ciudad de Mendoza, a la calle Lagomaggiore, porque a su padre, que trabajaba en el ejército lo trasladaron a Mendoza. Entre bromas y risas fue forjando su estilo “antipeleador”, de esos tiempos de pegadores, que Paco Bermúdez le respetó y perfeccionó.

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En ese mítico gimnasio del Mocoroa, practicaba otro gran maestro, “El Corchito” Domínguez, que según Nico y varios testigos, le inculcó el estilo único de visteo y esquive, que tanto lo identificaron después en toda su carrera. Y ya en ese esquema, la primera pelea fue en un hangar de Plumerillo, contra un sorprendido “Bebé” Fara, que se retiró humillado y mortificado sin saber si había ganado o perdido. Y lo que es el destino. Me tocó descubrir un día hace muchos años quién era el primer rival de Nico. Él mismo me dijo: “Lo vas a encontrar, está de vuelta en Mendoza”. Allí conocí y me hice amigo de su primer adversario, el “Bebe”, el gordo Fara. Y lo que es el destino. Este amigo de tantos mendocinos se murió una semana después que Nicolino. A mí esa amistad me sirvió para nutrir las páginas del libro Crónicas de Guantes, ya que el gordo Fara era un libro abierto sobre la historia del boxeo mendocino.

A ese debut de Nico le seguiría un centenar más de encuentros “amateurs”, hasta su paso al profesionalismo. Y pese a todos los que lo miraban desdeñosos y no creían en él, llegó a campeón. Mendocino primero, argentino luego, sudamericano después, y por fin, del mundo. Título al que le costó mucho llegar.

Para darle esa oportunidad y poder medirlo pasaron por el ring del Luna Park los mejores, cantidad de campeones y ex campeones del mundo. Entre ellos probaron su talento Sebastián Nascimiento, Ismael Laguna, Joe Brown, Sandro Loppolo y Leston Carl Morgan. Eso, después de que hubo atrapado en su burlona telaraña a los mejores del país como Vicente Derado, Abel Laudonio, Ubaldino Escobar, Omar Gotifredi y tantos otros. Con todos ellos jugó sobre el ring.
Hacía delirar y llorar de risa al público. Era considerado un transgresor, un traidor a todas las normas del más rudo de los deportes. Dándole la espalda a su rival, se recostaba sobre la segunda cuerda para dialogar o saludar a algún periodista o amigo; luego escupía, se sonaba la nariz en medio del ring mientras frenaba con la otra mano extendida a un adversario furibundo que quería destrozarlo a trompadas. Todo ello en medio de las risotadas cómplices de una multitud burlona que amilanaba aún más a su rival. Y esos eran los golpes, los ganchos y los “uppercuts” con que ganaba siempre después de esquivar y bailotear por todo el ring.
Pero lo que más dejó como emblemático la imagen de Nicolino fue su la capacidad perceptiva. Esta actitud fue muy bien explicada por el gran maestro del periodismo argentino, y el mejor especialista en boxeo que conocí, Ulises Barrera (murió tres meses después que Locche) cuando contó lo siguiente: ” Nicolino Locche, que ha fallecido, pero no ha muerto porque los campeones no mueren jamás, deja una historia intuitiva que los aficionados, que tanto lo han admirado, quizá no lo vinculasen al famoso juego de los visteadores que durante tantos años era un juego para los hombres de campo. Sacaban una alpargata ambos y trataban de alcanzar al rival pegándole en la cara o en la cabeza. Pues bien, Locche llevó al ring aquella costumbre tan expandida en todas las provincias y particularmente por los pagos de Buenos Aires “. Seguía diciendo Ulises: ” En diferentes oportunidades yo llevé hasta el gimnasio del Luna Park a dos neurólogos y realicé una prueba desconocida para muchos. Puse a un neurólogo al lado mío, mientras su entrenador Bermúdez daba la orden al sparring con firmeza de “tirarle con todos los golpes posibles a este vago”. Me puse yo en una esquina del ring y mientras entrenaban le dije a Nicolino: “¿Qué tal campeón, anda bien?”. Y él hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Me pidió que yo siguiera hablando. Nadie podía creer lo que estábamos viendo y menos el neurólogo, que con los ojos dilatados me afirmaba: “Este hombre tiene una capacidad de percepción superior a la media común. Es asombroso”. Ocho días después invité a un colega del anterior y se repitió la escena. Mientras Locche paraba todos los golpes tenía la cabeza dada vuelta mirándome a mí”.

