El recuerdo más firme que tiene Cecilia Rosetto de los días de filmación de Esperando la carroza es el de su pequeña hija Lucía, de 3 años, gritando y llorando. Antonio Gasalla, con quien la actriz había trabajado en teatro, le ”pidió prestada” a la niña para unas escenas del film. Pero cuando llegaron a la casa del barrio de Versalles donde se desarrolla la historia, la niña no esperaba encontrarse con una anciana canosa y encorvada que, con voz grave y varonil, le dijera ”hola Lucía, soy Antonio”. ”Me clavó las uñas en la pierna”, recuerda Rosetto. ”Abrió la boca del pánico y no la cerró más, me la tuve que llevar”. Entonces Dominga, el personaje de Rosetto, pasó a tener un hijo varón (rol que recayó en Matías Puelles) en lugar de una niña. A los 30 años, Lucía todavía le reprocha a su madre no haberla obligado a quedarse en la filmación para formar parte de una de las películas que más hondo caló en el sentimiento de los argentinos, al punto de cosechar verdaderos fanáticos de todas las edades que conocen de memoria los diálogos. Y que, 27 años después de su estreno, se repone el 25 de octubre en las salas comerciales de todo el país, remasterizada.

Es película de culto y fenómeno popular a la vez, por una serie de circunstancias que no alcanzan, sin embargo, para explicarlo. ”Es la conjunción de grandes actores, de un director súper sensible y flexible que dejaba actuar con comodidad, y un guión que tiene que ver con nuestra idiosincrasia”, ensaya a modo de explicación Rosetto. Alejandro Doria venía de filmar en 1984 el drama Darse cuenta, y meses después decidió cambiar de género y llevar al cine la obra de teatro de Jacobo Langsner, estrenada en la década de 1960. Luis Brandoni, que al igual que China Zorrilla y Darío Grandinetti había participado en Darse cuenta, conocía la obra de Langsner, y se convenció de hacer la película cuando vio que Doria la haría pasar por el andarivel del grotesco, ”que es un género complicado, pero lo hizo con mano maestra”.

”No le tengo miedo al grotesco porque entiendo que la vida está llena de situaciones de humor, y que se viven con toda naturalidad”, dice Betiana Blum. Su personaje, Nora, protagoniza algunas de las escenas más recordadas junto a China Zorrilla. ”Se matan todo el tiempo, y esos diálogos son dichos con toda naturalidad. Las cosas eran así y no teníamos que juzgar intelectualmente a nuestros personajes. No era fácil, pero así nos dirigía Doria. Como la escena del teléfono (cuando llaman de la comisaría en pleno velorio para informar que la que estaban velando no era Mamá Cora): éramos 10 personas en dos baldosas, y la indicación era no movernos de ahí”.

En torno a la figura de la anciana Mamá Cora, la historia muestra la miseria humana en la piel de sus hijos e hijas, yernos y nueras, en un sainete disparado a partir de la supuesta muerte del personaje encarnado por Gasalla. ”Yo creo que Esperando la carroza es al cine lo que Cambalache al tango”, opina Brandoni. ”Los argentinos se regodean viendo a estos canallas, sinvergüenzas, amorales, corruptos, viciosos, gente resentida y con una capacidad de cinismo extraordinaria”.

Antonio, su personaje, es claro ejemplo de esa descripción. Detrás del bigote, los lentes oscuros y el traje prolijo, encarna a un hombre que ha hecho una diferencia económica durante la dictadura y todavía mantiene contactos de esa época. ”No sabemos lo que hizo pero podemos suponerlo. Creo que hoy Antonio estaría tras las rejas. No sé si era un pescado tan gordo pero podría ser un (Raúl) Guglielminetti”, dice Brandoni. Y la referencia no es casual: el actor fue uno de los testigos en el juicio que condenó al ex agente de inteligencia en la causa del centro clandestino que funcionó en Automotores Orletti, donde él y su esposa de entonces, la actriz Martha Bianchi, fueron llevados al ser secuestrados el 9 de julio de 1976.

En 1985, la Argentina vivía a pleno su rol de vanguardia regional en la recuperación democrática. Bajo el gobierno de Raúl Alfonsín, se desarrollarían durante ese año los alegatos en el juicio a las juntas que culminaría en diciembre con la condena, entre otros, a Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera a reclusión perpetua. Cuando se estrenó Esperando la carroza, el 6 de mayo, Julio María Sanguinetti llevaba apenas dos meses en la presidencia de Uruguay, tras 12 años de dictadura, y José Sarney asumía en Brasil, tras frustrarse la asunción de Tancredo Neves por la muerte del primer presidente electo desde el golpe de 1964. Chile, en tanto, seguía bajo el mando de Augusto Pinochet.

Fue un año histórico para el cine nacional, pues un mes antes se había estrenado La historia oficial, otro film que retrata los años de dictadura y que se convertiría en la primera argentina ganadora del Oscar.

¿Cuán diferente es la sociedad argentina hoy a la que acudió al estreno en 1985? ”En ese entonces había un doloroso silencio con respecto a los años inmediatamente anteriores, y yo recuerdo bien ese silencio”, dice Rosetto. Su primer marido, Hugo González Castresana fue uno de los desaparecidos durante la dictadura. ”En este momento estoy saliendo para ir al estreno de Infancia clandestina. Esa es la diferencia fundamental: silencios que se han roto”. Pero el film, asegura Brandoni, trasciende la actualidad política. Más allá del celuloide que ha corrido y las urnas que hemos llenado, cuando el menú es escaso los argentinos todavía imitamos a Antonio: ”Tres empanadas. ¡Qué miseria!”.

Con Juan Martín Grazide.

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