Zuahir Juri llega con todo su arte a caminar las calles de su infancia

El mendocino director de cine, guionista, escritor, autor y colaborador frecuente de su hermano Leonardo Favio, el querido Zuahir Jury, está en Mendoza para participar de una charla junto a su público en el salón de La Bancaria, Avenida España 1234, viernes 30 a las 19 horas.

Zuahir Jury participó en la creación de la Crónica de un niño solo, El romance del Aniceto y la Francisca, El dependiente, Juan Moreira, Nazareno Cruz y el lobo, Soñar Soñar, Gatica el Mono y El Aniceto como el artista narrativo de Leonardo Favio, su hermano querido por todos.

Director de la bellísima película “El fantástico mundo de María Montiel” y del documental sobre la historia del pianista tucumano Miguél Ángel Estrella “El piano mudo”.

Dice Zuahir: «Yo hice hasta cuarto grado, mi hermano no sé si llegó a tercero. Cuando yo tenía 21 años y él 19 recién empezamos a adaptarnos a Buenos Aires… Yo hasta ese momento no estaba integrado a la lectura porque no estaba integrado a la sociedad. Aun hoy me cuesta integrarme a la sociedad. Debe ser por eso que sólo puedo escribir de las clases bajas, de los marginales, de los ambientes delictivos y carcelarios. La clase media no me sale, no encuentro motivaciones valederas que me catapulten, que me hagan vibrar por dentro. Veo la clase media como un colchón quebrantador y opacador de todo acto de cambio. Con mi hermano aprendíamos más en la calle, mirando. Nosotros nos criamos en un pueblo que era de características medievales. Oscuro, de ropas negras, muy conservador. Nos divertíamos atacando esa moral, ese oscurantismo. Lo primitivo de Luján de Cuyo nos acicateó la necesidad de burlarnos y de ser herejes. Así nace El dependiente, en el que la mediocridad es de una exacerbación casi rayana en el rococó. O los amores de El romance de Aniceto…, que también tenía eso. Eran relaciones de chinitos marginales: está el baile, la milonga, la hermandad, la necesidad, las aproximaciones de lo delictivo entre comillas. Y tratábamos de no juzgar. Lo vivíamos: el mediocre era mediocre; el imbécil, imbécil.»

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El recuerdo de Leonardo: “Jamás discutíamos por un guión. Compartíamos la mirada porque nos criamos en las mismas conmociones. El engrandecía mis historias. Si leés El romance del Aniceto y la Francisca, un libro que fue reeditado hace poco, vas a leer la película paso a paso, frase a frase… Lo que mi hermano le agregó, y yo le estaré eternamente agradecido, es su impronta genial: un tempo narrativo increíble y una luz maravillosa. El blanco y negro de El romance del Aniceto es como si te acecharan fotografías antiguas que de pronto empiezan a moverse. La vuelvo a ver y digo: ‘¡Qué hijo de puta, qué tempos, qué luz!’. O Crónica de un niño solo… La huida del chico del calabozo dura doce minutos. ¡Hay que estar doce minutos con la cámara, eh! El rompió todas las reglas, quebrantó el lenguaje cinematográfico. Antes eran películas de teléfono blanco».

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