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Un día le llegó la oportunidad que venía esperando. Fue un lejano 12 de diciembre de 1968 en un país del más lejano Oriente: Japón. Ante una multitud atónita que no sabía cómo reaccionar ante su estilo, se las tuvo que ver con un aguerrido samurai, dueño celoso de la corona del mundo, que se aprestaba a defenderla con todos los medios a su alcance. Que fueron inútiles. Porque un Paul Fuyi agresivo, sorprendido, furioso, empecinado, silbado y desalentado al fin, tuvo que deponer sus armas y abandonar la pelea con gesto desolado, después de haber recibir la más insólita y acabada muestra del arte y la técnica de la defensa, con que un desconocido americano del Sur le arrebató el título de campeón mundial del más agresivo de los deportes.

Hacía tiempo que a Nicolino Locche se lo había bautizado, en serio o despectivamente, “El Intocable”, “El Maestro”, “El Chaplin del Ring”. Pero ahora le tocaba también el de “campeón del mundo”. Título que sumado a su estilo, su simpatía y su carisma, lo convertía en uno de los ídolos más queridos de la historia del deporte argentino.
Varias veces más defendió esa corona con éxito. Hasta que agotado por los años y el training, la perdería en Panamá ante “Pepermint” Frazier. Y se retiró. Pero como los ídolos nunca terminan de irse, volvió al ring. Y ganó varias peleas más. Hasta que un día tuvo nuevamente la oportunidad de buscar el título del mundo. Pero esta vez el tiempo, aquel secreto aliado de Nicolino, usó una de sus mismas tretas para esquivarlo, cuando ese antiguo muchacho alegre, jodón y burlesco intentó enfrentarlo, viejo ya.

Y perdió. Perdió por una herida en el ojo, una noche en Maracaibo, ante “Kid” Pambelé, Antonio Cervantes, que desde entonces se haría tan célebre como su remoto homónimo, el autor de “El Quijote”. Celebridad que, pese a su derrota, ya no abandonaría nunca más el mendocino, pese a que aquella noche de Venezuela en Maracaibo, los argentinos “nos dimos cuenta de que Nicolino Locche podía romperse, porque era de carne y hueso como nosotros”, según escribía el Veco en El Gráfico.

El personaje de las grandes anécdotas:

Las anécdotas que dejó Nicolino a lo largo de su carrera son innumerables y regocijantes. Cada periodista o seguidor suyo, aficionado o fanático, tiene alguna. Como esta de una noche en el Luna Park, en que “El Intocable” enfrentó al temible Leston Carl Morgan, un estadounidense de color, con fama de buen pegador y noqueador. Como en tantas otras peleas, Nico estaba brillante, hábil, veloz, con un visteo excepcional. Esquivó cientos de golpes que el negro tiraba, desperdiciando su violencia en el aire. El público deliraba vivando al ídolo, frente a un rival que se sentía humillado y burlado. Nunca pudo acertar un golpe.
Pero lo mejor no fue lo que ocurrió allí sino abajo del ring. El mendocino -como más de una vez- fue retirado en andas, y una vez en el vestuario, inspirado por su genio humorístico, salió para meterse en el camarín del yanqui, que se estaba vistiendo, más que derrotado psicológicamente, embroncado y amargado. Y Nicolino, agachándose y señalándose la cara le dijo: “¡Pegame negro, acá tenés la cara!”.

Otra noche de los sábados estelares de Corrientes y Bouchard, “El Maestro”, como le decían muchos, se había recostado largamente en las cuerdas, contra el español Barreras Corpas. Un prestigioso colega de Buenos Aires le gritaba una y otra vez: “¡Con la derecha, Nico, con la derecha!”. Y como el “Nico” se tomara su tiempo, resurgió el reclamo del comentarista. Molesto, Locche tomó de pronto a su rival, lo trabó, le dio vuelta la cabeza hacia la platea, y mirando al periodista, le dijo: “¡Tomalo, aquí lo tenés! ¿Por qué no venís vos y le pegás con la derecha?…”.

La anécdota que a él le gustaba contar era antes del viaje a Japón. Como siempre, burlaba los controles para poder fumarse un pucho. Una mañana antes de partir en busca del título del mundo en Tokio, salió por Palermo a correr con don Paco y Tito Lectoure, y se adelantó bastante como para sentarse y sacar un cigarrillo de la media. Se sentó a prenderlo en un banco del rosedal y justo venía la comitiva presidencial con el dictador Juan Carlos Onganía, sentado en su Rambler Ambassador. Al verlo al campeón fumando, paró el vehículo, se bajó y le gritó: “¿Qué está haciendo Locche? ¿Va a defender en pocos días los colores de la patria, y está fumando? ¡Siga corriendo!”.

Nico tiró el faso y salió a mil. Ya de regreso como campeón del mundo, en esa época se acostumbraba visitar a los presidentes. Nicolino y su comitiva fueron a Olivos. Cuando le tocó saludar a Onganía le dijo: “¿Quiere un cigarrito, general?”.

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